La vida infeliz de Aldo Gamba

Hay en la Isla una escultura superconocida, emblemática de la noche habanera. Se trata de la llamada Fuente de las Musas, emplazada en la entrada del cabaret Tropicana. Su nombre es La Danza de las Horas, y es una obra monumental en la que ocho bailarinas, completamente desnudas, danzan, con gracia y delicadeza, sobre el borde de una fuente. Estuvo situada, como el símbolo del juego de azar en Cuba, en el exterior del Casino Nacional, en la esquina de las calles 11 y 120, en el antiguo reparto Country Club, hoy Cubanacán. El Casino Nacional, que ocupaba un bello caserón de madera, desapareció en los años 40. En 1953, Martín Fox, propietario de Tropicana, adquirió La Danza de las Horas. Pagó por ella diez mil pesos y desde entonces, con el nombre de Fuente de las Musas, sirve de símbolo al afamado cabaret de la barriada habanera de Marianao.

El autor de La Danza de las Horas o Fuente de las Musas es el escultor italiano Aldo Gamba, el mismo que proyectó y ejecutó el monumento al mayor general Máximo Gómez, General en Jefe del Ejército Libertador, erigido en la capital cubana, al comienzo de la Avenida de las Misiones, a la entrada de la bahía. Se trata de una estatua ecuestre en bronce, sobre un amplio pedestal de mármol y granito. El guerrero aparece en traje de campaña, con la cabeza descubierta y la mirada en alto. Refrena las bridas de su cabalgadura.

El Congreso de la República, por ley del 9 de mayo de 1916, refrendada por el presidente Mario García Menocal y Deop, dispuso convocar a un certamen para la construcción del monumento a Gómez, al que se le adjudicaba un presupuesto de 200 000 pesos. Por el premio podrían optar escultores de cualquier nacionalidad y habría 17 000 pesos que se repartirían entre los autores de los proyectos que alcanzaran los tres primeros lugares. Cuarenta artistas presentaron sus planes, que fueron exhibidos en los salones del hospital municipal Fernando Freyre de Andrade, en la Avenida de Carlos III. De entre estos, el jurado seleccionó el proyecto de Aldo Gamba.

Contrariedades

Ahí mismo comenzó la mala suerte del joven artista. La prensa le cayó encima. Lo criticaron con saña asimismo los plásticos cubanos. Se reconvino la forma en que sesionó el jurado, que presidió el ingeniero José Ramón Villalón, secretario (ministro) de Obras Públicas en el gabinete del presidente Menocal, y en cuanto al monumento en sí, se le reprochó su exceso de referencias clásicas, su desarraigo y carencia de identidad. Los comentarios adversos llegaron hasta la burla cuando, en alusión al templete que sirve de apoyo a la escultura, se dijo que en la obra el caballo de Gómez estaba encaramado en una azotea. El asunto pasó a mayores, llegó a la Cámara de Representantes y se terminó por anular el premio concedido.

El escultor, sin embargo, se movió como una anguila. Apeló a los tribunales y hubo que respetar el fallo del jurado. Pero aquel proyecto parecía tener ñeque; había nacido con mala sombra. Pese a lo jugoso del presupuesto que respaldaba su ejecución y de que la figura que lo inspiraba resultaba inobjetable, el monumento, impulsado por aquella ley de 1916 y que debía quedar listo en 1919, no se inauguró hasta el 18 de noviembre de 1935. En esos azarosos y accidentados 19 años, diez Gobiernos se habían sucedido en la Isla.

Para remate, durante ese período Aldo Gamba pasaba una buena temporada en la Cárcel de La Habana. Logró al fin salir de prisión y regresó a su país con el compromiso de ejecutar el monumento al Generalísimo.

El empeño volvió allí a dilatarse. Las desavenencias entre el escultor y los proveedores de materiales para la obra fueron tantas y llegaron a extremos tales, que se impuso recurrir a los tribunales romanos, con la consecuente paralización de los trabajos. La Habana entonces asumió el tema como una cuestión de Estado y Roma dio una respuesta positiva al pedimento de la Isla; solución en la que resultó decisiva la mediación e intervención directa de Benito Mussolini.

Italianos «hacen zafra»

Dice la historiadora Marial Iglesias que con la República se abre, en 1902, una etapa de institucionalización de la memoria histórica. Precisa que uno de los ejes centrales del proceso de legitimación de las nuevas elites políticas en el poder fue la construcción de una épica nacional sin manchas ni contradicciones. Es en ese empeño de corte nacionalista, afirma el investigador Arturo Pedroso que se erigen monumentos a no pocas figuras de la independencia.

Durante las tres décadas iniciales del siglo XX escultores italianos «harán zafra» en Cuba. Aunque el monumento a José Martí en el Parque Central —el primero que se erige en homenaje al Apóstol— es obra del artista cubano José Vilalta Saavedra, y la imagen del Alma Máter, en la Universidad habanera, lo es del checo Mario Korbel, serán sobre todo italianos los autores de no pocos monumentos que en esos años se emplazan en la capital cubana.

