Apijuanado - Lecturas

Apijuanado

Cuando el asedio de La Habana por los ingleses, Camagüey envió de inmediato 300 milicianos, recursos y dinero en auxilio de la capital. Los camagüeyanos se llenaron de gloria el 22 de julio de 1762 en el frustrado asalto de la loma de la Cabaña, acción en la que perecieron más de cien principeños. Durante el sitio murieron muchos milicianos más, por lo que no volvieron a sus hogares ni la tercera parte de los camagüeyanos que marcharon contra el inglés.

Después el general don Luis de Unzaga pasó por Puerto Príncipe hacia occidente con una columna de tropas veteranas y milicianos de Santiago de Cuba. Camagüey incorporó a la partida 200 jinetes más, pero como la capitulación de la plaza, que tuvo lugar el 13 de agosto, sorprendió a Unzaga en Santa Clara, los jinetes aportados volvieron a su lugar de origen.

El 30 de ese mes, el conde de Albemarle, general inglés que asumió el mando de La Habana, pidió al cabildo de Puerto Príncipe que con toda urgencia le remitiera la relación de los templos de su territorio, así como que diera cuenta del número de sacerdotes que los ocupaban.

El oficio fue recibido el 13 de octubre y de inmediato el Ayuntamiento se reunió en sesión y acordó el «cúmplase», pero tomó la determinación secreta de no aceptar órdenes ni peticiones que vinieran del enemigo.

Volvió a reunirse el Ayuntamiento a fin de conocer otra comunicación, con fecha 14 de agosto, enviada por Albemarle y que llegó a manos del cabildo principeño en fecha posterior a la ya aludida. En ese nuevo oficio, el inglés instaba al bravo y esforzado teniente gobernador camagüeyano don Martín de Aróstegui a que se rindiera y se sujetase a los términos de la capitulación concertada con La Habana.

Fue inmediata la respuesta del cabildo camagüeyano:
«Tendrá Vuestra Excelencia por la más esforzada y declarada negativa el intento de rendirse esta villa a la subordinación de V. E., por no ser extensiva la jurisdicción que se dice haber ganado en virtud de la capitulación practicada, como categóricamente lo participan nuestros jefes, aseverando quedar libre esta villa y las demás poblaciones; en cuyo supuesto, ponemos en la inteligencia de V. E. estar estos vecinos con valeroso ánimo dispuestos a rendir primero sus vidas que el vasallaje a otro Soberano que nuestro Católico Monarca».

Además, los alcaldes Mauricio Socarrás y Pedro Blas Arango organizaron sendas compañías de infantes para la defensa de la población, y comenzaron a acopiar bastimentos y material de guerra para oponerse a los ingleses en caso de ataque. La villa permaneció sobre las armas hasta el 6 de julio de 1763, cuando La Habana volvió a poder de los españoles.

Otra con los ingleses

El 17 de octubre de 1805 arribó al puerto de Nuevitas una escuadrilla inglesa conformada por una corbeta, dos bergantines, una goleta y una falúa, con unos 500 tripulantes. Colin Campbell, teniente de la corbeta Rein Deer, pidió por escrito al jefe local español la cantidad de 10 000 pesos como contribución de guerra. De no recibir el dinero, advertía Campbell, destruiría los buques surtos en puerto y las casas del poblado y haría «todas las depredaciones que pueda, según las órdenes que porto».

Tales amenazas pusieron en estado de alerta a la vecinería, que se armó como pudo y dispuso de dos piezas de artillería y de las municiones que Domingo Maymir almacenaba en su establecimiento para resguardo de su casa en caso de uno de los ataques que con frecuencia sufrían los pueblos costeros.

Las autoridades de Nuevitas remitieron aviso a Puerto Príncipe de las pretensiones del enemigo y un tal Eladio Caimares, que sabía algo de inglés, abordó la corbeta a fin de entrevistarse con el teniente Campbell. El oficial dispensó al visitante todo género de atenciones y concedió 72 horas a Nuevitas para que le entregara el dinero exigido; la escuadrilla inglesa, mientras tanto, se retiraría a Punta Mantequilla y esperaría allí el pago del rescate.

Tan pronto llegó a Puerto Príncipe la noticia de la exigencia inglesa, el gobernador José de Córdoba determinó marchar con tropas de milicia hacia el territorio amenazado, mientras que el Ayuntamiento tomaba el acuerdo de no «acceder a la contribución de los diez mil pesos que solicita el enemigo, sino más bien consumirse [el dinero] y lo más que fuere necesario, en honor de la Corona y en defensa de la patria». La Audiencia, reunida en sesión permanente, consideró muy loable la posición del cabildo.

El 22 de octubre, por la mañana, la escuadrilla inglesa, enterada de la llegada a Nuevitas de la tropa de milicia mandada por el gobernador Córdoba, se fue con su música a otra parte.

El espejo

En 1810, tras 20 años de la aparición del Papel Periódico de La Habana, tuvo Camagüey su primera publicación periódica. Se llamaba El Espejo, y el licenciado don Antonio de Herrera y Gordo, magistrado de la Real Audiencia, con sede en la villa, era su propietario y redactor único.

Se trataba de una publicación manuscrita y para la confección de cada número el licenciado Herrera reunía en su casa de la calle San Ramón —después Enrique José— a 20 escribientes provistos de plumas de ave, pues no se habían inventado aún las de acero, y de frascos de barro cocido con tinta de fabricación local. Herrera dictaba a la vez a los amanuenses el contenido del periódico y ellos llevaban sus palabras al papel con hermosa letra española.

