Verdad y mentira de la guayabera

Circula en estos días con profusión, gracias al correo electrónico, una nota con una historia de la guayabera. Está tan bien escrita y apoyada, aparentemente, en datos tan sólidos, que los muchos amigos y lectores de aquí y de allá que me la remiten, no se percatan de sus errores e inexactitudes. Se alude en ella al remoto y oscuro origen de la guayabera en Sancti Spíritus, en 1709, y a la presencia de esa prenda en la manigua durante nuestras guerras por la independencia. Hace referencia a la guayabera del mayor general Calixto García y para rematar repite aquellos versos en los que el Cucalambé llama «guerrera mambisa» a la guayabera. Aunque ya abordé este tema antes, quiero retomarlo ahora a fin de poner, hasta donde es posible, claridad en el asunto.

Lo del Cucalambé cae por su propio peso. No pudo hablar de guerrera mambisa alguna un poeta que desapareció en 1862, seis años antes de que Céspedes diera inicio a la Guerra Grande. Nada hay de cierto, por otra parte, en la pretendida guayabera de Calixto. Su guerrera, que usaba por fuera del pantalón, lucía cuatro bolsillos, pero uno de estos, el superior derecho, era interior y más largo que el de la izquierda. La versión que ubica el origen de la guayabera en Sancti Spíritus, en 1709, no parece pasar de ser una mera propaganda comercial. La echó andar con fuerza en los años 50 del siglo pasado una sastrería espirituana, La Casa Vázquez, propiedad de Valeriano Vázquez, que se proclamaba «el rey de la guayabera de las mil alforcitas», establecimiento sito entonces en la calle Máximo Gómez, 21, de esa ciudad, aunque el anuncio reconoce como autor de la versión a un hoy olvidado Pedro Carballo Bernal, quien la incluiría en su libro Tradiciones antillanas, que este escribidor no sabe si se llegó a publicar.

La leyenda

Se dice que en 1709 arribó a la villa de Sancti Spíritus un matrimonio conformado por los andaluces José Pérez Rodríguez y Encarnación Núñez García. Un buen día el matrimonio recibió una pieza de tela de lino o hilo que le llegó desde España y José pidió a Encarnación que le confeccionase con esta camisas sueltas, de mangas largas, para usar por fuera del pantalón y con bolsillos grandes. La mujer acometió el encargo y a los pocos meses aquellas camisas se popularizaron en la comarca.

Este suceso tiene varios detractores. Aseguran que en dicha fecha las disposiciones de la Real Compañía de Comercio que regían entre la metrópoli y la colonia, prohibían tales envíos y que, por otra parte, tampoco había comunicación entre España y Sancti Spíritus. Esa prohibición resulta a la larga poco significativa, a mi juicio, pues los andaluces pudieron haber obtenido su paquete de tela por la vía del contrabando, tan en boga entonces. Lo que sí resulta inconcebible es que un hecho meramente doméstico quedara registrado en la historia, y con tanto lujo de detalles: fecha, nombre de los protagonistas, diseño de la ropa… como para que los historiadores del futuro pudieran proclamar, sin sombra de duda, que ahí nació la guayabera. Es una historia tan perfecta que no deja más alternativa que la de dudar de su veracidad. Pero marca el inicio de la leyenda de la guayabera o fija la entrada de esta en la leyenda.

Nuestros guajiros del siglo XIX no la usaron. La literatura de la época los describe cubiertos con camisas azules o «de listado», que usaban generalmente por fuera del pantalón. Constantes de su ajuar cotidiano eran el sombrero de yarey, el machete, los zapatos de vaqueta y un pañuelito atado al cuello para enjugar el sudor. Esteban Pichardo no recoge la palabra guayabera en su Diccionario provincial casi razonado de voces cubanas (1875) y hasta donde sé tampoco lo hace Manuel Martínez Moles en su vocabulario del espirituano. Aparecerá, sí, en Leonela, novela de Nicolás Heredia publicada en 1893, pero que cuenta una historia anterior al estallido, en 1868, de la Guerra de los Diez Años. Desconozco si hay en la literatura menciones a la guayabera anteriores a esta de Heredia, pero es la más antigua que logré localizar, y que nos dice que no era en ese tiempo camisa de ciudad, pero tampoco de campesino pobre.

Para este, lo usual en ese entonces era la chamarreta, una prenda con faldillas y mangas estrechas. Y fue la chamarreta y no la guayabera la que se vistió para luchar contra España. En la Guerra Grande, el Ejército Libertador careció de uniforme. El mambí se vestía como podía, con las ropas de la ciudad o del campo a su alcance. Ya en 1895, al inicio de la Guerra de Independencia, Martí alude a la chamarreta en su Diario. Charito Bolaños cosió para los libertadores durante toda la Guerra de Independencia. Los generales Alberto Nodarse, Mayía Rodríguez y García Menocal se vestían con lo que esa patriota les enviaba. Jamás, precisaba Charito, remitió una guayabera a la manigua; solo chamarretas. María Elena Molinet, hija de un general de la Independencia, investigó este asunto desde dentro, pues fue la directora de vestuario de películas como Baraguá y La primera carga al machete, y acopió más de 120 fotos de mambises en la manigua. Ninguno viste de guayabera. Manuel Serafín Pichardo escribió a comienzos de la República el soneto Soy cubano, que gozó de una popularidad enorme y que todavía en los años 50 se incluía en los libros de Lectura de nuestra enseñanza primaria. Dice en su estrofa inicial: Visto calzón de dril y chamarreta / que con el cinto del machete entallo. / En la guerra volaba mi caballo / al sentir mi zapato de vaqueta.

