Papelitos

Se dice que cuando, en octubre de 1774, el rey Carlos III de España fue informado de que se había dado por concluida la construcción de la fortaleza de La Cabaña, a la entrada de la bahía habanera, pidió un catalejo porque, aseveró el monarca, obra tan grande y tan costosa, y tan demorada en el tiempo, tenía por fuerza que verse desde el balcón de su palacio de Madrid.

La anécdota, cierta o no, sirve de base al doctor en Ciencias Gustavo Placer Cervera para reflexionar, en una nota aparecida en el número más reciente de la revista Sol y Son, sobre cuánto costaron a España los castillos de La Habana.

La cifra exacta no se conocerá nunca, anticipa Placer Cervera, investigador de Historia Naval y Militar del Instituto de Historia de Cuba. Precisa: «La información de que se dispone es incompleta y ambigua. Y no puede olvidarse que está sesgada por la corrupción y el estilo burocrático de la época. Aunque estos factores conducen a la incertidumbre, los historiadores se han empeñado en conocer la verdad o al menos, aproximarse a ella».

Alude el historiador en su nota al llamado «situado», que era el dinero que, por real orden, enviaba todos los años a la Isla el virrey de México a fin de financiar la construcción de fortificaciones. Es sobre la base del cómputo del «situado» que se ha podido conocer el costo aproximado de algunas de aquellas obras.

Así, las murallas habaneras consumieron, entre 1674 y 1761, entre un millón y medio y dos millones de pesos fuertes del «situado», en tanto que se calcula que la reconstrucción del castillo del Morro —muy dañado por el ataque inglés de 1762— y la construcción de San Carlos de la Cabaña, el hornabeque de San Diego, próximo a ella, y de los castillos de Atarés y del Príncipe, obras que se acometieron entre 1763 y 1789, tuvieron en conjunto un costo superior a los seis millones de pesos fuertes, de los cuales La Cabaña se tragó la mayor parte: tres millones y medio de pesos.

Un dato llamativo ofrece el doctor Placer en su página. Desde 1763 hasta 1800, el «situado» enviado por México a Cuba, alcanzó el monto fabuloso de 130 millones de pesos fuertes.

Apunta el historiador al respecto: «Esta cifra supera con creces las remisiones a cualquier otra posesión española, e incluso a la propia España que durante esos años recibió de México casi cien millones de pesos fuertes, es decir, treinta menos que Cuba».

Entonces tenía razón Carlos III al insinuar que La Cabaña debía verse desde Madrid. Y tienen razón igualmente los españoles cuando, ante una pérdida, por cuantiosa que sea, exclaman: ¡Más se perdió en Cuba!

Hoteles de aniversario

Tres emblemáticos hoteles de La Habana celebran este año aniversarios cerrados. El hotel Sevilla cumplió cien años de fundado, el hotel Victoria festejó sus ochenta años y el hotel Presidente conmemorará pronto su apertura, hace también ocho décadas. Pronto el hotel Plaza (3 de enero) llegará a su centenario. Pero de eso hablaremos oportunamente.

El Sevilla fue el primer gran hotel de lujo con que contó la capital. Por varias etapas transitó desde su fundación. Sus propietarios originales, españoles, lo vendieron en 1924 a una compañía norteamericana que también administraba el Hipódromo y el Casino Nacional y se empeñó en hacer de La Habana el Montecarlo de América. En 1939 quedó en manos de Amleto Battisti, uruguayo de origen italiano, cabeza de una de las cuatro familias del imperio mafioso de La Habana, que lo convirtió en uno de los paraísos habaneros de los juegos de azar. Don Amleto, que controlaba el tráfico de heroína hacia los EE.UU., abandonó su hotel el mismo día del triunfo de la Revolución para refugiarse en la embajada uruguaya. Como equipaje llevaba varias maletas grandes cargadas de dinero.

