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Con relación a la página titulada Alturas de La Habana, me intercepta en la calle un lector para preguntarme si el restaurante La Torre, situado en uno de los niveles más altos del edificio FOCSA, fue siempre eso, un restaurante.

La respuesta es un tanto confusa. Sí y no. Quiero decir que en sus orígenes, La Torre fue un club exclusivo con gimnasio, sala de masajes e instalaciones para baños de vapor, e incluía además un restaurante.

El club se inauguró el 1ro. de octubre de 1957 y en el mes de noviembre siguiente estableció su reglamento, dice Guillermo Jiménez en su libro Las empresas de Cuba, de donde tomo esta información. Lo constituyó un grupo de empresarios notables que querían disponer de un club exclusivo al estilo londinense que sirviera para el intercambio frecuente entre ellos. Abría todos los días, menos los domingos, de 11 de la mañana a 11 de la noche, y el restaurante brindaba servicios de 12 a 3 y de 8 a 10:30.

Los socios abonaban una cuota mensual de 15 pesos y entre ellos figuraban exponentes de algunas de las grandes fortunas de Cuba, como los Bacardí, los Blanco Herrera, los Godoy Sayán, los Mestre… pero en tan larga nómina, Jiménez advierte la ausencia de algunos pesos pesados de las finanzas cubanas como Manuel Aspuru, propietario del central Toledo (Martínez Prieto), y Julio Lobo, el llamado zar del azúcar. Una particularidad tenía este club: no establecía distingos, en su membresía, entre capitales tradicionales y nuevos ricos. Admitía tanto a cubanos como a extranjeros.

Su presidente fue Pepín Bosch, de la casa ronera Bacardí, y Luis Augusto Mestre, de Circuito CMQ, y José Emilio Obregón, casado con una de las hijas del dictador Gerardo Machado, formaban parte de la junta directiva.

El rey de La Habana

Y ya que mencionamos a Julio Lobo, digamos de paso que acaba de publicarse en Estados Unidos su biografía, que, hasta donde sé, circula hasta ahora solo en inglés. Se titula The Sugar King of Havana, y su autor es John Paul Rathbone.

Lobo, que nació en Venezuela, fue traído a La Habana cuando apenas tenía un año de edad. Su padre, Heriberto, comenzó muy joven a trabajar en lo que después sería el Banco de Venezuela y gracias a su esfuerzo e inteligencia ascendió gradualmente hasta ocupar la gerencia de la entidad con solo 22 años. Tuvo un día la mala idea de negar un préstamo al dictador venezolano Cipriano Castro y fue a dar con sus huesos a la cárcel. Liberado al fin, después de tres meses de encierro, salió expulsado de Caracas. En Nueva York, donde se estableció, la North American Trust Company le ofreció de inmediato la administración de su sucursal habanera. Entidad que no tardó en convertirse en Banco Nacional de Cuba, que no era nacional ni cubano. Con Heriberto vino su hijo Julio. Corría ya el año de 1900.

Julio Lobo cursó la enseñanza primaria en Nueva York, hizo estudios superiores en la Universidad de Columbia y en la Universidad de Louisiana se diplomó como ingeniero agrónomo. Entonces regresó a Cuba y en 1920 asumió la dirección general de Galbán, Lobo y Compañía —el negocio paterno— inicio y catapulta, dice Jiménez, de su imperio azucarero. Llegó a convertirse en uno de los hombres más ricos de Cuba. Si como grupo familiar los Falla Bonet lo superaron, Lobo sobresalía como propietario individual. Llegó a poseer 16 centrales azucareros, 22 almacenes y una corredora de azúcar, una agencia de radiocomunicaciones, un banco, una naviera, una aerolínea, una compañía de seguros y una petrolera. Era el principal vendedor de azúcar en el mercado mundial. Controlaba la mitad del azúcar que se producía en Cuba y en Puerto Rico, gran parte del dulce de origen filipino y el 60 por ciento del refino del mercado norteamericano. Su hermana y sus dos hijas eran las mayores cosechadoras de caña de la Isla.

Guillermo Jiménez, en su libro Los propietarios de Cuba, cita a analistas norteamericanos y atribuye a Lobo una fortuna personal de 85 millones de dólares, con activos calculados en cien millones. Rathbone asegura en su libro que si esa fortuna se midiera con los parámetros actuales ascendería a no menos de cinco mil millones.

De cualquier manera, en 1960 Lobo salió de La Habana, diría él mismo, con una maleta pequeña y un cepillo de dientes. Se instaló en Nueva York y continuó en el giro del azúcar, pero nunca repitió sus pasadas hazañas. Cuando falleció, en 1983, su capital, dice Rathbone, se estimaba en 200 mil dólares. En realidad, dice Rathbone, muy pocos prosperaron allá.

A diferencia de los Falla Bonet, que al triunfar la Revolución sacaron de Cuba no menos de 40 millones de dólares, Julio Lobo, furibundo nacionalista, no tomó precaución alguna y siguió invirtiendo en la industria azucarera y en otras empresas, al tiempo que continuaba agrandando sus valiosas colecciones de arte. Al fin y al cabo, a lo largo de 50 años había sido más listo que sus rivales y sobrevivido incluso a un intento de asesinato en 1946; agresión en la que perdió un pedazo de cráneo y de la que se salvó en tablitas gracias a la pericia del doctor Carlos Ramírez Corría, eminente médico cubano reconocido en esa época como uno de los diez grandes neurocirujanos del mundo.

