Noticias de una calle

La calle San Rafael se llamó antes De los Amigos, y también De Monserrate, porque conducía a la puerta de ese nombre en la muralla. Se denominó asimismo Del Presidio, porque donde se erigió el Teatro Tacón —después Nacional y hoy Gran Teatro— existió una penitenciaría regentada por un tal Juan Naranjo.

Por acuerdo número 114, de 18 de mayo de 1921, el Ayuntamiento habanero le varió a San Rafael el nombre por el de General Carrillo, en homenaje a ese remediano que combatió en las tres guerras por la independencia de Cuba y que dos días después de que se le diera su nombre a la calle asumiría la vicepresidencia de la República hasta 1925, es decir, bajo el mandato del licenciado Alfredo Zayas. Por Decreto-Ley del presidente provisional José Agripino Barnet, aprobado, a sugerencia del historiador Emilio Roig, por el Consejo de Secretarios (Ministros) de 13 de enero de 1936, se le restituyó a la calle su nombre popular de San Rafael.

Escauriza

Al lado del Teatro Tacón —Prado esquina a San Rafael— había un café que llevaba el mismo nombre del famoso coliseo. Le seguía el salón de exhibiciones donde por primera vez se vio cine en Cuba y donde, con anterioridad, se expuso el lienzo titulado Embarque de Cristóbal Colón por Bobadilla, obra del pintor Armando Menocal, y que Manuel Sanguily calificó de «maravilla, una explosión de luz, un portento de relieve y colorido». Contiguo a ese salón se hallaba la llamada Cantina de los Voluntarios, un café muy concurrido por los miembros de ese cuerpo armado, que solían darse allí un cañazo de ginebra antes de formar en parada frente a dicho establecimiento, para salir después a cubrir los retenes en lugares diversos de la ciudad. Y en la esquina de San José estaba el cuartel de los bomberos del Comercio.

Por Prado, dejando atrás el Gran Teatro y cruzando San Rafael, se encontraba el café Escauriza, sitio de reunión de la aristocracia habanera de mediados del siglo XIX y escenario el 20 de febrero de 1844 —martes de carnaval— de la batalla del ponche de leche, episodio que el ya aludido Roig califica de chusco y ruidoso.

Sucedía que don Pancho Marty, empresario del Tacón, había obtenido el monopolio de los bailes de carnaval en aquellos alrededores, lo que obligaba al café Escauriza, donde también se celebraban bailes de máscaras, a cerrar sus puertas a las 11 de la noche.

El domingo anterior a aquel martes 20, los que bailaban en el Escauriza se negaron a abandonar el salón a la hora exigida y el regidor Félix Ignacio Arango, para evitar el escándalo, accedió a que el baile continuase durante toda la noche. Pero el capitán general Leopoldo O’Donnell, el llamado Leopardo de Lucena, deseoso de que la desobediencia no volviera a repetirse, ordenó al teniente alcalde Fernando de O’Reilly que a las 11 de la noche desalojara el café a como diera lugar.

El día 20, cuando el teniente alcalde sacaba a los parroquianos del café, se generalizó la protesta. Trataba, con el apoyo de la fuerza pública, de imponer su autoridad cuando uno de los bailadores vertió sobre O’Reilly su vaso de ponche de leche caliente y se recrudeció el altercado. Enterado O’Donnell de lo que sucedía, salió del palacio de Gobierno al frente de un grupo de lanceros y se dirigió al lugar de los hechos. Ardió Troya. Arremetió la tropa contra los curiosos que presenciaban la escena, atropelló a los que tranquilamente tomaban el fresco en la acera del Tacón, echó por tierra mesas y sillas y la emprendió a golpes contra los empecinados bailadores que a esa altura hacía rato habían dejado de bailar. La batalla concluyó con la clausura del café.

No se disparó un solo tiro. No hubo muertos; solo contusos. Pero sí cinco cubanos detenidos, tres de ellos deportados a España en el transcurso de los días bajo el cargo de «conspiración».

El último muchacho

En el mismo local que ocupó el Escauriza se abrió luego el café El Louvre, y allí tuvieron lugar, no una, sino dos batallas. Ambas sangrientas.

La primera, el 24 de enero de 1869, fue uno de los trágicos incidentes provocados contra el capitán general Domingo Dulce. Corrió el falso rumor de que alguien disparó en el interior del café y un grupo de voluntarios hizo tres descargas cerradas contra el establecimiento y lo ocupó después a bayonetazos. La clientela huyó despavorida dejando detrás muertos y heridos… todos españoles.

Pasó el tiempo. El Louvre, llamado ya Inglaterra, fue escenario de otro cruento suceso que el narrador, periodista y actor Gustavo Robreño, autor asimismo de muy sabrosas obras para el teatro Alhambra, calificaba como el último combate entre cubanos y españoles. Era el 11 de diciembre de 1898, había finalizado la Guerra de Independencia y España estaba a punto de resignar ante el ejército interventor norteamericano su soberanía sobre la Isla, hecho que ocurriría el 1ro. de enero de 1899.

Pues bien, ese 11 de diciembre, en El Louvre, por motivos banales, se enfrentaron a tiros mambises y militares españoles. La refriega dejó dos muertos. Jesús Sotolongo Lunch, «el último muchacho de la Acera del Louvre —decía Robreño—, que dio su vida por la santa causa de la independencia», y un infeliz transeúnte muerto a culatazos porque, sordo como era, no respondió a las voces de «¡Alto!» que le daba la autoridad.

