Casas de La Habana

Parece un templo. Para visitantes y transeúntes, la Casa de las Américas, vista desde fuera, remeda el lugar de culto de alguna denominación protestante o semeja un edificio traído desde otra ciudad y sembrado en la esquina de Tercera y G, en el Vedado. Una especie de tumba etrusca, escribe el narrador Lisandro Otero en sus memorias.

Se trata en verdad de un edificio construido para la Sociedad Colombista Panamericana. Funcionaba allí además una Casa Continental de la Cultura, tenía su sede la Sociedad de Escritores Americanos y radicaba, me dicen, una sucursal del Banco Continental Cubano. Se había construido sobre una vivienda que Lisandro recordaba de su niñez y que evoca en su libro Llover sobre mojado como un castillete barroco recargado de guirnaldas de piedras y grecas talladas en cantería.

Era una edificación con historia, si se quiere. Allí, en el gran salón del tercer piso, tuvieron lugar las sesiones del llamado Diálogo Cívico, que presidió don Cosme de la Torriente; encuentros entre personeros de la dictadura batistiana y representantes de los partidos políticos tradicionales —aquella «oposición atomizada y pedigüeña», de la que hablaba Fidel Castro, a la sazón en México— y que pretendía, por la vía de las conversaciones, buscar una solución a lo que Jorge Mañach llamó «el drama de Cuba». Hubo en aquellas jornadas discursos brillantes de parte y parte, como el del doctor José Miró Cardona, en nombre del elemento oposicionista, y el del doctor Gastón Godoy, por los batistianos, pero el encuentro de políticos de una y otra banda en aquella Casa Continental de la Cultura no pasó de ser un diálogo de sordos. La oposición pedía la renuncia de Batista y Batista, desde luego, se negaba a renunciar. Matrero como era, a lo más que accedió el dictador en un comienzo —y después ni eso— fue a sacar a elecciones todas las magistraturas, menos la suya, lo que motivó que un agudo humorista de la época lo dibujara con el traje de reyecito criollo con que los caricaturistas vestían a todos los presidentes, y en alusión a su determinación de mantenerse firme en el «potro del martirio» y de liberar a sus canchanchanes, pusiera al pie del dibujo: «¡Pobre General! Siempre sacrificándose por los demás».

En los días iniciales de la Revolución, las nuevas autoridades ocuparon el edificio de Tercera y G, pero ninguna tenía una idea clara acerca del destino que se le daría. Expresa Lisandro Otero en la obra citada que en un primer momento el edificio se adscribió al Ministerio de Estado (Relaciones Exteriores) y que el doctor Raúl Roa, al ser designado Canciller, despachó allí los asuntos de su cartera antes de ocupar oficina propia en la Cancillería.

Fue por esta época que en el edificio empezaron a entrar los que harían posible la Casa de las Américas, creada por decreto en abril de 1959 y que presidiría Haydée Santamaría. No hay registros —no los ha visto al menos este escribidor— acerca de la desaparición de la Sociedad Colombista Panamericana, institución de carácter continental cuya sede radicó en La Habana desde 1933 y que a partir de 1935 se anexó al Ministerio de Educación como corporación oficial. Su quehacer giraba en torno a Colón y el descubrimiento de América. Rendía culto al Almirante de la Mar Océana y conmemoraba pública y adecuadamente sus aniversarios y debía trabajar en la restauración y conservación de los lugares relacionados con el descubrimiento y la Colonia. Fomentaría el estudio de la historia de América y crearía bibliotecas y hemerotecas para hacerlo…

Buena parte del quehacer de la Colombista, al igual que el de la Casa Continental de la Cultura, podía ser asumido por la Casa de las Américas y otras instituciones culturales ya creadas o que se crearían. La Sociedad de Escritores Americanos duró un poco más, hasta que terminó absorbida por la Unión de Escritores y Artistas de Cuba.