Apunta Guillermo Jiménez que Lobo insistió siempre en la necesidad de reducir costos mediante el incremento de la eficiencia industrial derivada de la mecanización y la modernización de todas las ramas del sector azucarero, el desarrollo de los derivados del azúcar y la reforma de las leyes laborales y las de protección al colono, a fin de hacer competitiva la industria. Muy polémica fue, en 1958, la compra por parte de Lobo de los tres ingenios propiedad de Hershey, operación que desbarató los planes de la mafia de apoderarse de esos terrenos del este de La Habana a fin de construir en ellos hoteles y marinas, un aeropuerto y una central electronuclear. Compra esa que costó muy cara a Lobo, pues ya fuera de Cuba sus acreedores le exigieron lo que le faltaba por pagar de aquellos centrales que ya no eran suyos.

Nunca quiso intervenir en política, pero fue un antibatistiano convencido. Se mostraba partidario de la democión de Batista, sin importarle quién lo sucedería. En 1957 entregó 50 mil pesos para la Acción Libertadora, una organización antibatistiana, que pasó a su vez la mitad de ese dinero al Movimiento 26 de Julio. Eso le hizo creer que podía poner condiciones a la Revolución. Asegura Rathbone en su libro que Ernesto Che Guevara lo bajó de la nube. Lo convocó a su oficina y se lo dijo por lo claro. El Comandante guerrillero devenido presidente del Banco Nacional de Cuba le comunicó que sus bienes serían intervenidos, pero le hizo una oferta. Podía permanecer al frente de sus centrales azucareros siempre que aceptase recibir a cambio un salario del Estado. De más está decir que Lobo se negó. Fue entonces que hizo su pequeña maleta.

Su biblioteca especializada en temas azucareros era la mejor y más completa de Cuba y tal vez de todo el mundo. Sobresalían en su pinacoteca obras de Da Vinci, Rafael, Miguel Ángel y Goya, entre otros grandes pintores, y era famosa su colección de incunables y de libros únicos y raros. Lo obsesionaba la personalidad de Napoleón, de quien llegó a poseer una amplia colección de reliquias y más de 200 mil documentos, atesorados hoy en el Museo Napoleónico de La Habana. Le interesaban asimismo los temas hispanoamericanos. Fue un hombre del Renacimiento, dice Rathbone, extremadamente curioso, con un profundo conocimiento de los negocios, la política y la historia y una impactante cultura general. No tuvo nunca yate propio y apenas hizo vida social. Fue un trabajador compulsivo. Su hobby era la jardinería. Tenía además la afición de coleccionar actrices de Hollywood. Con Joan Fontaine tuvo una relación prolongada y llegó a proponer matrimonio a Bette Davis. En cierta ocasión ordenó que llenasen con perfume una de sus piscinas para agasajar a la estrella de cine y diva del nado sincronizado Esther Williams.

Cinco grandes

A dos entidades sociales perteneció Julio Lobo. Al Habana Yacht Club y al Country Club.

Además de las sociedades regionales —Centro Gallego y Centro Asturiano, entre otras— entidades como el Casino Español, el Unión Club y el Habana Yacht Club pasaron de la colonia a la República. Con posterioridad a 1902 surgen otras entidades de tipo social como el Vedado Tennis Club, el Miramar Yacht Club, el Havana Biltmore Yacht and Country Club y el Círculo Militar y Naval. A esta etapa corresponde también el surgimiento del Country Club de La Habana.

En los años 40, cinco de las principales entidades sociales cubanas se confederan en la organización amateurs o de aficionados denominada Big Five, toda vez que otra faceta del ocio de la alta burguesía lo constituía la práctica de deportes como el béisbol, el baloncesto, el voleibol, el atletismo, etc.

Esos Cinco Grandes eran el Habana Yacht Club, el Miramar Yacht Club, el Biltmore, el Vedado Tennis y el Casino Español. En 1946 se suma a esa lista el Club de Profesionales de Cuba, pero el selecto grupo siguió siendo el de los Cinco Grandes, pese el aumento de su membresía.

Ese título de Big Five o Cinco Grandes era válido solo en los deportes, pues en verdad el Unión Club, el Habana Yacht Club y el Country Club fueron en su tipo las más selectas sociedades del país de acuerdo con sus reglamentos y estatutos y también con su membresía, tanto de cubanos como de extranjeros residentes o no en Cuba.

Con el nombre de Country Club se conoció en La Habana una urbanización; la actual Cubanacán. Fue idea del ingeniero norteamericano Frederick Snare que comenzó a fomentarla en 1911. Snare llegó a Cuba en 1899 y acometió obras en la ciudad de Matanzas. Luego fundó en New Jersey la empresa constructora que operó bajo su nombre y contó con filiales en Chile, Colombia, Ecuador, Perú, Puerto Rico, Venezuela y por supuesto Cuba, donde ejecutó algunas de las obras más importantes que se acometieron en la Isla durante la primera mitad del siglo XX, como las instalaciones de la base naval norteamericana en Guantánamo, el acueducto de Santiago de Cuba, el puerto Tarafa, en Camagüey, y las plantas de níquel de Nicaro y Moa, entre muchas otras.

Una urbanización como esa disponía de su club. Lo presidió Snare hasta su fallecimiento en 1946. Su hijo de igual nombre, que ocupó la vicepresidencia del Country durante años, no pudo sustituirlo porque lo antecedió en la muerte. Al arquitecto Manuel Gamba Álvarez de la Campa, que trabajó con el viejo Snare desde 1925 y que ocupó la vicepresidencia de la corporación, correspondió la presidencia del Country Club, cargo que desempeñó hasta 1959.

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