Papelillos

La fiebre amarilla, enfermedad que causó estragos sin cuento entre la población de la Isla, apareció aquí de manera masiva y para hacerse endémica en 1761, se dice que importada de Veracruz. Al año siguiente ocasionaba no pocas víctimas entre las tropas inglesas que ocupaban La Habana, lo que contribuyó a que se extendiera la mala reputación sanitaria de nuestro país.

El también llamado vómito negro se cebaba sobre todo en los españoles recién llegados. No todos fallecían, por supuesto, pero esa era la tremenda prueba por lo que debían pasar en su intento de «hacer la América», una maldición a la que se unían otras enfermedades tropicales entonces no estudiadas y por tanto no atendidas.

Gracias a la aplicación de la teoría del cubano Carlos Finlay sobre el papel del mosquito en la transmisión de la enfermedad, la fiebre amarilla desapareció de Cuba entre 1902 y 1904. En 1905 ocurrió un nuevo brote. Lo provocó un portador proveniente de Nueva Orleans. La sanidad oficial, ya en manos de médicos cubanos, atacó rápidamente esa recurva, que aquel año ocasionó 22 defunciones, cifra que se redujo a cinco en 1907. Desde 1908 no se registran en Cuba decesos a causa de esta enfermedad.

Rogativas y procesiones

Nunca se ha sabido con exactitud cuál fue el mal que asoló a La Habana en 1649 y que en dos meses causó entre 200 y 300 muertos en una etapa en que la ciudad contaba apenas con 7 000 habitantes y reportaba unas seis defunciones mensuales. Refiere la crónica que fallecieron dos tenientes generales —la segunda autoridad de la Isla—, diez presbíteros, un médico, diez cirujanos, seis escribanos, numerosos oficiales del ejército y personalidades de las más distinguidas de la urbe. La enfermedad que, como promedio, se llevaba a una persona en la golilla en alrededor de tres días y que en la casa donde se colaba mataba, por lo general, a más de un miembro de la familia, se conoció por el nombre de «pestilencia» o «fiebre pútrida». Hoy los especialistas suponen que se trató de un brote de peste bubónica, que entonces causaba estragos en Andalucía.

La ciudad lucía vacía por la huida de muchos de sus residentes y se impuso habilitar la iglesia del Espíritu Santo como auxiliar de la Parroquial Mayor, que no daba abasto con las misas que debía ofrecer por el alma de los fallecidos.

Un sacerdote carmelita, citado por Emilio Roig en su obra La Habana: Apuntes históricos, describía así aquellos días de tristeza y muerte:

«Lloraban los más tiernos niños su orfandad, los más robustos jóvenes su desamparo, y su viudez muchos que acababan de celebrar sus bodas. No hay casa donde no haya duelo, y en muchas no quedó ni quien llorara. ¡Oh Señor! ¡Cuántas veces vi cadáveres privados del infausto beneficio de la sepultura, y deseando mi corazón dar los hombros al helado peso, la necesidad de los que agonizaban me limitó a encomendarlos a vuestra clemencia».

No fue esa la primera epidemia que se reportó en La Habana. Otras noticias en ese sentido quedaron asentadas en las Actas Capitulares del Ayuntamiento, como el reclamo que, en octubre de 1610, hizo el gobernador Gaspar Ruiz a fin de que se hicieran rogativas y procesiones para parar las calenturas que aquejaban a la población. Parece que no se logró mucho, porque en noviembre del mismo año Ruiz disponía que dos personas supervisaran «el recaudo, comida y regalo que tienen los pobres en el hospital de esta ciudad».

San Juan de Dios

Aquel hospital era el de San Juan de Dios, atendido por los religiosos de esa Orden, por disposición del gobernador Pedro de Valdés, desde 1603.

No fue ese, sin embargo, el primer hospital habanero. El más remoto de esos centros de que se tienen noticias precisas en esta ciudad recibe, en documentos antiguos, la denominación de Nuevo, lo que quiere decir que ya entonces existía otro anterior, pero tan insignificante que no dejó rastro; apenas la constancia de su refundición con la nueva instalación, de la que tampoco se conserva su nombre.

En 1556, Pedro Menéndez de Avilés, Adelantado de la Florida, que ejercía además el Gobierno de la Isla por medio de un lugarteniente, necesitó un hospital para la asistencia de sus soldados. El Adelantado estaba metido en numerosas aventuras bélicas, entre esas la conquista de la Florida, y ordenó la construcción de un hospital militar en el espacio que enmarcan las calles de Aguiar, Empedrado, Habana y San Juan de Dios. A ese establecimiento se le dio el nombre de San Felipe y Santiago. Se le llamó también de Felipe el Real.

Concluida la conquista de la Florida, aquel pequeño hospital llamado Nuevo en su momento, se refundió con el militar mandado a edificar por Menéndez de Avilés, que adquirió carácter de hospital general.

Ese centro disponía de cien camas a mediados del siglo XVII y brindó grandes servicios durante el sitio y la toma de La Habana por los ingleses. Su entrada principal era por la calle Aguiar, y otra puerta, por San Juan de Dios, se utilizaba para la extracción de los cadáveres. En 1793 se introdujeron al edificio mejoras y ampliaciones notables y se terminó de construir una iglesia que daba a las calles Aguiar y Empedrado.

