Lorca: Pasaje a La Habana

Dicen quienes lo han hecho que llegar a La Habana por mar es un espectáculo que se fija en la memoria para siempre. El sol y el viento bruñen las aguas y estas embisten el Malecón con un oleaje alto que estalla en fragor y espuma mientras la ciudad se perfila cada vez con mayor nitidez.

Desde la cubierta del buque que lo trae de la Florida, aquel viernes 7 de marzo de 1930, Federico García Lorca huele y oye La Habana antes de verla cuando comienzan a llegarle, palma y canela, los perfumes de la América de Dios, que para él no es otra que la América española, y los ruidos de maracas, cornetas y marimbos. En verdad, desde la infancia tiene el poeta una visión imaginada de La Habana que le inspiraron las láminas de los estuches de tabaco que desde aquí enviaban a su padre. Está ya frente al Morro y su júbilo es indescriptible.

El poeta que arriba al puerto habanero es un hombre fuerte, moreno, de cara llena y salpicada de lunares, cejas espesas y alborotadas. Tocado de una especie de gracia fraterna, al decir de los que lo conocieron, irradia simpatía comunicativa y ninguno de los que lo rodea permanece indiferente a su risa infantil y a su embriagadora alegría. Ya no es el Federico melancólico que a mediados de 1929 preparaba su viaje a América... Es un Federico que despierta, después del invierno glacial de Nueva York, para entregarse al otro lado de su personalidad, pagano y vital.

Viene invitado por la Institución Hispanocubana de Cultura, que preside Fernando Ortiz, e impartirá cinco conferencias, siempre los domingos por la mañana, en el Teatro Principal de la Comedia, y como todos los huéspedes de la Hispanocubana se aloja en el hotel La Unión, en la esquina de las calles Amargura y Cuba.

Tan pronto sale de la cama, a eso de las 11, se dirige a la residencia de María Muñoz y Antonio Quevedo, editores de la revista Musicalia y discípula ella de Manuel de Falla, con quienes almuerza. Luego se traslada al Vedado y pasa la tarde en «la casa encantada» de los hermanos Loynaz. Con Dulce María no simpatiza —o es ella la que no simpatiza con él— y de los vínculos que pudieran haberlo unido a Enrique, no queda constancia. Pero con Flor y Carlos Manuel Loynaz, a quien regala el manuscrito de la primera versión de El público, gusta demorarse, hasta bien entrada la madrugada, en bares y cafés, aunque no es extraño que en compañía de su compatriota, el musicólogo Adolfo Salazar, sus noches terminen en las llamadas «fritas» de Marianao. En aquellos cabarets humildísimos, casi marginales, tiene Federico un grupo selecto de amigos, hombres y mujeres negros que sienten el son mejor que nadie y se mueven diabólicamente al ritmo frenético de una rumba. Es la época en que el son oriental hace furor en La Habana y desplaza al jazz en los índices de preferencia.

Federico se sintió hipnotizado por el son y fueron él y Salazar quienes llevaron a España a su regreso de Cuba «los primeros sones que en Granada y Madrid golpearon sus claves y rechinaron sus güiros y exhalaron sus gritos roncos de marimbas y bongoes salpicados por la lluvia de las maracas...».

Lorca llegó a ser un excelente conocedor de sones y soneros. En «las fritas» escuchaba primero muy seriamente la música que se tocaba y, luego, con mucha timidez, rogaba a los músicos que interpretaran este o aquel son. Enseguida probaba las claves, y como había cogido el ritmo y no lo hacía mal, los soneros reían complacidos haciéndole grandes cumplimientos. Ya en confianza, se sumaba al coro con voz plena y disputaba el papel al solista.

«No hace un mes que se encuentra en Cuba y ya está completamente aplatanado. Conoce y sabe más cosas cubanas que muchos de sus amigos, y nos puede servir perfectamente de cicerone y descubridor de lugares y tipos netamente criollos, para nosotros desconocidos», escribía en abril de 1930 el historiador Emilio Roig.

La Habana es una maravilla

«Yo dejo muchas veces a todos y me voy solo por La Habana hablando con la gente y viendo la vida de la ciudad», dice Lorca en la única carta conocida que remite a sus padres y hermanos desde Cuba.

A veces, los escritores y artistas que aquí lo acogen, comenta el poeta a Antonio Quevedo, «me estrujan las entrañas». Lo agasajan con un té las damas distinguidas del Lyceum y el gesto tiene para Federico el mismo valor que la taza de café que en el patio de una casa de vecindad, un gran patio colonial barroco lleno de azulejos y fuentes, le ofrece una negraza inmensa y bondadosa.