A  partir de la camisa

Resulta muy difícil enmarcar el surgimiento y evolución de la ropa popular tradicional. En lo que atañe a la guayabera, ninguna otra región cubana discute la paternidad de la prenda a la villa del Yayabo. Se llamó yayabera a esa guayabera primitiva y desde allí invadió las zonas vecinas. Fue trochana en Ciego de Ávila; camagüeyana, en Camagüey… En 1866, don Nicolás Azcárate es electo por Güines como delegado a la Junta de Información de Madrid y sus electores organizan una fiesta en honor del político reformista triunfante. Los campesinos de los alrededores acuden a la cita, dice Azcárate, «con clásicas guayaberas de botones de nácar y sombreros de jipijapa». El testimonio gráfico más remoto que de la prenda llega a nosotros data de 1906. Pero la palabra guayabera, como cubanismo, no se legitima hasta 1921, cuando Constantito Suárez la incluye en su Vocabulario cubano.

De Cuba saltó a Yucatán. Yucatecos de clase alta la adquirían en La Habana hasta que después de 1960 comenzó a confeccionarse en ese estado mexicano y Mérida se convirtió en la capital mundial de la guayabera hasta que los asiáticos, con sus imitaciones elaboradas en Japón y Taiwán, dieron al traste con la industria local. Nada tiene que ver la guayabera cubana con la filipina, que no lleva bolsillos y que se usa con el botón de cuello cerrado. En países de Centroamérica, se da a la guayabera el nombre de habanera.

La guayabera desciende de la camisa, la prenda de vestir más antigua que se conoce. Cuándo esa camisa se transformó en guayabera, quién cosió sus pliegues hasta convertirlos en alforzas, reforzó sus bordes y aberturas, e hizo los tres picos al canesú del frente y al de la espalda, se pregunta María Elena Molinet. Precisa la prestigiosa diseñadora: «El nacimiento de la guayabera no es obra de una sola persona y todavía falta por determinar a partir de qué momento se convirtió en prenda elegante, fresca, blanca, muy bien almidonada y planchada, que se podía llevar sin corbata».

De la chamarreta y la camisa campesina empieza a surgir, en la década de 1920, la guayabera actual, que mucho debe a la labor de camiseros y costureras de Sancti Spíritus y Zaza del Medio. Se confeccionó entonces de dril caqui hasta que, ya en los años 30, empezó a utilizarse el hilo. La prenda, en su nueva versión, gana pronto las ciudades del interior del país, pero no le resulta fácil conquistar La Habana. Su uso en la capital era tan limitado que puede casi calificarse de nulo. No se ve a nadie vistiéndola en el cine ni en las fotos de prensa de la época y Abela no vistió de guayabera al Bobo.

Con la caída de Machado (1933) las costumbres experimentan cierta modificación. Ya en los años 40 empieza a generalizarse e imponerse en La Habana. Su uso se hace cada vez más frecuente y se complementa con un lazo de mariposa. Con la ascensión al poder del doctor Ramón Grau San Martín (1944) la guayabera entra en el Palacio Presidencial. A Carlos Prío, su sucesor y discípulo, en cambio, le parece poco apropiada para los actos protocolares y la destierra de los eventos del Gobierno. Pero ya la guayabera se había apoderado de las vitrinas de las mejores tiendas y conquistaba espacio en los anuncios comerciales. A esas alturas, la capital era un inmenso almacén de guayaberas que amenazaba desplazar cualquier otro estilo de traje varonil, algo que no tenía antecedentes históricos ni tradición y tan serio y grave que alteraba hasta nuestros modos de vivir, dice en 1948 la periodista Isabel Fernández de Amado Blanco. En 1955, una disposición de la Sala de Gobierno del Tribunal Supremo saca a la guayabera de los juzgados. Para entonces una buena guayabera de bramante de hilo puro valía tanto como un traje barato. Es en esta época que la guayabera se abarata; no es ya solo de hilo; puede ser de algodón. Su hechura se simplifica. Deja de ser blanca, la manga no siempre es larga y los habituales botones de nácar pasan a ser corrientes.

Triunfa la Revolución y la guayabera se repliega hasta desaparecer. Para algunos representaba una época superada de politiqueros y manengues. El país sufre agresiones económicas, sabotajes, invasiones y actos terroristas y padece carencias de todo tipo. Hay movilizaciones constantes. Lo mismo se convoca a un trabajo productivo que a un entrenamiento militar. El uniforme de las Milicias Nacionales parece resultar válido no solo para cumplir con las exigencias de ese cuerpo popular armado, sino para todas las tareas cotidianas, e incluso para asistir a ceremonias tan solemnes como una boda o un velorio. A finales de los 70 la guayabera reaparece tímidamente. De manga larga. Con pliegues y alforzas, pero no ya de hilo, sino de poliéster, y no siempre blanca. No demoró en volver a abaratarse. Y los jóvenes empezaron a verla como símbolo del burócrata en funciones. Hoy renace de nuevo.

¿De cuál hablamos?

Consta la guayabera de cuatro bolsillos y se adorna con hileras de alforzas; dos hileras al frente y tres en la espalda. En un tiempo el canesú trasero terminaba en un pico único, que lo asemejaba a un triángulo que con las tres hileras de alforzas remedaba la bandera cubana. Era siempre blanca y de manga larga y lucía 27 botones. Entonces, la guayabera era ligeramente entallada en la cintura. Con el tiempo el canesú trasero se vio rematado por tres picos de los que salían igual número de hileras de alforzas y conservó los 27 botones. Hoy la guayabera ha variado en estructura, materiales y colores. Las hay bordadas y deshilachadas, con más o menos alforzas y botones, pero sigue siendo la misma prenda elegante y fresca. Cubanísima.

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