No haremos ahora la historia del café El Louvre ni de la acera a la que dio nombre, lugar de reunión obligado de una juventud siempre con la sonrisa a flor de labios, bromas y copas prestas al brindis; antesala de duelos famosos y alegres parrandas, y que fue también, como se ha dicho, sede «del más alto señorío en la que palpitó, como en ningún otro sitio de la ciudad, el sentimiento patrio». Digamos de pasada que El Louvre cambió su nombre por el de Inglaterra cuando Juan F. Villamil adquirió el establecimiento, echó el portal del edificio y lo amplió al giro hotelero.

A pluma y lápiz

El viajero norteamericano Samuel Hazard afirma en su libro Cuba a pluma y lápiz que hacia 1868 el Escauriza era el mayor café de La Habana y anota, como de pasada, que la clientela de ese estableciendo, que califica de «fresco y agradable», estaba conformada solo por hombres; ninguna mujer. Las damas, comenta el mismo escritor y dibujante, podían acudir entonces al café Francois, en la calle Cuba, y al restaurante Las Tullerías, en San Rafael esquina a Consulado, que disponía en los altos de un salón propio para ellas. Era un restaurante más francés que español y contaba con una oferta excelente a precios muy razonables.

Muy cerca de Las Tullerías se ubicaba el néctar-soda El Habanero, y en el tramo de San Rafael comprendido entre Consulado y Prado, el Bar de Mantecón, llamado asimismo El Refrigerador, donde, refiere Federico Villoch en sus Viejas postales descoloridas, se expendió por primera vez en esta ciudad el lager-beer de barricas, que se trajo desde Nueva York alrededor de 1880. En los altos de Mantecón, los redactores de las revistas La Habana Elegante y El Fígaro habilitaron un local para su esparcimiento y recreación al que nombraron Braseri Club.

En San Rafael y Águila estuvo la primera fábrica de cerveza que se montó en Cuba. Fue todo un fracaso en aquel lejano año de 1841, cuando sus propietarios se empeñaron en sustituir la cebada europea por el jugo de la caña de azúcar. Con posterioridad a 1867 hubo una sala de armas en San Rafael e Industria.

El pulso de la ciudad

Decía Jorge Mañach en 1926 que Obispo era una calle conservadora y recalcitrante que defendía su viejo prestigio con celo conmovedor, y que San Rafael era arribista y nueva rica, en tanto que Galiano y Belascoaín no acertaban a definirse. Pero en la misma fecha llamó «encantadora» a la esquina de Galiano y San Rafael, y la calificó de «lujosa, perfumada y trémula». Precisó el ensayista: «Vía crucis de los instintos… por donde, a la hora “del cierre”, en que la villa se esponja empapada de crepúsculo, discurre quebradamente el mujerío inefable de La Habana».

Se dice que por las numerosas mujeres que se daban cita en la zona para hacer sus compras y ver las vidrieras y también para que las vieran, grupo que se reforzaba con la entrada y salida de las empleadas de las tiendas, es que ese sitio recibió el nombre de esquina del pecado. Sin embargo, Eduardo Robreño y Renée Méndez Capote aseguraban que con tal nombre bautizó antes el periodista Lozano Casado a la esquina de Galiano y Neptuno. Eso poco importa hoy. Lo que resulta verdaderamente significativo es que Galiano y San Rafael se convirtió en el punto comercial por excelencia de la capital.

Hasta 1915, Obispo y O’Reilly fueron en La Habana la meca del comercio y la moda, como lo eran de las secretarías de despacho (ministerios), la banca y los bufetes de prestigio. Esto cambia a partir de 1915, cuando la esquina de Galiano y San Rafael empieza a ser lo que fue después. Cinco años más tarde, esa esquina era ya el sitio donde se medía el pulso de la ciudad.

En 1897 había abierto sus puertas Fin de Siglo, un pequeño bazar en San Rafael y Águila que creció al ritmo de la gran Habana.

La primera tienda de que tenemos noticias que funcionó en el área se llamó El Boulevard y ocupó justo el sitio de la hoy ferretería Trasval. Este escribidor desconoce cuándo se inauguró, pero sí sabe que sus propietarios la vendieron en 1887. Aprovechando el espacio, los nuevos dueños abrieron allí La Casa Grande, que prestó servicio hasta 1937, cuando vendieron a su vez el local, donde se instaló el Ten Cents, comercio minorista de artículos varios, casi todos importados, que desde 1924 tenía su sede en San Rafael y Amistad. Donde hoy se encuentra Flogar estuvo durante años el café La Isla, famoso por sus exquisitos helados. El Encanto se inició en 1888 en Guanabacoa. Pasó después a Compostela y Sol hasta que halló sitio en Galiano y San Rafael y creció desmesuradamente. Cuando el fuego asesino lo destruyó en 1961 era la tienda por departamentos más importante del país.

Eran famosas en el mundo las aceras de San Rafael en el tramo comprendido entre Galiano y Prado. Entre otros establecimientos, allí estaban Cuervo y Sobrino, «los joyeros de confianza»; la joyería de Gastón Bared, que representaba los relojes Omega, Cartier y Bertting, y la sastrería Oscar. Peleterías como Ingelmo y expendedoras de discos como Columbia, Kubaney, Puchito y La Moda. También el hotel Royal Palm, de 200 habitaciones, en la esquina con Industria, y salas cinematográficas como Dúplex y Rex y Cinecito…

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