La Peregrina - Lecturas

La Peregrina

Muchos años después, el periodista y crítico literario cubano Enrique Piñeyro conservaba como uno de los recuerdos más vívidos de su juventud la imagen de Gertrudis Gómez de Avellaneda. La célebre escritora nacida en Camagüey, pero residente en España, había venido a la Isla junto con su esposo, el coronel Domingo Verdugo, como parte del séquito del nuevo capitán general, y el Liceo de La Habana quiso rendirle un homenaje solemne, acontecido el 27 de enero de 1860. Se impondría a la poetisa, en el Gran Teatro, una corona de laurel hecha de oro. Pese al paso del tiempo conservaba Piñeyro fuertemente impreso en su memoria el rostro moreno de su coterránea, «con ojos negros fulgurantes y labios apretados por la cólera» y de los que pendía una gota de sangre. ¿Por qué esa furia cuando el momento debía ser de júbilo?

Aunque lento, un poco largo quizá, el acto transcurría sin inconvenientes, como todos los de su tipo. La música estuvo a cargo del pianista Luis Gottschalk y del violinista cubano José White, y se representó La hija del rey René, un acto en verso de la Avellaneda que resultó más insípido de lo que realmente era sin que los actores aficionados que lo llevaron a escena hicieran nada por mejorarlo.

Siguió la parte puramente literaria. En siete sillones dispuestos en fila en el escenario bajo un gran retrato de Isabel II, reina de España, tomaron asiento el Conde de Santovenia, presidente del Liceo, la Avellaneda y cinco señoras más. Hubo un discurso colmado de elogios que pudo y debió ser más corto, y el buen juicio aconsejó reducir al mínimo la lectura de poemas que siguió a la larga perorata del director de la institución que auspiciaba el homenaje a fin de proceder, sin más demoras, a la coronación. Y aquí es donde viene lo bueno, porque en ese justo momento y sin presentación alguna se adelantó al proscenio un sujeto de tez amarillenta, vestido todo de negro y con cabellos largos y mal peinados. Algo fúnebre se evidencia en su apariencia, por aquella extraña palidez que traía a la mente de los que lo veían la imagen escuálida y demacrada de quien pasó largos años a la sombra.

Gesticulaba exageradamente el sujeto mientras con voz desacompasada leía algo que no se adivinaba, oyéndolo, si era prosa o verso. Boquiabiertos, los espectadores seguían la escena hasta que muchos no ocultaron su indignación o su impaciencia. Prorrumpían en carcajadas o en gritos estentóreos de «¡Fuera!» y «¡Basta!», mientras que algunos, deplorando aquel desorden, se retiraban de la sala. El hombre, un empleado del Gobierno de apellido Muñiz, no se daba por aludido y seguía impertérrito su lectura.

Piñeyro, que no tenía asiento, vagaba por los corredores del teatro tratando de seguir a través de las persianas de los palcos lo que sucedía en el escenario. Su condición de periodista le daba derecho a situarse entre bastidores y desde ellos pudo seguir la reacción que el atrevimiento de Muñiz provocaba en la escritora.

Al comienzo, se inclinó ella hacia delante como para seguir con más facilidad las palabras del intruso, pero a medida que el escándalo crecía en el coliseo iban sus ojos desprendiendo llamas, lanzando dardos de fuego que si hubieran podido llegar hasta el imprudente lo habrían, de seguro, convertido en polvo. Apretaba la camagüeyana los labios con más y más fuerza cada vez y de pronto salió de ellos una gota de sangre, arrancada por la impotencia que se debatía desesperada con su inmenso orgullo y su indomable carácter.

La poetisa Luisa Pérez de Zambrana y la Condesa de Santovenia, esposa del presidente del Liceo de La Habana, ciñeron al fin la corona de oro en la frente de la Avellaneda. Los periódicos del día siguiente, tan prolijos en el reporte del homenaje, nada dijeron acerca de la interrupción que provocó el tal Muñiz. El censor, que era un empleado designado por el Capitán General, había recibido la orden de no dejar pasar en la prensa una palabra sobre ese episodio.

Es mucho hombre esta mujer

Se preparan ya en Cuba las festividades por el bicentenario del natalicio de Tula Avellaneda. Nació en la vieja ciudad de Puerto Príncipe, el 23 de marzo de 1814 y a los 22 años se trasladó a España, donde, con algunas interrupciones, vivió hasta su muerte, en febrero de 1873, y escribió casi toda su obra. ¿Escritora cubana o española entonces? No es necesario discutir su nacionalidad literaria. Si bien España fue el escenario de sus grandes éxitos, era ya toda una escritora cuando en 1836 sale por primera vez de la Isla, como lo demuestran su soneto Al partir y su canto A la poesía. Pese a sus triunfos, no olvidó nunca su tierra natal. En no pocas ocasiones proclamó con orgullo su condición de cubana, y la evocación de su patria es constante en su obra. No es casual entonces que en España adoptara el seudónimo de la Peregrina. Pero cubana o española, legó una obra de nivel excepcional, al punto de que se le considera como la primera escritora de habla castellana en el siglo XIX. «Es mucho hombre esa mujer», dijo alguien de la Avellaneda sin ocultar su prejuicio machista. Lo cierto es que su condición de mujer le vedó la posibilidad de ocupar un sillón en la Real Academia de la Lengua para lo que fue propuesta.