Cambia la sociedad

Quiero hablar en esta página de algunas edificaciones habaneras que se construyeron con un propósito o que en un momento determinado tuvieron una finalidad específica y terminaron siendo otra cosa. O de casas que fueron demolidas para aprovechar su espacio en la construcción de grandes edificios, como la mansión del doctor Horacio Ferrer, que dio paso al rascacielos de Línea y L. La embajada de Adolfo Hitler, en H esquina a 19, en el Vedado, es desde hace años una casa de vecindad. Como una casa de vecindad es asimismo el palacete que perteneciera a la familia del líder político Eduardo Chibás y que por no dejar de ser, fue antes sede de la funeraria Alfredo Fernández. El Hospital Anglo Americano del Vedado es ahora residencia para médicos en tránsito. El bufete de las Tres C —Carlos Miguel de Céspedes-José Manuel Cortina-Carlos Manuel de la Cruz— en la calle O’Reilly, parece ser hoy un comedor obrero. El local que alberga la redacción de la revista Cuba, en 21 entre G y F, fue una tabaquería cuando desapareció la Clínica del Vedado, del doctor Gustavo de los Reyes… En el espacio de la heladería Coppelia existió, en los años iniciales de la Revolución, un parque turístico y antes, el hospital Mercedes. La tienda por departamentos Flogar ocupa, desde los años 50 del siglo pasado, el lugar del café La Isla. La Coca Cola, antes de que se construyera su moderna fábrica de Santa Catalina y Palatino, se elaboraba en la calle Alejandro Ramírez No. 66. El bufete del doctor Mario Lazo, el hombre fuerte de la CIA en Cuba hasta 1959, en el noveno piso del edificio de la Ambar Motors, es ahora una apacible oficina del Ministerio de Comercio Exterior…

En muchos casos fueron cambios que sobrevinieron porque la sociedad se transformó después de 1959; y otros fueron llegando porque sí, porque la vida se modernizaba, la ciudad crecía, mejoraban las tecnologías y se imponía un aprovechamiento mejor del espacio, con las ganancias consiguientes. De no haber triunfado la Revolución, ¿hubiera existido un museo de artes decorativas en la casa de la Condesa de Revilla de Camargo? ¿Existiría un museo napoleónico en la casa de Orestes Ferrara? ¿Se hubiera construido el Pabellón Cuba en la esquina de 23 y N o se habría destinado ese espacio a un edificio de muchos pisos? No se pierda de vista que a partir de 1952, con la promulgación de la Ley de la propiedad horizontal, la ciudad, que hasta entonces había crecido sobre todo hacia el oeste, se disparó hacia arriba.

Antes de construirse el llamado Palacio de Justicia (actual Palacio de la Revolución) el Tribunal Supremo sesionaba en el Palacio del Segundo Cabo, en la Plaza de Armas; el Tribunal Superior Electoral, en O’Reilly No. 311, y la Audiencia de La Habana en un viejo caserón, que ya no existe, en Tejadillo esquina a Mercaderes. La Cámara de Comercio de la República de Cuba funcionaba en lo que hoy es el hotel Raquel.

Ministerios

En una bella mansión de dos pisos, situada en Capdevila No. 6, cuyo frente da a la entrada del Túnel de La Habana y que, aunque en una reparación de nunca acabar, es la sede del Museo Nacional de la Música, funcionó desde 1936 el Ministerio de Estado. Había sido la lujosa residencia de la familia Pérez de la Riva, un inmueble de estilo italiano con salones espléndidos para recepciones, banquetes y recibo de embajadores, pero totalmente inoperante para oficinas. Allí se mantuvo esa Secretaría hasta su traslado, ya en la Revolución, al edificio que todavía ocupa en el Vedado (calle G entre 5ta. y 7ma.).

