Una vida de película

No es mucho lo que se conoce sobre Carlos Aponte. Posiblemente sea más lo que se ignora acerca de su vida que lo que se sabe. Su nombre se vincula a tres países de nuestra América: Venezuela, donde nació; Nicaragua, donde peleó al lado de Augusto César Sandino y alcanzó el grado de teniente coronel en su pequeño ejército loco; y Cuba, donde transcurrió parte de su vida política y murió en combate junto al revolucionario Antonio Guiteras. Aponte se lo había dicho a Guiteras: «Usted y yo vamos a morir enzapatados».

Tony Guiteras se destacó en la lucha contra la dictadura de Gerardo Machado (1925-1933). Siguió a su derrocamiento el breve Gobierno de Carlos Manuel de Céspedes impuesto por el embajador norteamericano en La Habana. Un golpe de Estado encabezado por el sargento Fulgencio Batista defenestra a Céspedes el 4 de septiembre de 1933. La revolución parece haber llegado al poder y Ramón Grau San Martín encabeza el llamado Gobierno de los Cien Días, que tiene en Guiteras a su secretario (ministro) de Gobernación.

No transige con Grau el ya coronel Batista y el Gobierno de Washington se niega a reconocerlo. Batista obliga a renunciar a Grau y el ex ministro, en la clandestinidad, funda la organización revolucionaria Joven Cuba. Es entonces que, en un mensaje que de su puño y letra le hace llegar a los Estados Unidos, Guiteras invita a Aponte a insertarse en la revolución contra las bayonetas batistianas. Acepta el venezolano la invitación fraternal y vuelve a La Habana pese a tener cuentas pendientes con la Policía. Desde entonces caminan juntos el jefe de Joven Cuba y el venezolano.

Ahoga Batista la huelga de marzo de 1935 y pone precio a la cabeza de Guiteras. Intenta este salir de Cuba por la costa norte de la provincia de Matanzas. Quiere trasladarse a México, donde organizaría una expedición para reiniciar la lucha armada en la Isla. Víctima de la delación de oficiales de la Marina de Guerra, en los que había confiado, muere, junto a Carlos Aponte, cuando intentaban evadir el cerco que les tendió el Ejército. Bajo estrecha vigilancia policial, de noche y sin flores, los cuerpos de ambos revolucionarios fueron enterrados en la misma fosa. La hermana de Guiteras pagó 26 pesos por los modestísimos ataúdes.

Primeros pasos

Carlos Aponte Hernández nació el 2 de noviembre de 1900 en la parroquia de La Pastora. En ese barrio caraqueño se habían instalado sus padres, don Manuel, abogado, y doña Socorro, hermana del general Melesio Hernández, uno de los espadones del dictador venezolano Juan Vicente Gómez, apodado Juan Bisonte. Era una familia de clase media que gozó de relativa holgura hasta que don Manuel falleció a los 50 años de edad. Carlos tenía entonces solo seis años.

Reconstruir paso a paso la vida de Carlos Aponte quizá no sea ya del todo posible. Quedan, aquí o allá, pequeños recuerdos, breves testimonios de los que lo conocieron y trataron. Doña Socorro, ya muerto el hijo, solía venir a Cuba y reunirse con sus amigos cercanos. Todo lo que podía hacer era eso: recordar con unción de madre la vida fértil del hijo.

Se sabe que desde temprano se le despertó la inquietud política. Quería hacer algo contra Juan Bisonte y era casi un adolescente cuando asaltó un puesto policial a fin de allegar algunas armas para la lucha. No tuvo suerte en el intento.

Elías, un hermano de Carlos, se había alzado contra Juan Vicente Gómez en la llamada Guerra de los Llanos, que comandaba el general Arévalo Cedeño. Un buen día Carlos se le apareció a Elías en el campamento de Anzoátegui con la intención de incorporarse a la tropa rebelde. Era muy joven; tenía solo 17 años, y el hermano no permitió que lo acompañara.

Fracasa la tentativa de Arévalo Cedeño y el tío materno de los Aponte consigue una amnistía para Elías. Enrolado como marinero, saldría en el barco Bienvenida con destino a La Habana. Es entonces que Carlos tiene un altercado con un alto funcionario del Gobierno, un incidente tan grave que Elías decide que sea él quien embarque para Cuba. Así lo hizo. Corría el año de 1924.

La cueva roja

El doctor Gustavo Aldereguía, un médico bien establecido —tisiólogo— y activo militante de la izquierda, da empleo a Carlos Aponte en su consulta privada. Tiene el especialista estrechas relaciones con los exiliados venezolanos Salvador de la Plaza y los hermanos Machado. No tarda Aponte en reunirse con ellos y con otros emigrados de Centro y Sudamérica, como el poeta colombiano Porfirio Barba Jacob, y no pocos militantes apristas, la tendencia del peruano Víctor Raúl Haya de la Torre. El punto de encuentro es un caserón de la calle Empedrado, en la parte vieja de la ciudad, al que llaman la Cueva Roja, donde se edita la revista Venezuela Libre. A la Cueva acuden también los cubanos Rubén Martínez Villena y Julio Antonio Mella. Asiste asimismo el periodista venezolano Francis Laguado Jayme, sobrino de Juan Bisonte y su incansable opositor. Es a petición expresa del dictador venezolano que Machado ordena la eliminación del combativo periodista mediante una práctica que el tiempo convertiría en habitual: lo arrojan a los tiburones desde el castillo del Morro.

