El pueblo rompió los cerrojos

Fue, al comienzo, un reclamo modesto, pero firme. Sin posibilidades de contratar espacios pagados en la prensa, «las crucificadas madres de los heroicos muchachos de los sucesos del día de Santa Ana» llamaban a las cubanas a que las apoyaran en su pedido.

Fidel Castro y 28 de sus compañeros guardaban prisión desde hacía casi un año por el asalto al cuartel Moncada, el 26 de julio de 1953, y las firmantes pedían la amnistía no solo para ellos, sino también para los militares presos, los exiliados y todos los presos políticos de Cuba, sin importar la tendencia a que pertenecieran.

«Pedimos que las celdas queden vacías, que se abran los cerrojos de las rejas para la liberación de nuestros hijos, que solo un ideal allí los condenó», se exigía en el documento que, mimeografiado, circulaba de mano en mano o se remitía por correo, suscrito por las progenitoras de los combatientes Ernesto Tizol, Juan Almeida, Pedro Miret y Jesús Montané.

Surgía así, en mayo de 1954, la organización Madres Cubanas, que no tardaría en convertirse en el Comité de Familiares Pro Amnistía de los Presos Políticos, con centenares de afiliados en toda la Isla y que sería, señala el historiador Mario Mencía en su libro La prisión fecunda (1980), «el centro promotor de la poderosa campaña de amnistía que habría de sacudir al país durante el primer semestre de 1955».

A poco de constituirse, dicho Comité iniciaba su quehacer con la impresión de una tarjeta que reproducía en su anverso parte de las edificaciones que conformaban el Presidio Modelo, de Isla de Pinos, y en particular la Circular número 1, donde los moncadistas se hallaban recluidos. Llevaba en su reverso el siguiente texto, escueto y directo como un puñetazo:

«¡Pedimos una amplia y generosa amnistía política!

«Detrás de estas circulares —imponente mole de acero y cemento que aparece en esta postal— y que pertenecen al Reclusorio Nacional para Hombres en Isla de Pinos, Pabellón número 1, se encuentran en prisión los heroicos jóvenes del cuartel Moncada.

«Pedimos para ellos y para cuantos sufran pena de encierro y de exilio por amor a Cuba y a su libertad, una amplia y generosa amnistía.

«¡No más presos políticos ni más exiliados en la tierra de Martí y del general Antonio Maceo!

«Nueva Gerona, Isla de Pinos, Verano de 1954».

Las puertas del presidio se abrieron para Fidel Castro y sus compañeros el 15 de mayo de 1955, luego de 22 meses de encierro. El clamor de que pusieran en libertad a todos los presos políticos y que pudieran retornar con garantías los exiliados creció de manera aplastante e incontenible, puso a la dictadura de Fulgencio Batista entre la espada y la pared y la dejó sin otra alternativa, ya que el pueblo, en su reclamo, había roto los cerrojos de las celdas.

El preso 3859

Los crímenes que siguieron al asalto al cuartel Moncada —de los mayores que se registraron en la historia cubana— dejaron un sentimiento de indignación en la población, primero de Santiago de Cuba y luego en todo el país.

En el juicio que se le siguió por el asalto, Fidel Castro denunció los asesinatos de que fueron víctimas sus compañeros y, lejos de rehuir responsabilidades, justificó moral, legal y constitucionalmente su acción de rebeldía.

Ese gesto impactó de manera rotunda a la opinión pública y el repudio a Batista se hizo mayor a medida que crecía el eco de la prédica del líder revolucionario, el preso número 3859.

En octubre de 1954 circuló la edición clandestina de La historia me absolverá, el alegato de Fidel en el juicio del Moncada, y su autor se erigió en el más peligroso y eficaz de los conspiradores, presente en todas partes al mismo tiempo y sin posibilidades de ser apresado porque ya estaba preso.

Por otra parte, con unas elecciones espurias y amañadas y a las que concurrió a la postre como candidato único, el dictador quiso legalizar su poder.

«Ese es un factor que influyó mucho porque, por tradición en la historia de Cuba, no se concebían unas elecciones sin amnistía», precisó Fidel Castro, en 1985, en una entrevista que concedió al teólogo brasileño Frei Betto.

Añadió:

«Es decir que la amnistía, en parte, obedece no solo a las presiones de la opinión pública, sino también a otros factores: conciencia de los crímenes que se habían cometido, la campaña de denuncia o de orientación al pueblo que nosotros libramos desde las propias prisiones, y, además de eso, el deseo y la necesidad de Batista de buscar una cobertura legal a su Gobierno, que lo llevó a convocar unas elecciones. Todos esos factores decidieron, y subestimando, menospreciando aquel grupo de veintitantos compañeros, considerando que la acción armada había sido vencida, que aquella gente no tenía recursos, no tenía fuerzas, aprobó la ley de amnistía».

Libertad sin claudicación

El 24 de febrero de 1955 Fulgencio Batista tomó posesión de la presidencia de la República, aunque en realidad ocupaba el poder desde el 10 de marzo de 1952, cuando se lo apropió mediante un golpe de Estado. En esa fecha representantes de la oposición política dieron a conocer su «apelación pública», en la que pedían la amnistía sin limitaciones ni exclusiones.

En esa misma jornada Batista concedía una entrevista a la periodista Marta Rojas en la que se mostraba partidario del perdón, aunque lo condicionaba al compromiso de sus adversarios de mantener la tranquilidad ciudadana.

El 10 de marzo siguiente, tercer aniversario de la asonada militar batistiana, el Parlamento conocía del proyecto de ley, y un alto personero del Gobierno admitía que el perdón podía incluir a los moncadistas.

