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Monumentos

Hace un par de semanas el autor de esta página recibió una propuesta singular. Habana Radio, la emisora de la Oficina del Historiador de la Ciudad, lo invitaba a participar, en el antiguo Colegio de Belén, en Luz y Compostela, en la parte vieja de la ciudad, en un encuentro con sordos y personas con problemas auditivos que son atendidos por dicha Oficina. Como se trata de un sector de la población vetado, por su discapacidad, de seguir su programación, Habana Radio, en encuentros periódicos, trata de acercarles la información que por otros canales no pueden allegarse o se les dificulta. Son reuniones mensuales en las que un especialista responde, con un técnico en el lenguaje de las señas por medio, a aquellas inquietudes e interrogantes que, a través de sus líderes o responsables, el auditorio planteó de antemano a la radiodifusora.

Es una obra que, por su humanidad, enaltece aún más la labor del Doctor Eusebio Leal y su equipo de trabajo; más encomiable todavía porque transcurre prácticamente en las sombras. Se hace y ya, ajena al aplauso y a la anuencia, casi en silencio.

Pero no es a eso a lo que quiero referirme, sino al tema que entonces me fue solicitado. Quisieron aquellas personas que les hablara sobre estatuas y monumentos habaneros, y que antes diera algunos elementos que los ayudaran a interpretarlos mejor, cuestión esta que, por otra parte, me estaban solicitando, con insistencia, algunos lectores.

¿Por qué si Antonio Maceo y Máximo Gómez fueron igualmente guerreros, el caballo del primero, en el monumento del parque que lleva su nombre, frente al hospital Hermanos Ameijeiras, tiene las patas delanteras levantadas, mientras que en el del otro patriota, en una de las bocas del Túnel de La Habana, se apoya en sus cuatro extremidades? ¿Por qué, si Maceo y Calixto García eran cubanos, Maceo mira a la ciudad desde su escultura y Calixto lo hace al mar?

Cuando el caballo de un guerrero alza, en su escultura, las patas delanteras, significa que ese guerrero murió en combate. Si levanta una sola pata indica que el guerrero murió a consecuencias de heridas de guerra, pero no en una batalla en sí. Si la cabalgadura descansa en sus cuatro extremidades, la escultura exterioriza que el hombre de guerra murió en su cama. Si el personaje representado en una escultura mira hacia el mar, expone su condición de extranjero. Calixto García, cubano y holguinero por más señas, mira en esa dirección en su monumento de Malecón y G. Y lo mismo hace José Miguel Gómez, espirituano, en su mausoleo de G y 27. Sucede que ambos fallecieron en el exterior; Calixto en Washington y José Miguel en Nueva York.

Me dicen algunos artistas que esos son criterios ya superados en la estatuaria. Hay una corriente contemporánea que tiende a situar las esculturas sin bases, columnas ni pedestales, a nivel de la calle, con lo que el personaje, como uno más, queda en el sitio en que se desenvolvieron en vida. Ernest Hemingway, en la escultura de José Villa Soberón emplazada en el bar Floridita, se acoda en la barra como si se dispusiera a beber su daiquirí doble sin azúcar. El Caballero de París, obra del mismo artista frente al antiguo convento de San Francisco, prosigue su caminar incesante por La Habana. Cubanos y visitantes de otros países se fotografían a su lado e interactúan con ese personaje de leyenda. Lo mismo sucede con la imagen de la Madre Teresa de Calcuta.

El más demorado

Mientras acopiaba los datos necesarios para mi participación en el encuentro del antiguo Colegio de Belén, me salieron al paso no pocos detalles sobre los que también hablaré en esta página y que de seguro sorprenderán al lector.

Hay de todo en eso. Desde monumentos que demoraron más de medio siglo en ejecutarse a monumentos itinerantes que en el transcurso de los años cambiaron de sitio o posición, sin olvidar otros que ya no son e incluso algunos que fueron develados por el propio homenajeado.

Entre esos últimos se hallaba el del presidente Alfredo Zayas. El mandatario quiso erigirse su monumento en vida y lo hizo emplazar en el terreno enmarcado por las calles Monserrate, Zulueta, Colón y Trocadero —el llamado parque Zayas— espacio que ocupa hoy el Memorial Granma, al fondo del antiguo Palacio Presidencial, actual Museo de la Revolución. El mismo Zayas lo inauguró el 20 de mayo de 1925, el día en que cesaba en el poder y lo traspasaba a Gerardo Machado.

En su escultura, de 2,5 metros de alto, obra del italiano Vanetti, que se elevaba sobre una plataforma de mármol de Carrara y una columna de mármol Botticino con relieve y adornos, para un total de 18 metros de altura, Zayas aparecía de pie, en traje de calle y con la cabeza descubierta. Con una mano señalaba hacia el Palacio Presidencial, mientras mantenía la otra en el bolsillo de la chaqueta. Parecía decir: Lo que tengo aquí, me lo robé de allí.

De los monumentos habaneros, ninguno demoró tanto en concretarse como el de Carlos Manuel de Céspedes, en la Plaza de Armas. En 1900 surgió la idea de erigir en la capital un monumento al Padre de la Patria, pero no fue hasta 1919 cuando se votó un crédito de 175 000 pesos para acometerlo. Nada se hizo, sin embargo. Nada se haría tampoco en 1932, cuando se dio el nombre del Iniciador a esa plaza. Habría que esperar hasta 1952 cuando, con otro crédito, esta vez de        10 000 pesos, se convocó a concurso para seleccionar la obra mejor, erigida al fin en 1955.