Con Sandino

De cualquier manera, los días de Aponte en La Habana estaban contados. Está de paso en la ciudad el diplomático venezolano Ballenilla Lanz, que con su libro Cesarismo democrático, donde explaya su teoría sobre «el gendarme necesario», ha hecho un triste servicio a Juan Vicente Gómez, y Aponte lo espera en los portales del hotel Sevilla para cruzarle el rostro a cintarazos.

Lo busca la Policía por ese incidente y debe huir a México. Pasa después a Estados Unidos y enseguida a Curazao y a Trinidad en planes insurreccionales para Venezuela que frustra la ambición del general Urbina. De nuevo en México se entusiasma con la causa de Sandino, alzado en Las Segovias. Hace contactos con el Comité Manos Fuera de Nicaragua y llega hasta el campamento del jefe rebelde. Cuando finaliza la lucha en las montañas, vuelve Aponte a los Estados Unidos, donde recibe el mensaje de Guiteras.

Ya en La Habana se encuentra cara a cara con Urbina en los portales del hotel Saratoga. Aponte no vacila y le dispara, hiriéndole de gravedad. Pero la agresión es ripostada y recibe a su vez un balazo en una pierna. Lo detiene la Policía, que debe internarlo en un hospital. Esa misma noche, un grupo de revolucionarios lo rescata de su lecho de herido y lo pone en un barco que zarpa hacia los Estados Unidos. Aponte, que quiere quedar bien con Guiteras, regresa y vuelve a dejarse ver en La Habana.

¡Nos morimos!

Asegura Newton Briones Montoro, en su libro Aquella decisión callada, que Tony Guiteras supo escoger muy bien al grupo que lo acompañaría a México. Tomó en cuenta el peligro que esos hombres y mujeres correrían si quedaban en Cuba. Todos habían probado su entereza en la lucha. Aponte sería además uno de los jefes de la expedición que pensaba traer desde México.

Esperaba el grupo en el abandonado fortín de El Morrillo el barco que los conduciría a tierra mexicana cuando tuvieron indicios ciertos de haber sido delatados, y ya ante la inminente presencia enemiga, Guiteras ordenó a sus hombres que de dos en dos se internaran en la manigua. El primer tiroteo los dispersó. Juan Antonio Casariego abrió fuego con una ametralladora, pero fue herido, y Guiteras y Aponte, junto con Paulino Pérez Blanco y Rafael Crespo avanzaron hasta encontrarse con un anciano pescador a quien Aponte pidió ayuda para que los sacara del lugar. Se disponía el pescador a cumplir el pedido cuando Paulino advirtió de la cercanía de los soldados.

—¡Ahí están y los voy a parar! —gritó. Los soldados respondieron y Paulino continuó disparando con la esperanza de que sus compañeros pudieran huir. Pero cada vez se estrechaba más el cerco.

Escribe Briones Montoto que a tres metros del lugar donde se hallaban Guiteras y Aponte hay un jagüey y, un poco más adelante, un almácigo. Caobillas, bejucos y zarzales copan el paraje. Luego de un pequeño declive hay una cañada seca. Guiteras y Aponte se situaron en lo alto de una de las márgenes de la pequeña quebrada.

—Compay, antes de rendirnos nos morimos —dijo Aponte a Guiteras.

—¡Nos morimos! —respondió Guiteras y, casi enseguida, un balazo le rompió el corazón.

Aponte y Paulino siguieron combatiendo. Logró el venezolano herir de muerte al cabo Man, y las balas alcanzaron también al cabo Eugenio Trujillo y al soldado Ruano González. Prosiguió el combate hasta que un disparo hizo blanco en el cuerpo de Carlos Aponte, que cayó de rodillas y pidió a su compañero que lo matara para que el Ejército no lo capturara vivo. Eran las 7:15 de la mañana del 8 de mayo de 1935. Paulino no pudo romper el cerco. A las 8:30, salvo tres que lograron escapar, los integrantes del grupo de El Morrillo estaban muertos o detenidos. Uno de ellos identificó los cadáveres de Guiteras y Aponte. Los forenses certificaron que Tony presentaba una herida de ametralladora en el pecho, y que Aponte había sido tocado en el pecho y presentaba además una herida en la cabeza.

Condujeron los cuerpos a la morgue de Matanzas, en el mismo cementerio de la ciudad. Doce soldados custodiaban los cadáveres. El coronel Batista no quería velorio ni flores. Llegaron la madre, la hermana y la novia de Guiteras, que hicieron el viaje desde La Habana. Ninguna lloraba, aunque apenas podían ocultar su desesperación. Tuvieron que imponerse para que las dejaran entrar. Sobre una mesa de mármol yacían los cuerpos de los dos combatientes. En la tumba de la rama matancera de la familia Guiteras, los enterradores bajaron primero la caja con los restos de Aponte y luego, el ataúd de Tony.

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