Es un hotel muy vinculado a la cultura. Allí se alojaron Josephine Baker, Imperio Argentina y Libertad Lamarque. Lola Flores, Tongolele, Tin Tan y Pérez Prado. Hugo del Carril y Jorge Negrete. El pintor David Alfaro Siqueiros, que pagó su estancia con un mural que ya no existe, y el astro del ajedrez José Raúl Capablanca... En el Sevilla transcurre parte de la trama de Nuestro hombre en La Habana, una de las novelas más conocidas de Graham Greene, que fue también huésped de la instalación, como lo fueron Georges Simenon, el creador del inspector Maigret, y Ernest Hemingway, que comenzó a escribir en una de sus habitaciones Por quién doblan las campanas. En ese hotel se alojaron asimismo Caruso y Rubén Darío. Y Mary Pickford. Por eso el coctel emblema de la casa lleva el nombre de «La novia de América» (con este apelativo también se distinguió, posteriormente, a Libertad Lamarque).

El hotel Victoria fue en sus orígenes una casa de huéspedes. Discreto, elegante, íntimo y acogedor, es el más antiguo establecimiento hotelero del Vedado. Un hombre tan exquisito, arisco y difícil como el español Juan Ramón Jiménez, Premio Nobel de Literatura, lo escogió para su estancia habanera entre 1936 y 1939, y allí acopió Lezama Lima entonces el material para su célebre Coloquio con el poeta de Platero y yo. Otra Premio Nobel, la chilena Gabriela Mistral, fue también su huésped. El gran compositor ruso Sergei Prokofiev se alojó en el Victoria y su terraza fue escenario de la ardua entrevista que sostuviera con Federico García Lorca, impresionado con la música trepidante, de ritmos incisivos y vivas aristas del autor de Visiones fugitivas, a quien solo en La Habana pudo escuchar en vivo.

Los propietarios del Presidente pidieron, en 1928, a Gerardo Machado que inaugurara el hotel. No cortó el dictador entonces la cinta tradicional, sino que abrió la puerta principal de la instalación con una llave de oro. Era en esa fecha, con sus diez plantas, uno de los edificios más altos de La Habana. Hace muchos años que dejó de serlo, pero los colores bermellón y beige de su fachada lo hacen perfectamente identificable en la trama de la ciudad.

El Presidente es sede de los festivales internacionales de ballet de La Habana. Allí pasó su estancia en la Isla el gran ensayista argentino Ezequiel Martínez Estrada, que escribió en ese hotel los textos que juntó luego en su libro En Cuba y al servicio de la Revolución. El portugués José Saramago, Premio Nobel de literatura, se hospedó en el hotel Presidente en 1992.

Los gallos Mendieta

Con motivo de la crónica A punta de espuela, del pasado 26 de octubre, una lectora residente en el exterior me hizo llegar una curiosa y emotiva página que transcribo a continuación. Dice:

Aunque es ingénito en el gallo pelear hasta la muerte, los criadores se dan a la tarea ardua de tratar de conseguir una cría única, superior a las demás, de donde sacar el peleador invencible. Son muchas las cualidades que requiere ese ideal: valentía sin límites, fortaleza, resistencia, tamaño, belleza... Ese arquetipo no ha sido conseguido aún. Lo cierto es que cuando se logra una de esas virtudes, o varias, junto a ellas aparecen los defectos, que de por sí opacan la brillantez de lo alcanzado. Ahí tenemos como ejemplo el caso de los «mendieta», considerados, sin exageración, los gallos más finos del mundo.

El coronel del Ejército Libertador y ex presidente de la República Carlos Mendieta y Montefur (también conocido como «El hombre del traje blanco» por su afición a ese color) se propuso lograr el gallo modelo. Su propensión a lo albo lo llevó a concentrar su búsqueda en los animales de esa cualidad. Encontró lo que ansiaba. Cada uno de sus gallos y gallinas tenía esa tonalidad o, cuando más, eran canelos. Consiguió Mendieta el prototipo del valor y de la belleza; pero sus gallos ganaban y perdían como cualquier otro. ¿Por qué, si la fiereza es la gracia más preciada en los gallos y «los mendieta» precisamente rebasaban esa cualidad? La respuesta es bien sencilla: el cruce y recruce entre ejemplares de la misma familia alcanzó —por un lado— la valentía y el color deseados, pero a un costo elevado: degeneraron en tamaño y en resistencia.