Ya para entonces, el historiador Fernando Portuondo, en sus días de director del Instituto de Segunda Enseñanza de la Víbora, había hecho emplazar un busto de Céspedes frente a ese centro docente. Existió asimismo la idea de que el proyecto que alcanzó el tercer premio en el certamen para el monumento a Martí en la Plaza de la Revolución (entonces Plaza Cívica o de la República) se transformara para convertirlo en un monumento a Céspedes. Por una decisión arbitraria de Batista, fue aquel tercer premio el que se ejecutó en la Plaza y quedó sin su monumento el Padre de la Patria.

El más antiguo

El monumento más antiguo que se conserva en La Habana es una pequeña lápida de piedra erigida en memoria de doña María Cepero, en el mismo lugar donde cayó mortalmente herida, en 1557. Quiso la mala suerte que la señora, dama principal de la villa, fuera alcanzada, de manera casual, por un disparo de arcabuz mientras rezaba en la Parroquial Mayor, ubicada donde después se edificó el Palacio de los Capitanes Generales. Cuando se derribó dicha iglesia, en 1777, la tarja fue trasladada a la esquina de Obispo y Oficios, casa solariega de los Cepero, y allí estuvo hasta que pasó a formar parte de las colecciones del Museo Nacional, en 1914. En 1937 el monumento se restituyó a su espacio original, ocupado entonces por el Ayuntamiento habanero, y allí estuvo hasta encontrar su sitio definitivo.

Otro monumento antiquísimo es la columna de tres caras que en 1754 se erigió en uno de los extremos de la actual Plaza de Armas para rememorar la celebración en La Habana de la primera misa y el primer cabildo, hechos que, dice la tradición, ocurrieron en 1519 a la sombra de una ceiba que crecía en el mismo lugar. En 1803, una estatua del rey Carlos III quedaba emplazada en el paseo llamado entonces de Extramuros, aproximadamente en el mismo sitio donde se situó después la estatua y fuente de la India, frente a la Plaza de la Fraternidad Americana, hasta que en 1836 fue trasladada para el comienzo, a la altura de Belascoaín, del Paseo de Tacón, vía que comenzó a ser conocida popularmente, primero por Paseo y luego Avenida de Carlos III, nombre que, de tan arraigado, no logra sustituir el de Salvador Allende, que es el nombre oficial de esa vía.

La noble Habana

De un lugar a otro anduvo también La Fuente de la India, conocida asimismo como de La Noble Habana. Se erigió originalmente (1837) frente a la puerta Este del Campo de Marte, muy próxima al lugar que hoy ocupa frente a la  Plaza de la Fraternidad. En 1841 se movió para el final de la segunda sección de la Alameda del Prado, con lo que quedó prácticamente en el mismo sitio. Estuvo en el Parque Central entre 1863 y 1875, fecha en que volvió a su asentamiento original, pero mirando hacia el Campo de Marte. No fue hasta 1928 cuando se le dio la posición que mantiene en la actualidad.

Itinerantes también fueron la Fuente de los Leones y la Fuente de Neptuno. La primera se asentó, en 1836, en la plaza adyacente al convento de San Francisco y pasó después al parque de Trillo, en Centro Habana, y a la Plaza de la Fraternidad antes de volver a su sitio original. La de Neptuno se erigió (1838) en La Habana y se fue al Vedado para terminar volviendo a La Habana. Cerca del Castillo de La Punta se hallaba el monumento a José de la Luz y Caballero que ahora se observa en la Avenida del Puerto. La columna de la Alameda de Paula se levantó en 1847 en honor de la marina española. Ha permanecido siempre en el mismo sitio.

También se movió de su puesto primigenio el monumento a doña Leonor Pérez, madre de José Martí. Se erigió en 1953, Año del Centenario del Apóstol, en Egido esquina a Desamparados, a iniciativa de la masonería cubana, y fue trasladado, a solicitud de la Gran Logia de Cuba, para el parque Víctor Hugo, en el Vedado.

En el ya aludido parque de Trillo se levanta la estatua en bronce del general Quintín Bandera. Este monumento nunca ha cambiado de lugar. Lo que cambió aquí fue el monumento mismo. El artista cubano Florencio Gelabert ejecutó la obra a solicitud de la Asociación Nacional Cívico Patriótica Mayor General Quintín Bandera y quedó inaugurada con la asistencia de Ramón Grau San Martín, presidente de la República, que la develó, el 28 de septiembre de 1948. En esta se apreciaba al guerrero de pie y con uniforme militar sobre un sencillo pedestal. Pero el escultor Gelabert quedó insatisfecho con su trabajo. Ya concluido, le advirtió ciertamente algunos defectos, y no paró hasta lograr que fuera sustituido por otro salido de sus propias manos. En la nueva estatua, que es la que se aprecia hoy en el parque de Trillo, el glorioso mambí aparece en actitud de desenvainar el machete redentor y cuenta con un basamento mejor que el anterior.

Esta relación dista mucho de agotar el tema. Señalemos finalmente que hay pocas mujeres en la estatuaria cubana. Aparte de los ya mencionados, solo me vienen a la mente ahora los de Mariana Grajales (1931) en el Vedado, y Emilia de Córdoba, en la barriada de la Víbora, además de los dos bustos que recuerdan a América Arias, esposa de José Miguel, patriota y mujer ejemplar. Y existen un Monumento a la Madre, en Luyanó, y el Alma Máter, en la Universidad de La Habana.

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