Una historia de huracanes - Lecturas

Una historia de huracanes

La información meteorológica es, desde hace bastante tiempo, cosa cotidiana. Los partes del Instituto de Meteorología, o del Observatorio Nacional, como todavía algunos nos empeñamos en decir, dados a conocer a veces por sus propios especialistas, son cosa de todos los días en la prensa impresa y también en la radio. Estos boletines son asimismo una constante pi en el Noticiero Nacional de Televisión. Ocurre con ellos como con aquellas cremas de queso de los restaurantes de los años 60. En esa época podía faltar cualquier cosa en un restaurante, pero la crema de queso como entrante aparecía de manera invariable en la carta. Es una información que se intensifica en caso de huracán u otro fenómeno meteorológico.

No siempre fue así, por supuesto. En una época en la que no había radio ni TV y apenas teléfonos, solo los periódicos podían reproducir el parte del tiempo y alertar a la población.

Más, con independencia de lo que podía hacer la prensa impresa, la información más directa quedaba en manos del policía del barrio, que a voces y a golpes de silbato anunciaba la proximidad del meteoro.

Todavía ocurría así en La Habana de comienzos del siglo XX. El policía de a caballo, envuelto en su gran capa negra, iba deteniéndose en cada esquina y, luego de hacer sonar su pito desaforadamente, gritaba: ¡Ciclón! ¡Ciclón! Entonces, el que tenía dinero para hacerlo salía disparado para la ferretería a comprar puntillas con las que asegurar puertas y ventanas y enseguida se iba a la bodega para agenciarse de los víveres que le permitirían capear el temporal. Nadie se olvidaba de las velas ni del alcohol para el reverbero ni del keroseno con que alimentaría los faroles y los quinqués.

Lo malo de este aviso primitivo era que, en ocasiones, el huracán tardaba en aparecer menos de lo que se esperaba, y el viento y el agua ahogaban los gritos y los pitazos del uniformado y terminaban arrastrando al mismo policía.

El eminente padre Viñes

Aseguran los especialistas que el primer parte o aviso que dio cuenta de la proximidad de un huracán se emitió en La Habana, el 12 de septiembre de 1875. Nunca antes había tenido lugar un hecho científico de esa naturaleza aquí ni en ninguna otra parte del mundo.

Se trataba de un organismo que debía cruzar por las inmediaciones de la ciudad y el parte pretendía no solo alertar a los habaneros, sino además a la tripulación de las embarcaciones que navegaban por los mares aledaños, ya que aquel documento no solo avisaba de la cercanía del meteoro, sino que pronosticaba su trayectoria. Eso tampoco se había hecho antes.

La nota en cuestión fue redactada en la tarde del día 11 y enviada a los periódicos, que la publicaron al día siguiente, hecho que confirmó su trascendencia.

Su autor fue el sacerdote Benito J. Viñes Martorell, el eminente padre Viñes, de la Compañía de Jesús, director en ese entonces del Observatorio del Colegio de Belén, un enorme edificio situado en la calle Compostela esquina a Luz, en La Habana Vieja, que cuando dejó de ser escuela fue ocupado durante años, y hasta después del triunfo de la Revolución, por la Secretaría, luego Ministerio, de Gobernación (Interior).

Se desconocen con exactitud los estragos que ocasionó el fenómeno que incitó la redacción de aquel parte meteorológico, aunque se sabe que llegó muy debilitado a las inmediaciones de La Habana. Muchos años después, Mariano Gutiérrez Lanza, sacerdote jesuita que sustituyó a Viñes al frente del Observatorio de Belén, diría de manera imprecisa: «Los daños causados fueron muy grandes en toda la Isla, a excepción de Pinar del Río, en campos, puertos y ciudades. Muchos edificios derrumbados y destechados, muchos árboles corpulentos arrancados y bastantes vidas perdidas…».

Viñes, que nació en Poboleda, Tarragona, región perteneciente a Cataluña, el 19 de septiembre de 1837, llegó a Cuba en 1870 para asumir su puesto en Belén. En su país natal y luego en Francia hizo estudios de Meteorología y se le tenía por un hombre que de manera permanente actualizaba su información sobre esos temas. Asombraba además por su dominio de las Matemáticas, rama esta en la que superaba ampliamente a sus compañeros de congregación.

El 9 de octubre de 1870, siete meses después de la llegada de Viñes a La Habana, atravesó la parte occidental de la Isla el llamado huracán de Matanzas, fenómeno terrible que ocasionó unos 700-800 muertos y daños inenarrables a causa de las intensas lluvias asociadas, que provocaron la inundación de esa ciudad y el desbordamiento de los ríos San Juan y Yumurí, con su consiguiente reflujo.

Se asegura que la secuela de víctimas y destrozos que originó el huracán de Matanzas impresionó vivamente al sacerdote, decidido a partir de ahí a intensificar sus observaciones sobre fenómenos como ese.

El padre Viñes procuraba estar en lo suyo tan al día como era dable en la época. Para ello se valía del análisis de las reseñas que les facilitaban los capitanes de los buques que arribaban al puerto de La Habana, información que cruzaba luego con las observaciones que hacía desde el Colegio. Tenía acceso además a la información que sobre el estado del tiempo llegaba a la capital por vía telegráfica, con lo que contaba con datos provenientes de Norteamérica y otras partes del Caribe que enriquecían su carpeta de notas y apuntes. Desde la Comandancia de la Marina española, en Oficios y Churruca, también en La Habana Vieja, le remitían esa información pues desde 1867 Cuba disponía, por medio de un cable submarino, de enlace internacional para ese tipo de comunicaciones.