En 1842, en virtud de la ley de secularización, el Gobierno colonial sustituyó por personal civil a los «juaninos» —como se llamaba a los frailes de la orden da San Juan de Dios—. Pocos años después se instalaban en ese lugar los estudios universitarios de Anatomía, hasta entonces en San Ambrosio. Cuando, por esa misma época, un hospital militar empezó a prestar servicios en la antigua Factoría, San Juan de Dios fue declarado establecimiento de beneficencia pública. Pero se ampliaron otros centros como ese y el viejo hospital de los «juaninos» perdió su razón de ser y por lo céntrico de su ubicación empezó a ser visto como una amenaza para la salud pública. El caso es que fue demolido, junto con la iglesia, en 1870. Los estudios de Anatomía se trasladaron entonces al asilo de San Dionisio —la llamada Casa de Locos—, aledaño al cementerio de Espada; proximidad que dio pretexto a la tragedia del 27 de noviembre de 1871 con el fusilamiento de los estudiantes de Medicina.

Un desastre

Un estudioso de la higiene pública, describía así ese hospital:

«Inmenso depósito de enfermos, hacinados sobre el suelo de chinas pelonas, encerrados entre unas paredes ennegrecidas por el polvo y la suciedad y cobijados bajo un techo formado de gruesas viguetas, donde se alojaba toda clase de miasmas… con hileras interminables de camas, aumentadas frecuentemente por la interposición de lechos secundarios, ocupado por toda clase de enfermedades en horrible promiscuidad, por lo que no puede sino sorprendernos que saliese vivo de aquel antro quien hubiese tenido la desgracia de ocupar allí una cama».

Era de campeonato el abandono de la salud pública en La Habana durante la Colonia. Todavía en 1871, es decir, bien entrado el siglo XIX, no existía aquí una ley sanitaria que unificase tan importante servicio. Las juntas de sanidad —municipales y provinciales, así como la nacional— eran solo de carácter consultivo; los leprosorios tenían de tales solo el nombre; resultaba un mito la reclusión de dementes; la Cárcel era un lugar infecto y contagioso tanto en lo físico como en lo moral y el Servicio de Higiene Especial, que debía reglamentar la prostitución, servía más de lucro y granjería a las autoridades que de verdadera profilaxis venérea. Las inspecciones médicas a navíos llegados al puerto excluían a los barcos españoles, no obstante haberse comprobado que la Compañía Trasatlántica Española, que servía de correo oficial y era largamente subvencionada por el Gobierno, mantenía la viruela en la Isla, importando nuevos casos en casi todos sus viajes.

La Guerra de Independencia (1895-98) agravó el panorama sanitario, situación que se agudizó aun más con el bloqueo norteamericano a los principales puertos cubanos. Durante los tres últimos años de dominio español, solo en La Habana murieron un total de 51 141 personas, todas por enfermedad y hambre. De ellas, a causa de la fiebre amarilla, 1 282 en 1896; 858 en 1897 y 136 en 1898, en tanto otros padecimientos como la viruela, la tuberculosis y el paludismo incrementaban sus coeficientes de mortalidad.

Reina Mercedes

El primer hospital moderno y científico que tuvo La Habana fue Reina Mercedes, llamado así en honor de la esposa del rey Alfonso XII, muerta poco después de la boda. Cesada la soberanía española en Cuba, el nombre se redujo a Mercedes, a secas, con el paso del tiempo.

No fue la creación de este hospital, en 1886, fruto de la gestión oficial. Tampoco lo fue su sostenimiento. Ello se debió a la iniciativa, los desvelos y el buen manejo del médico cubano Emilio Núñez de Villavicencio y a la contribución de un grupo de benefactores. También al empuje privado se debe la fundación de excelentes quintas o casas de salud como Sanitaria de Belot, Garcini o El Retiro, Santa Rosa, San Leopoldo, La Quinta del Rey…

Los médicos municipales hicieron su aparición en Cuba en agosto de 1871, y en octubre se creaba la primera Casa de Socorros, institución para la atención primaria y sobre todo de urgencia. Llegaría a la Revolución, que, con grandes transformaciones en sus propósitos y desenvolvimiento, la convertiría en policlínico. El necrocomio se inauguró el 19 de marzo de 1880.

Llega la vacuna

A comienzos del siglo XIX sobrevino una epidemia de viruela que se extendió por toda la Isla. El médico habanero Tomás Romay conocía de la vacuna elaborada por el inglés Jenner y desde mucho antes había publicado sus investigaciones al respecto. Con objeto de cortar la epidemia se trajo a Cuba el virus vacuno, pero ni este ni otro que vino de Filadelfia en 1802 pudieron ser utilizados por el eminente científico. Pasó el tiempo y en 1804 llegó la vacuna. El 12 de enero de ese año, por primera vez en la Isla, se llevó a cabo en Santiago de Cuba la inoculación contra la viruela. Justo al mes siguiente, el doctor Romay acometía igual práctica en La Habana. Inoculaba a sus cinco hijos y a 30 personas más. La vacunación antivariolosa fue, dice Roig, uno de los pocos servicios sanitarios bien organizados durante la etapa colonial.

En los primeros días de febrero, llegaba, procedente de Puerto Rico, María Bustamante. Venía acompañada de su hijo de diez años de edad. Antes de su partida fueron vacunados con virus procedente de la isla holandesa de Santo Tomás. Las vacunas prendieron y cuando llegaron estaban en perfecto estado de supuración. De ellas tomó Romay el virus y la señora recibió los 300 pesos que se habían ofrecido a quien lo trajese.

Tomás Romay, médico, higienista y escritor, merece una página aparte.

Fuentes: Textos de Emilio Roig, Francisco Figueras y Salvador Bueno

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