Es, dice la crítica, una «personalidad señera y múltiple». Sobresalió en el teatro y en la poesía lírica y se distinguió en la novela. Ideó, entre otras formas métricas, el verso de 13 sílabas. Hay hondura sicológica en sus personajes y algunas de sus obras dramáticas pueden conceptuarse como auténticas obras maestras. Difícil resulta encontrar en el teatro español de su tiempo una obra que pueda compararse con Baltasar. Revela finas dotes de narradora. Sab es la primera novela que se inspira en la esclavitud y la condena. Se anticipa en diez años a La cabaña del tío Tom, de Harriet Beecher Stone, pero la de la cubana no es una obra de tesis ni de propaganda, sino que en sus páginas pinta La Peregrina la realidad que conoce y son los hechos mismos los que hablan y provocan en el lector las reacciones consiguientes. Son de fácil y entretenida lectura muchas de sus páginas. Es la creadora de la novela indigenista. Manejaba con soltura el arte de la narración y sus novelas y leyendas se leen sin esfuerzo, escribe Max Henríquez Ureña. Precisa el crítico dominicano: Su producción dentro el campo de la ficción narrativa no alcanza, sin embargo, la misma elevación y brillantez de sus obras dramáticas y sus versos líricos.

Otras obras suyas dignas de ser recordadas son la comedia La hija de las flores, y las dramáticas Munio Alfonso y El príncipe de Viana. Sobresalen, entre otros muchos títulos, Guatimozín y Espatolino, novelas de corte histórico. Su leyenda El aura blanca se basa en una tradición cubana.

Su carácter se transparenta en las cartas que escribió a sus amantes. Textos de gran valor literario y humano.

Amores

Tuvo Tula Avellaneda amores tormentosos. Tuvo también amores desgraciados. Parece una mujer condenada a no ser feliz. Un amor adolescente le hizo vivir tristezas y desengaños en su Camagüey natal. En Sevilla, en 1839, conocerá a Ignacio de Cepeda. Lo ve como el príncipe azul de un cuento de hadas. Hay, de inicio, una amistad romántica entre ambos. Él se presenta ante ella como una víctima del esplín (el tedio, el hastío) de los románticos y ella se rinde al imperio de esa tendencia melancólica. Cuaja la amistad en una relación amorosa, pero es hombre frío y calculador. Nada hay en su carácter que se avenga con los arrebatos pasionales de su pareja y sobreviene la ruptura, en abril de 1840.

La amistad entre ambos sin embargo no se interrumpe; se mantiene por cartas durante años y años, aun cuando ella, instalada en Madrid, gana la consideración del mundo literario. Es en esa ciudad, en 1844, cuando conoce al poeta sevillano Gabriel García Tassara, tres años más joven. Una ardorosa pasión arrebata a Tula y nace una niña que apenas vive siete meses y que Tassara no reconocerá como hija suya. Una de las cartas que la Avellaneda dirige al amante esquivo gira en torno a esa niña. La niña se muere y la madre, desesperada, pide a Tassara que vaya a verla. Le suplica y lo amenaza. Le dice que si no acude a la cita, le arrojará el cuerpo de la niña, moribunda o muerta, en medio de sus queridas. No consta que el poeta visitara a la niña en trance de muerte, pero sí figura como su padre en la partida de defunción, lo que debe haber sido hecho con su anuencia.

Si Tassara no la ama, el diputado Pedro Sabater ama a la camagüeyana con locura. Pero está enfermo. Muere 80 días después del matrimonio, y su muerte provoca que la Avellaneda se recluya en un convento. Será por poco tiempo. En 1847 vuelve a empatarse con De Cepeda. No duran mucho juntos en esta segunda ocasión, pero de nuevo vuelven las cartas entre ambos. Es una correspondencia que se extiende hasta 1854, cuando Cepeda contrae matrimonio con María de Córdova. De Cepeda, que falleció, en 1906, a los 90 años de edad, conservó con cuidado las cartas de Tula. Su viuda las publicó un año más tarde, sorprendida de que un hombre tan mediocre como su marido hubiera inspirado un amor tan desbordado.

En 1855 se casa Gertrudis Gómez de Avellaneda con el coronel Domingo Verdugo. Está ella en la cúspide de la gloria literaria. El matrimonio se celebra en el Palacio Real y los reyes son los testigos de la boda. En 1858 estrenará con gran pompa su drama Baltasar. Un mes antes del estreno de esa pieza subía a escena su drama Tres amores. Ocurrió entonces un incidente cómico y trágico a la vez. Cuando en la escena final uno de los personajes dice: «Que hay gato encerrado, señores…», alguien, desde uno de los grillés, lanzó a la escena un gato vivo y la hilaridad fue tal que, a pesar de la presencia de los reyes, hubo que dar por terminada la función. Verdugo, indignado, se expresó en forma violenta contra el autor de esa burla, un tal Antonio Ribera. Al mes siguiente, tras el estreno triunfal de Baltasar, Ribera, con alevosía, agredió a puñaladas a Verdugo; agresión que lo puso al filo de la muerte y de la que nunca se restableció del todo. Murió en Cuba, víctima de la fiebre amarilla, en 1863.

Volvió la poetisa a España. Hizo en el viaje de regreso escala en Nueva York. Visitó las cataratas del Niágara a fin de rendir tributo a su compatriota José María Heredia. Visitó Londres y París y tras residir en Madrid por corto tiempo se instaló en Sevilla, en busca quizá de un clima más benigno. Llevó una vida recogida y humilde, entregada a las obras de caridad y a la revisión de sus libros. La mujer tan aclamada por su poesía y su quehacer teatral, que gozara de la consideración de los reyes de España, moría triste, sola y abandonada. Su entierro pasó casi inadvertido. Solo seis escritores la acompañaron hasta su última morada. Pese a las gestiones del Gobierno cubano sus restos no han podido ser traídos a Cuba.

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