Escribe: «Esta isla tiene más bellezas femeninas de tipo original, debido a las gotas de sangre negra que llevan todos los cubanos. Y cuanto más negro, mejor. La mulata es la mujer superior aquí en belleza y en distinción y en delicadeza». De una mulata, ciertamente, se prendó el poeta en La Habana. Dicen que, de día, posaba para un pintor, y de noche regenteaba una casa de comidas. Pero nada se puede afirmar ya acerca de esos amores, platónicos o aristotélicos.

«Esta isla es un paraíso. Cuba. Si yo me pierdo, que me busquen en Andalucía o en Cuba», afirma en la ya aludida carta a sus padres y hermanos. Y a Adolfo Salazar, que lo sorprendió recostado en su cama, rodeado de 12 o 14 adolescentes a los que leía los poemas de Nueva York: «¿Has visto? ¿Has visto? ¡La Habana es una maravilla! Es Cádiz, es Málaga, es Huelva. ¡Qué grande es España!».

Porque Lorca, como buen europeo, más que valorar, compara. La Habana luce para él todo el amarillo de Cádiz, con un grado más, el rosa de Sevilla tirando a carmín y el verde de Granada con una leve fosforescencia de pez. Sus amigos le escuchan decir que la ciudad huele a trópico fresco. El color de la piel de la mulata cubana le recuerda al de la magnolia seca. Atiende los pregones de los vendedores ambulantes. El color del cielo le recuerda al de Málaga, las placas donde se leen los nombres de las calles se le parecen a las de Cádiz... Advierte detalles pequeños e intrascendentes que casi todos pasan por alto. En verdad, La Habana será para él un Cádiz grande, con mucho calor y gente que habla muy alto.

Por entonces el Capitolio Nacional ha sido inaugurado y el Hotel Nacional no tardaría en abrir sus puertas. La Carretera Central es una realidad y el Paseo del Prado es ya como fue después. Los anuncios turísticos de entonces dicen que el encanto de la ciudad radica en la forma en que se concilian en ella el alma del pasado y el espíritu del presente. Hay tés bailables en el hotel Almendares, cenas al aire libre en el Chateau Madrid, platos exquisitos en el Upper Deck del hotel Royal Palm, revistas internacionales al estilo parisino en el cabaret Montmartre y bailes y juegos de azar en el Casino Nacional... en un país roído por el hambre, donde los hospitales tienen presupuesto para 6 800 internados y deben albergar a 8 600, y la prensa habla de niños recién nacidos devorados durante la noche por las ratas.

En esa Habana de Federico García Lorca están también Adolfo Salazar; Luis Cardoza y Aragón, cónsul entonces de Guatemala; el compositor ruso Sergio Prokofiev, a quien Lorca escuchó en sus conciertos auspiciados por Pro Arte Musical; el pintor español Gabriel García Maroto, amigo del poeta desde mucho antes, y el poeta colombiano Porfirio Barba Jacob, que presumiría después de un idilio con Federico que a Cardoza le pareció siempre muy poco probable.

Lorca, Cardoza y Barba Jacob se conocieron una tarde en el bufete del escritor y abogado Juan Marinello, en la Plaza de San Juan de Dios. Durante el encuentro, Federico habló hasta por los codos, fue el centro de la charla, mientras que el colombiano, tan locuaz siempre, guardaba un silencio impenetrable. Fumaba en exceso y lucía muy nervioso. Se veía a las claras que le molestaban las simpatías que Federico despertaba en sus oyentes y, más que todo, verse relegado. Ya en la calle, quisieron refrescar en algún sitio. Recordaba Cardoza:

«Nos dirigimos a una cervecería cercana y pedimos tres grandes vasos de cerveza. Nos atendía un mocetón español, posiblemente gallego, alto, bien plantado. Barba Jacob y Lorca comenzaron a importunar al muchacho, a piropearlo y, en una de las veces que se acercó a servirnos, Barba lo agarró de un brazo y le propinó una tremenda mordida. Con una agilidad increíble el hombre saltó sobre el mostrador y, sin darme tiempo a reponerme de la sorpresa del mordisco ni a reaccionar, estaba ya al lado nuestro decidido a golpear a Barba y a Federico.

«Me arriesgué a interceder como pude. Expliqué que eran gente importante y valiosa, intelectuales extranjeros que estaban invitados en La Habana. Por suerte, el incidente no pasó a mayores, pero tuvimos que abandonar la cervecería perseguidos por las voces infamantes que profería el agraviado. “Salgan de aquí, sodomitas”, gritaba. Bueno, en realidad empleó un sustantivo mucho más sonoro y contundente».