En los años 40 no había tantos ministerios como ahora. Ninguno de los que existían en aquella época se encuentra en el mismo sitio de entonces. El desaparecido Premierato, las oficinas del Primer Ministro, radicaba en la Avenida de las Misiones No.1. El Ministerio de Agricultura se mantuvo en 23 y P hasta que cedió su espacio al Ministerio del Trabajo, situado en los años 40-50 en Oficios No. 52. Comercio, en Teniente Rey y Mercaderes; y Comunicaciones, en el Convento de San Francisco (Oficios No. 170). Educación tenía sus oficinas en Oficios y Muralla; y Gobernación, en el antiguo Colegio de Belén, en Luz y Compostela. En Cuba y Obispo y en Belascoaín y Desagüe radicaban las secretarías de Hacienda y Justicia, respectivamente. Obras Públicas, en Cuba y Sol (Convento de Santa Clara). Salubridad, en Belascoaín esquina a Estrella, donde radica la escuela de Diseño; la llamada Casa de las Viudas, porque durante un tiempo dio albergue y ayuda a mujeres desamparadas. El Ministerio de Defensa estaba en Monserrate esquina a Empedrado, donde estarían luego las oficinas del DTI y ahora la sección administrativa del Museo Nacional.

Por cierto, en el edificio de Monserrate y Empedrado, el aprovechamiento del espacio era óptimo. Al menos eso parece cuando se sabe que allí radicaban, además del Ministerio de Defensa, los departamentos de Tránsito y Dactiloscopia de la Policía Nacional y la Primera Estación de ese cuerpo. En los años 40, el Buró de Investigaciones, que en pleno Gobierno de Batista conocimos en la Avenida 23, cerca de la entrada del puente de Almendares según se avanza desde el Vedado hacia Playa, se encontraba en Belascoaín y Concepción de la Valla. Llegó a la Revolución una policía montada que tenía su cuartel en una elevación contigua al desaparecido sanatorio antituberculoso de La Esperanza, actual hospital Julio Trigo.

23 Y M

No siempre Miramar fue el barrio diplomático y empresarial por excelencia. En la segunda mitad del siglo XIX, cónsules y hombres de negocios extranjeros se asentaban en el Cerro, y todavía en el siglo XX allí estaba, en Santa Catalina No. 4, la embajada norteamericana, que recorrió no pocos lugares —Avenida de las Misiones; Prado y Trocadero; Plaza de Armas…—, hasta que se construyó el edificio actual en el Vedado.

Sin ir muy lejos, en la Manzana de Gómez se encontraban las embajadas de Uruguay y Venezuela; en el edificio Abreu (O’Reilly esquina a Mercaderes) la de Costa Rica, y en la Lonja del Comercio, las de Chile y Noruega. Bélgica, Perú, Bolivia, España y Paraguay también tenían sus oficinas diplomáticas en La Habana Vieja, y Colombia y Estados Unidos en Centro Habana. En el Vedado estaban las de República Dominicana, Haití, Francia, Argentina, Ecuador, Gran Bretaña, Italia, Japón, Panamá, Portugal, el Vaticano y la ya aludida de Alemania. Solo Brasil, China y México tenían sus cancillerías en Miramar. Otras naciones mantenían sus relaciones con Cuba sobre la base del embajador concurrente.

Quizá ninguna otra edificación tuvo en La Habana de los años 60 un cambio tan radical de función como la funeraria Caballero, en 23 esquina a M. De casa mortuoria pasó a ser un centro cultural, con sala de conferencias, galería de arte, salón de exhibiciones cinematográficas y de conciertos, cafetería… Se inauguró en los días del Congreso Cultural de La Habana, que en enero de 1968 reunió en la capital cubana a intelectuales de todas las tendencias —surrealistas, marxistas, trotskistas, católicos, pacifistas, guerrilleros, masones…—, figuras como Julio Cortázar, Roberto Matta, Antonio Saura, David Alfaro Siqueiros y Roman Karmen, entre otros muchos, quienes proclamaron, en el Salón de Embajadores del hotel Habana Libre, donde tenían lugar las sesiones del encuentro, que el conflicto esencial de la época no era entre las dos superpotencias, sino entre el Tercer Mundo y el capitalismo, criterio que no demorarían en superar, como no demoró en cambiar otra vez de funciones el centro cultural que exhibía en su fachada un mural del famoso pintor francés Edouard Pignon.

 

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