Casas y cosas de El Vedado

Estoy seguro de que usted no creerá o pondrá en duda lo que diré enseguida. A comienzos del siglo XX, una familia, mientras almorzaba en el comedor de su casa de 15 esquina a B, veía sin esfuerzos el paisaje marino y el movimiento de los barcos.

Eso dice Renée Méndez Capote en su Memorias de una cubanita que nació con el siglo: «El Vedado de mi infancia era un peñón marino sobre el que volaban confiadas las gaviotas y en cuyas malezas crecía silvestre y abundante la uva caleta. Las únicas calles dignas de ese nombre, sin verse interrumpidas por las furnias, eran Línea y 17 y parte de Calzada. Todas las demás eran trillos abiertos entre la maleza, derriscaderos y diente de perro. En la loma había pocas casas. Y en la parte baja, además de alguna casa quinta, solo recuerdo el Hotel Trotcha, la casona de tablas de la Asociación de Propietarios y alguna casa de dos pisos muy cerca del mar».

Los orígenes del Vedado como barrio residencial hay que buscarlos en 1858, cuando el Ayuntamiento de La Habana aprobó la parcelación de la finca El Carmelo. Era propiedad de Domingo Trillo y Juan Espino y se extendía desde Paseo al río Almendares, entre lo que es hoy la calle 21 y la línea de la costa. Poco después, el conde de Pozos Dulces, famoso economista y publicista, y sus hermanas, obtenían autorización para parcelar su finca El Vedado que ocupaba el espacio comprendido entre G y 9 y los límites de El Carmelo. La urbanización continuó más tarde con la zona de Medina, en dirección a la calzada de Infanta, vía que marcaba entonces el límite este de la capital cubana, y se extendió hacia el Castillo del Príncipe. Con el tiempo, el área que abarcan esos repartos sería conocida como El Vedado. Era la antigua zona vedada, de ahí su nombre, donde se prohibía vivir, sembrar, talar y criar ganado en interés de la defensa de La Habana.

El ingeniero Luis Iboleón Bosque fue el urbanista de El Carmelo y también de El Vedado. Las manzanas serían de cien metros por cada lado, a excepción de las limitadas por las calles C y D, que solo tendrían 80, y las localizadas entre D y E, de 120 metros. Se evitaba así cortar, con el trazado de las calles en proyecto, las instalaciones de una fábrica de ladrillos que existía en lo que sería la manzana enmarcada por las calles D, E, Tercera y Quinta. Contaría la urbanización con dos avenidas transversales, verdaderos parques, G y Paseo. La trama vial fue orientada para facilitar la entrada de las brisas. El proyecto contemplaba la existencia de parques y parterres arbolados y el jardín debía formar parte de la vivienda. Se introdujo el uso racional de números y letras para dar nombre a las calles. La primera calle trazada fue Línea, llamada así porque por ella circulaba el tranvía tirado por caballos hasta que ese medio de locomoción fue sustituido por la célebre «cucaracha», el primer vehículo de pasajeros de tracción no animal que tuvo la ciudad y que salía de la esquina de Prado y San Lázaro, donde abría sus puertas el café El Tiburón, y llegaba hasta El Carmelo. Esta maquinita de vapor, en 1900, sería sustituida a su vez por el tranvía eléctrico.

Fundadores y pioneros

La venta de terrenos fue lenta en El Vedado. Hacia 1870 existían solo unas 20 viviendas, casi todas en Línea y en la calle Calzada. Se dice que los primeros vecinos de la zona fueron el conde de Pozos Dulces y su familia. Habitaron una típica casona criolla que se localizaba entre las calles 11, 13, C y D, para trasladarse después para Línea esquina a D, en el mismo espacio que ocupa el edificio Montes. El doctor Antonio González Curquejo fue otro de los pioneros de la barriada. En 1880 construyó en la esquina de Línea y B la residencia que ocuparía junto con los suyos, y por B en dirección a Calzada edificaría otras dos destinadas al alquiler.

Fue el mismo González Curquejo quien dejó constancia de cómo era El Vedado en 1879 y esbozó la lista de sus fundadores. Menciona entre ellos a los hermanos José y Cirilo Yarini, médico muy famoso el primero, establecido en Línea y C, en tanto que el otro, con residencia en Línea y 6, sería uno de los introductores de la estomatología moderna en la Isla, tíos ambos del célebre chulo Alberto Yarini. No puede omitirse en esta relación a la familia Labarrere, que en 1891 construyó su vivienda en Tercera entre Paseo y A, frente al Cuerpo de Ingenieros. Esa casa, con ligeras modificaciones, se mantiene habitada, hasta donde sabemos, por la misma familia.

¿Comercios? En Calzada entre Paseo y 2 estuvo la botica del doctor Bueno, quizá la más antigua de El Vedado, y en Línea y D estaba el quiosco de don Salvador con su expendio de zambumbia, agua de Loja, horchata, agua de cebada… En 1883 se inauguró, en Calzada esquina a 2, el salón Trotcha, complementado posteriormente por un cuerpo de madera que se destinó a hotel y que no solo fue muy apreciado como establecimiento hotelero, sino por sus bellísimos jardines, descritos por Julián del Casal en una de sus crónicas.