Ellos son, en proporción de su peso, más pequeños que sus adversarios; y si de rebatida se trata (punto en que los dos tiran al mismo tiempo) por regla general caen abajo con todas las de perder. Si la pelea se alarga y las heridas y la pérdida de sangre son muchas, por muy bien cuidado y alimentado que esté el «mendieta», su organismo dará muestras de innegable flaqueza, que lo pondrá en desventaja por mucho esfuerzo que realice y por mucho ardimiento que muestre.

A lo anterior, sin embargo, tenemos que oponer las realidades objetivas: la calidad superior de la que son portadores. Puede catalogarse de venturoso el criador que haya conseguido una gallina o pollona de esas; y decimos hembra porque, que sepamos, ningún animal macho salió de la gallería de Mendieta con destino a otra. En eso, el coronel fue verdaderamente estricto. Mantenía los jaulones cerrados con candados y la llave de cada uno la guardaba en lugar seguro.

Recordemos la jornada del 25 de diciembre de 1950. Gran Fiesta del Pollo en la valla Habana, de Vía Blanca y Diez de Octubre. En la jaula No. 1, canelo de Mendieta. En la No. 2, indio de Bringuier.

Levantan los huacales. El canelito —sí, en diminutivo, eso es lo que siempre parecen ellos frente a sus rivales— parte veloz en busca de su enemigo. Aquel cierra su pico sobre la blanca pluma y asesta brutal picada que lanza al «mendieta» casi contra la tabla. No ha caído aún en el aserrín y malherido, pero todavía más impetuoso va en busca de su contrario. Vuelve el Goliat a propinarle fantástico golpe al David, que lo arroja, tinto en sangre, a casi dos varas de distancia. Allí se sacude y reemprende su acometida. ¡Nada! El «bringuier», gallo sereno, bueno, especial desde el pico hasta la punta del rabo, no pierde su posición y cada vez que el pequeño rival se le encima lo flagela inclemente con sus patas y sus espuelas.

El canelito es un amasijo de punzantes heridas y plumas ensangrentadas. Sin embargo, todo parece indicar que cada puñalada que recibe le hace acrecentar su coraje. Ahí viene como una exhalación. El indio estira su pico, mas esta vez no acierta. ¡Ha errado el tiro! El canelo se le «abraza» clavando férreamente sus mandíbulas sobre la vestimenta negra y tira y tira y vuelve a tirar sin soltar la odiada pluma. Es algo increíble cómo este pequeño, que casi le cabe entre las patas a su oponente, sangrando por una y mil desgarraduras, no da cuartel... ¡ni lo pide! ¡Nadie juega, nadie apuesta, todos son ojos ante esta magnificencia de valentía inconcebible! ¡Ahí está infligiendo una picada terrible, única, y el indio se retuerce en violentas convulsiones con la nuca destrozada! ¡Está muerto!

Carlos Mendieta y Montefur, coronel del Ejército Libertador, ex presidente de la República, el caballero de voz y ademanes pausados, el pensante médico, perdido todo el recato y moderación que su personalidad e historial exigen, se sube a un taburete, agita los brazos con los puños extendidos y estruja en uno de ellos, como si fuera un trapo, su valioso sombrero jipijapa.

Rojo como un tomate, vocifera a voz en cuello la misma frase de triunfo que tantas veces gritó en los campos de batalla luego de haber salido vencedor de un combate por la libertad de la patria: «¡Viva Cuba Libre! ¡Viva Cuba Libre! ¡Viva Cuba Libre!».

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