El santo que mató a un hombre

Ocurrió en los días de la toma de La Habana por los ingleses, y lo cuenta Álvaro de la Iglesia en una de sus Tradiciones cubanas. Desembarcó por Cojímar la infantería enemiga y no demoró en tomar el camino de Guanabacoa, cuyo vecindario, ante la proximidad del invasor, salió de la localidad a uña de caballo llevándose cuanto consideraba de valor. Dos horas después de la fuga de sus habitantes, penetraron los ingleses en Guanabacoa. Es de suponer lo que allí sucedió. Lo que hay en una ciudad tomada es del invasor; lo que el invasor quiere o necesita, lo toma sin pedirlo, y si alguien reclama, se le fusila o se le encierra.

Ya en la villa, los ocupantes comprendieron de golpe que el mejor lugar para su alojamiento, la edificación más amplia, hermosa, higiénica y ventilada era el convento de Santo Domingo. Se instalaron los jefes y oficiales en las celdas de los monjes, mientras que la tropa, sin importarle la santidad del lugar, convertía el templo en dormitorio y caballeriza y los altares en pesebres, sin que nada en las naves del convento escapara a la profanación y chacota de la soldadesca.

La villa había sido saqueada ya y no quedaba nada de valor en las solitarias y calladas casas de la localidad. En templos y monasterios cobraron los invasores un botín cuantioso. Los guanabacoenses habían confiado en que el coronel Caro, el jefe local, resistiría al invasor, pero el hombre se mostró tan cobarde e inepto como soberbio y presuntuoso. Por otra parte, todo había sido muy rápido y la gente, confiada en la defensa que Caro haría de la villa, apenas pudo poner a salvo lo más valioso de sus pertenencias, mientras que los frailes aseguraban los vasos sagrados y las reliquias, pero no podían hacer lo mismo con la plata y el oro de sus templos.

Cuando ya en el interior del convento no quedaba nada por robar o romper, un soldado que acostado sobre el piso reposaba su borrachera reparó en un objeto brillante que lucía en uno de sus dedos la imagen de bulto de San Francisco Javier, Apóstol de las Indias, colocada en una de las hornacinas del altar mayor. Lo que brillaba era un valioso anillo que el obispo Laso de la Vega regaló al santo cuando bendijo el templo en 1748, al concluir las reformas que se operaron en el lugar.

Quiso el inglés apoderarse del anillo, pero se necesitaba de una escalera para llegar hasta la imagen. No la había y la borrachera, que apenas le permitía mantenerse en pie, impedía que el soldado escalara el tabernáculo.

Intentó entonces ensartar la imagen con una cuerda y tirar de ella para separarla de su peana. Esfuerzo inútil. San Francisco Javier lucía inconmovible en su trono, pese a las burlas sacrílegas. Terminó la imagen cediendo sin embargo. Se estremeció en su altura y al venir abajo cayó sobre el soldado.

Repuestos de la sorpresa del accidente, que los dejó mudos y sin color por un instante, intentaron los ingleses reanimar a su compañero. Pero no había Dios que reanimara a un muerto. Cuando se percataron de la inutilidad de su esfuerzo dejaron al occiso y, con flema verdaderamente británica, se dedicaron a buscar el anillo codiciado. Esfuerzo inútil. La prenda había escapado del dedo de San Francisco Javier y no pudo ser hallada por más que muchos pares de ojos, abiertos por la codicia, se empeñaban en buscarla.

Tras la salida de los ingleses de La Habana, el santo que mató a un hombre volvió a su hornacina, luego de que se le repararan las magulladuras y averías que causaron en su cuerpo los invasores, empeñados en creer que San Francisco Javier era un mal cura que escondía el anillo para darles en la cabeza.

Pasaron 50 años. Pocos ya en la villa de Pepe Antonio recordaban la ocupación inglesa hasta que un día, mientras se limpiaba y decoraba el altar mayor para el monumento de la Semana Santa, el pintor don Gil Castañeda, sin saber de qué se trataba y desconociendo los pormenores del incidente, corrió una cornisa y encontró un anillo. Se apresuró Gil Castañeda a entregarlo al prelado de Santo Domingo, Reverendo Padre Maestro Fray Antonio Prudencio Pérez que, por su ancianidad y pleno dominio de la historia del convento, supo al instante que aquel era el anillo que provocara tantas profanaciones.

No sabemos si ese histórico anillo se conserva, pero sí que el santo que mató al invasor inglés se halla aún en su altar y desafía al tiempo y al enemigo.

La apoplejía del gobernador

Con algunos gobernadores españoles podían las «clases vivas» criollas y con otros, no. Y con los que no pudieron estuvo Juan Francisco Güemes de Horcasitas, primer Conde de Revillagigedo. Vean de dónde viene el nombre de esa calle habanera.

La aristocracia habanera lo llamaba el tirano y desde que Güemes asumió el Gobierno en 1734 hizo cuanto estuvo a su alcance para que la Corona lo defenestrase. Era avaro y rapaz como ninguno de sus antecesores y más ladrón que todos ellos, pero a esas características unía otra peor: no dejaba robar a los demás. Eso sí, enviaba al Rey lo que era del Rey y las rentas que desde aquí remitía a España no habían alcanzado antes auge mayor. Eso, y la segura defensa que garantizaba de la Isla, hacían que cayeran en el vacío todas las quejas que en su contra elevaba a Madrid el patriciado criollo, que para salir del intruso no vislumbraba ya otra solución que un rayo lo partiera.