Entre los cinematógrafos de la barriada menciona la Méndez Capote la sala Vedado, en Calzada y Paseo, cine de categoría, de a 20 centavos la papeleta, con sillas de tijera que el público movía a su antojo en la platea y con palcos que eran alquilados por las familias. El cine Gris, en E entre 17 y 19, de menor rango, disponía de una tertulia ruidosa y alegre. Sus palcos tenían una particularidad: resultaba casi imposible ver la película desde ellos. Otra vedadense de cepa, la doctora Adelaida de Juan, recuerda también el cine Gris, más acá en el tiempo, por los enormes cucarachones que volaban por encima de la pantalla y que a veces se posaban en la cara del actor. El cine-teatro Trianon fue, en los años 20, uno de los principales de la capital, y el teatro Auditórium, hoy Amadeo Roldán, en Calzada y D, se inauguró el 28 de diciembre de 1928. Era propiedad de la Sociedad Pro Arte Musical y dispuso de 2 600 asientos y 24 palcos.

Había en la zona varios hoteles de apartamentos; el muy lujoso de 19 y 8, el de Paseo y 25 y el de 25 esquina a G. En 1930 quedó abierto el Hotel Nacional, pero antes existían en la barriada, para recordar solo los que subsisten todavía, el Victoria, que fue originalmente una casa de huéspedes, y el Presidente, que el dictador Gerardo Machado dejó inaugurado al abrir su puerta principal con una llave de oro. Ya para entonces los Gómez Mena habitaban en su palacio de 17 y E, actual Museo de Artes Decorativas, donde a partir de 1938 la condesa de Revilla de Camargo auspició las fiestas individuales más grandes de Cuba.

Pocetas de ahogado

Hasta 1895 hubo un desarrollo notable en el caserío de El Vedado. La cercanía del mar hizo que el barrio cobrara relevancia. En la línea de la costa, desde G hasta 6, se establecieron, a partir de 1864, varios balnearios. La calle E fue conocida popularmente con el nombre de Baños, porque llevaba a las pocetas del balneario El Progreso. Otro de esos establecimientos, Las Playas, se situaba al final de la calle D. Y los baños de Carneado, el llamado Hombre-Grito por la promoción que hacía de su peletería en la Manzana de Gómez, se hallaban en lo que hoy sería Malecón y Paseo. Carneado presumía de su riqueza, de su fortaleza física y de su varonía. Probaba lo primero con los tres brillantes gigantescos que formaban parte invariable de su atuendo. Para exhibir su fuerza, se hizo esculpir completamente desnudo y con los músculos en tensión y colocó la estatua en las afueras de su residencia, situada también en las cercanías del litoral, en tanto que con sus más de 20 hijos, de todos los colores, que mostraba con orgullo, daba fe de su calidad de Don Juan.

La gente se bañaba entonces en lo que se llamaban pocetas de ahogado, que se aprovechaban de la disposición de las rocas o se cavaban artificialmente en estas. Las había pequeñas, con locales reservados para la familia, y otras muy amplias, en las que se bañaban, por separado, hombres y mujeres. El dueño de El Progreso hizo un negocio redondo. Sobre la gran nave que cubría sus pocetas construyó 14 apartamentos dotados de sala-comedor, dos habitaciones y servicios, que alquilaba por cien pesos mensuales, y en Tercera entre B y C edificó varias casas de madera, pequeñas, destinadas también al alquiler durante la temporada veraniega. Sin contar que el derecho al baño de mar costaba 50 centavos. Esos baños (había muchos más: El Encanto, El Océano…) desaparecieron con la ampliación del Malecón a partir de 1950.

Tras el fin de la Guerra de Independencia, en 1898, y la instauración de la República, en 1902, El Vedado adquirió un auge inusitado. Los ricos de abolengo abandonan la atestada y ruidosa Habana Vieja y compran terrenos y construyen en la barriada. Lo hacen también los nuevos ricos y no pocos altos oficiales del Ejército Libertador que cobran sus haberes. Llegan además los que hacen fortuna a costa de la política y se asientan, por lo general, en los alrededores de la Universidad; una zona que la voz popular bautizó como «el barrio de los apaches».

Residencias de todos los tamaños, lujos y estilos surgieron por doquier. Se pobló no solo la parte baja, aledaña al mar, sino también la zona de la Loma, desde la calle 9 hacia el sur. El gobierno pavimentaba la calle 17, y la Havana Electric acometía el tendido aéreo para extender el tranvía hasta La Chorrera. El Paseo del Prado y la barriada del Cerro quedaban definitivamente desplazados en la preferencia de la gente con suficientes recursos para hacerse de vivienda propia. No tardarían en surgirle rivales poderosos a la nueva barriada, con los repartos del oeste de La Habana, del otro lado del Almendares, donde terminarían avecindándose los más ricos. Quedaron entonces en El Vedado los tradicionalistas, mientras que muchas de las regias mansiones de antaño se convertían en colegios, oficinas y casa de vecindad, tal como había ocurrido en el Cerro y en el Prado. Aun así, El Vedado, uno de los grandes logros del urbanismo en Cuba, sigue siendo, para vivir y trabajar, la mejor zona de La Habana.

 

(Otras fuentes: Hechos, personajes, curiosidades y lugares del barrio Vedado-Malecón, de José Manuel González; 2003)

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