Quisieron hacer caer a Fidel en una trampa cuando se echó a rodar el rumor, carente de todo fundamento, de que el líder encarcelado prometía que una vez recobrada la libertad guiaría su quehacer por las vías políticas legales. Su respuesta fue rápida y en un largo documento, que consiguió sacar de la prisión y se reprodujo en la prensa, expresó:

«Si nosotros considerásemos que un cambio de circunstancias y un clima de positivas garantías constitucionales exigiesen un cambio de táctica en la lucha, lo haríamos solo como acatamiento a los intereses y anhelos de la nación, pero jamás en virtud de un compromiso, que sería cobarde y vergonzoso, con el Gobierno. Y si ese compromiso se nos exige para concedernos la libertad decimos rotundamente que no.

«No, no estamos cansados. Después de veinte meses nos sentimos firmes y enteros como el primer día. No queremos amnistía al precio de la deshonra. No pasaremos bajo las horcas caudinas de opresores innobles. ¡Mil años de cárcel antes que la humillación! ¡Mil años de cárcel antes que el sacrificio del decoro!».

Por ese documento Fidel fue llevado al consejo de dirección del reclusorio. Sus miembros querían saber cómo se las arregló para sacarlo de la cárcel y si, para hacerlo, contó con la complicidad de algún funcionario del penal. El jefe del asalto al Moncada expresó que asumía plenamente la responsabilidad por el escrito, y aseguró, bajo palabra de honor, que ningún funcionario de la prisión incurrió en descuido, negligencia o ausencia de vigilancia con relación al envío del documento al exterior. Como consecuencia, Fidel fue sancionado a 30 días de privación de comunicación y visitas.

El 2 de mayo de 1955 la Cámara de Representantes aprobó la ley de amnistía y al día siguiente la aprobó el Senado. Batista la firmó el día 6.

«Ya salen», «Ya salen»

El jueves 12, familiares de los presos ocuparon los hoteles de Nueva Gerona y muchos pineros abrieron generosamente sus casas para hospedar a niños y mujeres. Llegó la prensa. Tras la cerca perimetral del presidio, con los ojos fijos en la escalinata de la jefatura, se agolpaban los que esperaban la excarcelación de los suyos. Allí los sorprendió la noche. El comandante Capote, jefe del penal, intentó hacer que se retiraran, pero no. «Dormiremos aquí los días que sean necesarios», expresó la madre de Jesús Montané e interpretó así el sentir general.

El viernes todo permaneció igual. También el sábado. La alegría y la esperanza derivaban hacia una situación de angustia, pero los que aguardaban por sus familiares no cejaban en su espera. No los hacían desistir el sol quemante del mediodía ni los aguaceros intensos. Cuando los vencía el sueño descansaban sobre los muros que bordeaban las garitas de la requisa. Hubo un rumor y al grito de «Ya salen», «Ya salen», Gerona se volcó a la calle para ver de cerca a Fidel y a sus compañeros, pero no fue más que una falsa alarma. Al fin, Capote convocó a la prensa. Era domingo y los moncadistas saldrían a las 11 de la mañana. Ya habían llegado las órdenes.

Fidel y Raúl, fuera ya del reclusorio, fueron abrazados por sus hermanas. Haydée Santamaría se acercó a Fidel y, sin decir palabra, reclinó la cabeza en su pecho y rompió a llorar. La acompañaba Melba Hernández. Fidel saludó al teniente Roger Pérez Díaz, y tuvo palabras de elogio para ese militar al que calificó de «digno y caballeroso». Luego, en el hotel Isla de Pinos, se reunió con los periodistas que inquirieron sobre su pensamiento y actitud política futura. «Afuera, casi la población entera de Gerona se agrupaba, procurando atisbar a través de las ventanas la figura de Fidel Castro», escribía Enrique de la Osa en la revista Bohemia.

La noche la pasarían los moncadistas a bordo de El Pinero. Llegarían al Surgidero de Batabanó a las 7:45 de la mañana del lunes 16 para trasladarse enseguida a la Estación Central de Ferrocarriles de La Habana. En la terminal aguardaban el consejo director de la Ortodoxia y el pleno de la FEU. La muchedumbre que, bulliciosa, invadía los andenes y salones, asaltó el tren cuando aún no había detenido su marcha y sacó a Fidel por una de las ventanillas para pasearlo en hombros. La madre de Abel Santamaría y otras mujeres que perdieron a sus hijos en el Moncada, desplegaron una bandera cubana y cantaron el Himno Nacional.

En el pequeño apartamento de las hermanas de Fidel en la calle 23, en el Vedado, apenas caben los que lo acompañan desde la terminal. En el tren había hecho declaraciones para Cadena Habana y las hace ahora para la Cadena Oriental de Radio. Esperan otros periodistas. Está sudoroso. Faltan botones en su guayabera. Su hermana Lydia le enjuga el sudor de la frente; Emma, otra de sus hermanas, le alcanza un vaso de agua. Se le acerca una señora. Le dice:

—Fidel, ¡yo no sé dónde enterraron a mi hijo! ¡Quiero encontrar al menos sus huesos! ¡Ayúdame, Fidel!

—Los buscaremos, viejita, los buscaremos juntos —responde y la abraza. Llora la señora. Llora el Jefe de la Revolución.

La significación principal de todo este proceso, aseguran especialistas, fue la excarcelación de Fidel y sus compañeros, y entre otras consecuencias no menos importantes permitió, en su debate y en el contexto legal aceptado, el cuestionamiento de la dictadura. Incentivó igualmente la repulsa al régimen por amplios sectores, renovó el interés por los moncadistas presos y su gesto, y dio origen a la formación de grupos de opinión que terminarían sumándose a la lucha.

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