Sus pacientes y profundas investigaciones llevaron a Viñes a elaborar unas leyes de circulación y traslación de los ciclones, con las que dejó de existir el enigma en que aparecía envuelto el fenómeno y se hizo posible predecir con bastante antelación la forma que el huracán tomaría en su recorrido y su velocidad.

Sus trabajos fueron reconocidos y premiados en exposiciones y congresos de Filadelfia, Bruselas, París y Barcelona. Con todo, su obra más significativa es Apuntes relativos a los huracanes de las Antillas. Tal parece que esperaba poner el punto final en ese libro para morir. La última cuartilla la escribió el viernes 21 de julio de 1893. Así lo anunciaba en una carta que al día siguiente despachó para el presidente del Congreso Meteorológico Internacional que se celebraría en Chicago. Falleció el domingo 23.

Viñes, que pasó en Cuba 23 de los 56 años que vivió, merece que su nombre se una a los de quienes fundaron las bases de la tradición meteorológica cubana, universalmente reconocida.

El más brutal

En Cuba se suele calificar de «viento platanero» a aquellos ciclones de poca intensidad, mientras que los más intensos reciben el calificativo de brutales. El más brutal fue el de Santa Cruz del Sur, en noviembre de 1932. Causó alrededor de 3 500 muertos, casi todos víctimas de la marea de tormenta o ras de mar que destruyó dicho poblado. Le sigue, en atención al número de víctimas y destrozos en la porción oriental de la Isla, el ciclón Flora, con unos 2 000 muertos.

Aunque las cifras no son siempre confiables, son varios los meteoros que dejaron entre 100 y 800 víctimas fatales como saldo. Se aludió ya al huracán de Matanzas, llamado también de San Marcos. La tormenta conocida como de San Francisco de Asís, en octubre de 1844, ocasionó más de cien muertos y una cifra similar causaba, justo dos años después, la tormenta de San Francisco de Borja, que se abalanzó sobre La Habana. También más de cien muertos dejó a su paso por el occidente del país el ciclón de los cinco días, en octubre de 1910.

Esa cifra subiría a 650 en el huracán del 20 de octubre de 1926, el llamado ciclón del 26. Atravesó la Isla de Pinos, entró por el Surgidero de Batabanó, pasó por Melena del Sur y siguió su marcha por Quivicán, Managua, Santa María del Rosario… hasta que finalmente salió por la costa norte, cerca de Bacuranao. Sus efectos se hicieron sentir en Pinar del Río, Matanzas y Las Villas. Aunque se dice que los vientos alcanzaron los 250 kilómetros por hora al abalanzarse el ciclón sobre La Habana, jamás se logrará saber ya cuál fue su intensidad real, pues los anemómetros o equipos para medir la fuerza de las ráfagas fueron destruidos por el mismo meteoro. Castigó a la capital durante diez horas. Dañó unos 5 000 edificios, derribó 120 000 árboles y hundió 300 embarcaciones. Las pérdidas superaron los 100 millones de pesos.

Durante el ciclón de 1944 fueron más de 300 los muertos en La Habana y la Isla de Pinos. Castigó a La Habana durante más de 14 horas con vientos de 260 kilómetros. Venga ahora una curiosidad histórica.

¡Solavaya!

Grau San Martín tomó posesión el 10 de octubre de 1944. Ocho días después un violento huracán azotaba la Isla y ocasionaba estragos, desolación y muerte en La Habana (incluida la Isla de Pinos), Pinar del Río y Matanzas. Dejaba un saldo de 16 muertos, centenares de lesionados y pérdidas por varios millones de pesos. El 5 de octubre de 1948, cinco días antes de que abandonara el poder, otro huracán penetraba en las provincias occidentales. Los derrumbes ocasionaron 12 muertos y 400 heridos. El mar volvía a castigar duro al Surgidero de Batabanó.

Refiere el historiador Eduardo Vázquez, en su libro El gobierno de la kubanidad, que con el fin de hacer frente a la catástrofe, sobre todo en las tareas de evacuación, hubo una verdadera movilización popular. Jóvenes y mujeres que militaban en el Partido Auténtico y militantes del Partido Socialista Popular se convirtieron en socorristas y con su humana labor contribuyeron a salvar muchas vidas y aminorar las pérdidas materiales. En tal empeño contribuyó asimismo Eduardo Chibás que, tocado con un casco de bombero, se lanzó a la calle a recorrer los barrios de la ciudad, lo que constituyó un estímulo tanto para los damnificados como para los socorristas, y un ejemplo insólito en un senador de la República. Ante una calamidad que conmocionó a toda la sociedad cubana, el país ofreció una muestra de unidad nacional de inestimable valor para aliviar los sufrimientos y las necesidades de decenas de miles de damnificados y el Gobierno dictó medidas eficaces para la recuperación. Grau, por supuesto, capitalizó el esfuerzo colectivo; aun así Vázquez reconoce que el papel del mandatario fue relevante.

Chibás, distanciado ya del Partido Auténtico y de su «Mesías», decía en un comentario radial de octubre del 48: «Grau llegó con un ciclón y se fue con otro. ¡Solavaya!».

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