Terminada la original «tirada», en pliegos de papel de los llamados «de barba», los 20 ejemplares se distribuían entre otros tantos suscriptores, que estaban obligados, cada uno de ellos, a repartir su ejemplar entre diez suscriptores más, con lo que con los ejemplares quedaban servidos 200 suscriptores.

En un comienzo El Espejo fue quincenal y luego semanal hasta que empezó a aparecer cada dos días. De esa manera circuló con toda regularidad hasta que en 1812, don Mariano Seguí llevó la primera imprenta a Camagüey y el periódico apareció todos los días con el nombre de El Espejo Diario.

Una de las primeras noticias que incluyó fue el acuerdo del Ayuntamiento que comisionaba al alcalde primero Diego Antonio del Castillo, y al regidor Francisco Javier Batista para que comenzaran las obras del cementerio de la villa.

El camposanto fue terminado en 1813 y Diego Antonio del Castillo, autor del proyecto y comisionado de la obra, como ya se dijo, fue la primera persona que se inhumó en dicho espacio, en una fosa muy honda que se abrió en el ángulo que forman las calles Desengaño y San Isidro y que el mismo proyectista escogió para su sepultura.

Y ya que de periódicos hablamos, mencionemos El Arrebol, semanario «literario y satírico» que dirigió Rafael Usatorres Perdomo. Fue la primera publicación periódica que se vendió por las calles camagüeyanas, a partir del 13 de septiembre de 1886. Se distinguió por abordar abiertamente los temas separatistas y anticlericales, siendo notable su persistencia patriótica y de libre pensamiento. Se vendía a diez centavos el ejemplar y llegó a alcanzar tiradas de 1 500 copias en una época en que otros diarios no pasaban de 500.

Otro periódico camagüeyano fue El Guajiro, también abiertamente separatista. Tanto que sus redactores llevaban siempre en el bolsillo una partida de defunción porque esperaban que en cualquier momento los encarcelaran, deportaran o fusilaran. La edición del 10 de octubre de 1894 estuvo dedicada íntegramente al tema de la Guerra Grande e incluyó un artículo de Enrique Loynaz del Castillo sobre la bandera cubana. La edición del 27 de noviembre, consagrada a los estudiantes de Medicina fusilados en 1871, colmó la paciencia de la autoridad colonial, que hizo comparecer a su presencia a Víctor M. Fano, director del diario, y lo amenazó con acabar con la quinta y con los mangos si persistía en su actitud patriótica. La amenaza no pasó de ahí.

Fechas

La aparición de un cometa aterrorizó a los principeños en marzo de 1759. En todos los templos de la localidad se hicieron fervientes rogativas públicas y los pecadores de la villa organizaron fiestas y procesiones religiosas ante lo que pensaron era la llegada del Apocalipsis y el miedo a comparecer ante el juicio de Dios sin haber limpiado sus culpas.

El 1ro. de enero de 1879, la Isla de Cuba quedó dividida en seis provincias: Pinar del Río, La Habana, Matanzas, Santa Clara, Puerto Príncipe y Santiago de Cuba; división político-administrativa que rigió durante casi un siglo, hasta 1976.

Fue el 22 de abril de 1903 cuando el Gobierno Provincial dio a Puerto Príncipe el nombre de Camagüey, y el mismo nombre recibía la ciudad cabecera, el 9 de julio, por acuerdo del Ayuntamiento.

También un 1ro. de enero, pero de 1885, se estableció en Cuba y por ende en Camagüey el Registro Civil. Siete años más tarde el Gobernador de la Isla autorizó a que los negros antepusieran el título de «don» a su nombre, lo que hizo que los blancos más prejuiciados y racistas prescindieran de su uso y emplearan el de «señor», menos popularizado entonces.

A mediados de 1890 se organizó la empresa eléctrica y se dio inicio en el territorio camagüeyano a la edificación de las plantas y al tendido de los cables. En 1893 el emprendedor y carismático comerciante Antonio Almanza organizó una empresa de ómnibus de tracción animal. Llevó a Camagüey guaguas de la empresa habanera de Estanillo. La iniciativa tuvo una buena acogida, pero el inicio de la Guerra de Independencia obligó a la disolución de la empresa.

El 27 de noviembre de 1891 la importante casa comercial de Isaac Rodríguez recibía en el tren de la tarde seis cajas con la primera remesa de calderilla que llegó a esa ciudad. Eran monedas fraccionarias de cobre de medio, uno y dos centavos, que hasta entonces solo circulaban en España y que fueron declaradas de curso legal en la Isla en atención a que la plata fraccionaria (reales y medios) escaseaba mucho y esa carencia entorpecía las transacciones del comercio minorista.

El 13 de abril de 1892 la importante licorería de Pijuán y Mestre pasó a ser propiedad de los hermanos Ramón y José Pijuán, que elevaron a gran altura la calidad de la marca. Baste decir que el ron Pijuán fue famoso en toda la Isla y tal fue su popularidad que llegó el momento en que para decir que alguien estaba achispado o borracho, se decía que estaba apijuanado.

Con documentación del Doctor Ismael Pérez Gutiérrez e información de Jorge Juárez y Cano.

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