También están en La Habana, aunque ninguna relación tienen con Lorca, los escritores norteamericanos Sam Merwin y Langston Hughes; el barítono español Juan Pulido; la escritora venezolana Teresa de la Parra, el actor Tom Mix y J. Krishnamurti, que tanto contribuyó a divulgar el budismo en Occidente.

Es una etapa importante en el panorama cultural cubano. En 1930, Nicolás Guillén publica sus Motivos de son, a cuya influencia Lorca no será insensible. Eugenio Florit da a conocer Trópico; Regino Boti, Kindergarten, y Pablo de la Torriente Brau el libro de cuentos Batey. Amadeo Roldán y Alejandro García Caturla ganan terreno en la música «culta», y, en la popular, Nilo Menéndez compone ese éxito de siempre que es Aquellos ojos verdes. Es también la época de Tres lindas cubanas, primer danzón con solo de piano, de Antonio María Romeu, el llamado Mago de las Teclas. Del tango-congo Mamá Inés, de Eliseo Grenet. De los sones Lágrimas negras y Suavecito, de Miguel Matamoros e Ignacio Piñeiro, respectivamente, y del primer danzonete, de Aniceto Díaz Rompiendo la rutina.

El delirio último

En Cuba, recuerda Roig de Leuchsenring, Lorca quiso verlo y palparlo todo. Recorrió la Isla de punta a cabo, a veces como mero turista y en otras con invitaciones de las filiales de la Hispanocubana en el interior del país. En el valle de Yumurí se asombra con los colores que el atardecer confiere al lugar. Alguien que lo acompaña comenta entonces que en Santiago de Cuba se aprecia una coloración similar. Pues no me iré de Cuba sin visitar Santiago, responde el poeta y esa misma noche, de regreso a su hotel, escribe de un tirón su célebre son (Iré a Santiago) testimonio de su Cuba real e imaginada.

Pese a lo intenso de sus días cubanos Lorca halla tiempo para hacer avanzar su quehacer literario. En el hotel La Unión trabaja en las primeras versiones de El público y de Así que pasen cinco años; escribe o repasa textos que incluirá después en Poeta en Nueva York, y prosas de un tipo curiosamente superrealista en la seriedad de su burla. Revisa la versión final de La zapatera prodigiosa y, a cuatro manos con Cardoza, acomete una versión del Génesis para music hall.

En 1936 vino Juan Ramón Jiménez a La Habana. Vio los escenarios que Lorca había visto seis años antes, trabó contacto con muchos de los que él había conocido. Visitó a los hermanos Loynaz y... «¡Ah, sí, ahora supe de golpe de dónde salió todo el delirio último de la escritura de Lorca!», escribió el autor de Animal de fondo. La Habana, donde Federico pasó días bullentes y desbordados, era el sustrato de todo aquello.

Los que aquí lo conocieron recordarían siempre su decir grave y querencioso, la desmesura de sus ojos, la caliente comunicación que conseguía con su interlocutor y su auditorio. Marinello confesaba que luego de escucharle sus poemas a Lorca, ya nunca más pudo leerlos sin hacerlo en su voz, en su gesto, en su acento... El narrador Hernández Catá recordaba su carácter, que denunciaba un desbordamiento que parecía excesivo. «Cuando recuerdo a Federico, la primera imagen que me viene a la mente es la de sus ojos y su mano extendida. En nadie volví a ver repetidos esos ojos maravillosos», decía Dulce María Loynaz. Y su hermana Flor, a quien Lorca envió de regalo el manuscrito de Yerma: «Como hombre era feo, muy feo, pero eso sí, muy abierto, muy alegre siempre». Tan abierto y alegre, precisaba Lezama Lima, que daba la impresión de ser un hombre que caminaba por las paredes.

El día 12 de junio de 1930 pasó García Lorca sus últimas horas en La Habana. Flor Loynaz, en su automóvil, trasladó a Federico y a Salazar desde el hotel Detroit, en Dragones esquina a Águila, donde se alojaba el poeta entonces, hasta el puerto habanero. Allí se encontraron con Cardoza y se abrazaron. Aquí he pasado los mejores días de mi vida, dijo Lorca a Marinello poco antes de la partida.

La vuelta a España fue un episodio inolvidable, aseguraba Adolfo Salazar. En complicidad con la gramola del barco, Federico había indisciplinado al pasaje entero con sus canciones españolas y sus sones cubanos.

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