Así, Carlo Nicoli es el autor de la estatua de Miguel de Cervantes en el parque de San Juan de Dios. Domenico Boni lo es de la de Antonio Maceo en el parque que lleva su nombre. Un monumento que ya no existe, el del presidente Alfredo Zayas, que se erigió en el espacio que ocupa el Memorial Granma, es obra del italiano Vanetti, y el de Emilia de Córdova, en La Víbora, de Ettore Salvatori. La Estatua de la República, una de las esculturas más altas que existen bajo techo en el mundo, es obra de Angelo Zanelli, autor asimismo de otras importantes obras que se exhiben en el Palacio de las Leyes. El nombre de Giovanni Nicolini se repite por lo menos tres veces. Fruto de su talento son los monumentos a Tomás Estrada Palma, en G y Quinta, en el Vedado, y en cuyo pedestal quedan solo los zapatos del mandatario; el del mayor general espirituano Alejandro Rodríguez, en la intersección de Línea y Paseo, y el fastuoso monumento al mayor general José Miguel Gómez, segundo presidente de Cuba, en la calle G entre 27 y 29, también en el Vedado. Aldo Gamba dejaría asimismo en Cuba tres obras suyas, pues a la dedicada al Generalísimo y la llamada La Danza de las Horas, se suma, me dicen, la estatua ecuestre del mayor general Ignacio Agramonte, en Camagüey, lo que no puedo asegurar.

Ronchas

Gamba nació en Acqualagna, en 1881. Cursó estudios en el Instituto de Bellas Artes de la ciudad de Urbino y se perfeccionó en Nápoles y en Roma. Pertenecía a una familia de artistas y tenía, se dice, un talento natural para el modelado, pero lo cierto es que lo que pudo haber hecho antes de su arribo a Cuba apenas llamó la atención en su patria.

Aquí, sin embargo, se llevó el gato al agua. El jurado entendió que su proyecto de monumento a Gómez superaba a cuantos optaban por el galardón y entre los que figuraban los de unos cuantos artistas destacados, como el norteamericano Borglum, el español Moisés Huerta, los franceses Carlés, Maillard y Marqueste y el del italiano Nicolini.

No pocas ronchas levantó el premio concedido a Gamba, asegura Arturo Pedroso, que estudió este asunto en detalles. Artistas e intelectuales cubanos protestaron por el fallo del jurado. La Asociación de Pintores y Escultores expresó su oposición y una comisión en la que figuraban el dibujante Massaguer, algunos intelectuales e incluso un empresario como Regino Truffin, después de acometer un estudio técnico, se mostró contraria a su ejecución.

La prensa no se quedó atrás. La revista habanera Social se unió a la protesta de otras publicaciones y dijo explícitamente que estimaba equivocado el veredicto de un jurado que desechó un proyecto que «artística y esencialmente considerado es el mejor de cuantos figuraron en este concurso».

En definitiva, escritores y artistas del patio parecían querer el premio para el proyecto del escultor español Moisés Huerta y el arquitecto cubano Félix Cabarrocas, mientras que calificaban la obra de Gamba como un «bonito juguete», pero erróneo desde el punto de vista artístico por colocar sobre el templete la estatua ecuestre de Máximo Gómez y por juntar diversidad de asuntos decorativos no bien ejecutados. La opinión generalizada, en resumen, era que el premio debió haber sido para el proyecto del binomio Huerta-Cabarrocas, superior «por su grandeza, originalidad de concepción, majestuosidad, armonía y magistral ejecución».

El rastro perdido

En lo personal, Gamba despertaba la simpatía de los que lo conocían y trataban. Era un animal de la noche y su vida bohemia y sobre todo sus aventuras galantes dieron pie asimismo a no pocos comentarios. Ese hombre fino y amable perdió un día los estribos y la emprendió a tiros contra Esther Vera, la joven de origen británico radicada en La Habana con la que llevaba relaciones. Se desconoce si es que la muchacha rechazó su propuesta de matrimonio o si ella quiso romper el romance al enterarse de que su novio era casado en Italia; el caso es que el 25 de septiembre de 1921, Aldo, revólver en mano, le metió a Esther cuatro tiros en la caja del cuerpo y luego atentó él mismo contra su vida al dispararse en la cabeza. Pero la muchacha quedó viva, y Aldo Gamba también, y tuvo que responder ante la justicia por sus actos. Aun privado de libertad, realizó algunos encargos, ya que a esa etapa corresponde la mencionada Fuente de las Musas.

Antes de regresar a su país, en 1924, firmó un documento en el que se obligaba a ejecutar, para 1928 y por la suma de 175 000 pesos, el monumento a Gómez. Infringió la fecha y el presidente Machado rescindió el contrato, pese a que La Habana había desembolsado ya una buena parte del dinero. Cuba reclamó los daños por el incumplimiento y no le quitó el pie al asunto a partir de entonces. Gamba, considerándose estafado, llevó a los tribunales a sus proveedores. El Gobierno italiano resolvió enviar a prisión tanto a Gamba como a los marmoleros si no llegaban a un acuerdo. Corría ya el año de 1932 y las partes en conflicto se comprometieron a entregar el monumento completo mediante el pago de 69 000 pesos, cifra pendiente a enviar por Cuba cuando Machado rescindió el contrato.

Otras contrariedades hubo que allanar antes de que el monumento quedara concluido y se emplazara en La Habana, en un sitio de privilegio. El acto inaugural lo encabezaron el presidente Carlos Mendieta y el coronel Batista, jefe del Ejército, y hubo el emocionante desfile de un nutrido grupo de veteranos, compañeros de armas del Generalísimo. Gamba asistió a la inauguración.

La muerte del artista es un misterio. Se dice que murió en un campo de concentración en los días de la II Guerra Mundial. Pero la versión más aceptada es que el 11 de agosto de 1944 salió de su casa en Cagli con destino a Acqualagna y nunca arribó a ninguna parte. Su rastro se perdió para siempre.

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