Y casi fue así, pues un buen día el gobernador cayó fulminado por un ataque de apoplejía que lo puso a las puertas de la muerte. Cantaron victoria aristócratas y burgueses. Pero el hombre, invitado por el Conde de Casa Bayona, se fue a Santa María del Rosario, disfrutó de los beneficios de sus aguas medicinales, y 30 días después volvió a La Habana como nuevo, gordo y colorado como nunca antes, y dispuesto a seguir haciendo rabiar a los que pedían su relevo, hasta 1745 cuando cesó en la Isla para asumir como virrey de México.

Una historia galante

La calle Refugio nace en la Avenida de las Misiones, en La Habana Vieja, prosigue por el municipio de Centro Habana y muere en la calle Crespo. Durante la colonia fue conocida también con el nombre De la Merced y en 1922 el Ayuntamiento habanero dio a esta calle el nombre oficial de General Emilio Núñez, en recuerdo de la figura de ese valeroso mambí, fallecido en ese año y que había ocupado la Vicepresidencia de la República.

Pero como ocurre regularmente en casos en que un nombre se arraiga en el imaginario colectivo, ni el nombre De la Merced ni el del glorioso general cubano fructificaron y todos, sin excepción, siguieron llamándole Refugio a aquella calle. Fue así que en 1936 el consistorio de la ciudad decidió devolvérselo y trasladar el nombre del general Emilio Núñez a la calle que, paralela a la Calzada de Ayestarán, corre entre Aranguren o Zaldo y Pedro Pérez, en el Cerro.

Refugio es la calle que pasa frente a la fachada norte del antiguo Palacio Presidencial, hoy Museo de la Revolución. Ocupa esa edificación precisamente el número 1 de la vía. Por eso, antes de 1959, la prensa cubana en ocasiones, para referirse con eufemismo al gobernante de turno, aludía al inquilino de Refugio número 1.

¿De dónde le vino el nombre de Refugio? ¿Qué hecho sucedió allí para que lo mereciera? ¿Quién encontró en esa protección, abrigo o amparo? Es una historia antigua y galante que ha sido contada por diversos autores y cada uno de ellos le puso, al contarla, salsa de su propia cosecha. Hoy aprovechamos la versión que ofrece Álvaro de la Iglesia en sus Tradiciones cubanas.

En 1832 llegó a Cuba el teniente general Mariano Ricafort a fin de hacerse cargo del Gobierno de la Isla. Venía cansado de su duro bregar militar; primero, en la guerra contra los franceses por la independencia española y después, en el Perú contra los independentistas sudamericanos. De manera que Ricafort dedicaba más tiempo a su descanso y recuperación que a las tareas del Gobierno. Muestra de ello es que inaugurada por él la famosa Junta de Fomento, gestada por su antecesor Vives, delegó su jefatura, una vez constituida, en el criollo Claudio Martínez de Pinillos, Conde de Villanueva, a la sazón superintendente general de Hacienda.

Gustaba sobremanera el gobernador Ricafort de largos paseos a caballo por los alrededores de la ciudad, cercada entonces por las murallas. Unas veces con un ayudante, otras seguido, a distancia, por un par de lanceros.

Uno de los sitios más frecuentados en sus cabalgatas era la zona de las canteras de San Lázaro o la Casa Cuna situada cerca de estas, visitando la misma y haciéndole llegar sus generosas donaciones, pues al parecer, el aragonés no era «corto» en este sentido.

Es bueno recordar que, por esa fecha, fuera de las murallas, en esa parte de la ciudad había estancias, sitios de labor, huertas y caseríos de guano que se agrupaban dentro de la manigua y el bosque tropical.

Una de esas tardes salió Ricafort a su diario paseo, cuando ya alejado de la puerta de Monserrate, hacia la llamada Loma del Inglés, que comenzaba a nivel de la actual calle Blanco (llamada así porque estuvo en ese lugar el «blanco» para la práctica de la escuela de artillería), le sorprendió una de esas repentinas tormentas tropicales en que en un breve momento parece desencadenarse toda la furia de los cielos.

Entre rayos y truenos, el viento y el agua, logró divisar una casa medio escondida en la espesura y picando espuelas se halló a salvo bajo el portal de aquella residencia campesina, mucho mejor que todas las de las inmediaciones.

Cuando menos lo esperaba, se abrió la puerta de la casa y apareció en el umbral una amable y noble señora, aún de muy buen ver, la que le ofreció su morada con la más exquisita atención.

El Gobernador aceptó la invitación, complacido, pues ya pensaba en un posible ataque reumático o un buen catarrón. Mayor fue su sorpresa ante los extremosos obsequios de la dama. No sintió deslizarse las horas embelesado con la conversación de ella, confortado con su buen café y encantado con las canciones que al son de la guitarra llenaron la casita.

La obsequiosa señora, quien —dicen algunos autores— era la viuda de un tal Méndez y otros, su hija mayor, estrechó su amistad con el General, que se convirtió en visitante asiduo de la casa. Y para darle una muestra pública de su aprecio a la viuda o a la hija de Méndez, ordenó que a la vereda que conducía a esa casa se le denominase Del Refugio. Y así quedó cuando después la vereda fue convertida en calle y ya Ricafort se había ido con el cansancio de su duro bregar a otra parte.

Esta, de todas las versiones que se cuentan sobre el asunto, es la que nos ha parecido más plausible. Y la más delicada y romántica también.

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