Un agente secreto llamado Galich

Manuel Galich estaría cumpliendo cien años en estos días, aniversario que la Casa de las Américas está celebrando por todo lo alto con un conversatorio acerca de su vida y su obra, presentaciones de dos de sus libros, y una exposición fotográfica que recoge su larga y fructífera presencia en esa institución cultural cubana.

Otros hablarán sobre su nobleza y sabiduría, su chispeante sentido del humor, su conversación fascinante. Durante largos años, el autor de esos títulos imprescindibles que son Mapa hablado de la América Latina en el año del Moncada (1973) y Nuestros primeros padres (1979) fue uno de los pilares de la Casa de las Américas. Desempeñó primero su vicepresidencia, y dirigió luego el departamento de Teatro y la revista Conjunto.

Quiere el cronista, en ocasión de su centenario, evocar un pasaje poco conocido de la vida de ese prestigioso dramaturgo y ensayista guatemalteco, aquel que lo llevó a asumir en La Habana el papel de agente secreto del presidente Juan José Arévalo.

Trayectoria

En 1961 su pieza teatral El pescado indigesto ganó el importante premio que otorga Casa de las Américas. Ese año había tenido lugar la invasión mercenaria de Girón, y Galich escribió a Haydée Santamaría, presidenta de esa institución cultural, para poner el monto en metálico del galardón a disposición de Cuba. Haydée declinó el ofrecimiento: no le pareció justo ni humano que un hombre que vivía exiliado en Buenos Aires, con una situación económica precaria y siete hijos que mantener, se privara del dinero que había ganado.

Durante el período democrático que existió en Guatemala entre el derrocamiento de Jorge Ubico (1944) y la caída de Jacobo Arbenz diez años después, Galich desempeñó cargos de importancia. Fue magistrado del Tribunal Superior Electoral y ministro de Educación. Ocupó asimismo la cartera de Relaciones Exteriores y fue embajador en Uruguay y la Argentina. Allí lo sorprendió la deposición de Arbenz. El Gobierno de Juan Domingo Perón, por intermedio del canciller Remorino, se preocupó por solucionar la situación económica del ex Embajador y, sin dilaciones burocráticas, legalizó su estancia en el país. Poco después Perón era derrocado —fue él quien dio a los militares golpistas el mote de «gorilas»—; el estatus de Galich en Buenos Aires cambió radicalmente, y tuvo que emplearse como pintor de brocha gorda, oficio que le reportó más pérdidas que ganancias: en su primera contrata, confundió las direcciones y pintó el edificio contiguo al que debía pintar, con el perjuicio económico consiguiente, lo que dio al traste con la pequeña empresa.

En 1962 vino a La Habana como jurado del Premio Casa de las Américas, y al retornar a Buenos Aires dio a conocer en el semanario Principios, que dirigía Leónidas Barletta, detalles de su estancia en la Isla. Contó sobre el millón de cubanos que se dio cita en la Plaza de la Revolución para aprobar la II Declaración de La Habana, y de cómo a su regreso a la Argentina, al cruzar la frontera con Chile, lo detuvieron en el punto fronterizo de Las Cuevas y lo enviaron preso a Mendoza.

Poco después se desataba en ese país la represión contra los intelectuales «peligrosos», y Galich, junto a otros 150 escritores y artistas, dio con sus huesos en la cárcel de Caseros. Siempre estuvo convencido de que su «delito» fue el de aquel viaje a Cuba. Ese mismo año o poco después se instaló en La Habana y empezó a trabajar en la Casa de las Américas. Pasaría aquí los últimos 22 años de su vida. Nunca más pudo regresar a Guatemala.

Confidencial

A mediados del año 1947, Manuel Galich, entonces magistrado del Tribunal Superior Electoral, fue llamado a su despacho por el presidente Juan José Arévalo. Muchos años después, el dramaturgo recordaba las palabras del mandatario:

«Es necesario que un hombre de absoluta confianza vaya a La Habana. Se está preparando allí un movimiento para derrocar a Trujillo. Nosotros vamos a ayudar a los revolucionarios dominicanos. Pero Trujillo tiene en La Habana un espionaje muy hábil. Nadie debe saber que nosotros nos relacionamos con los dirigentes del movimiento antitrujillista. Nuestro enlace debe manejarse con absoluta discreción…».

Se gestaba en esos días la después frustrada expedición de cayo Confites, llamada así por el lugar de la costa norte holguinera donde los expedicionarios recibieron entrenamiento militar. En su organización estaban involucrados el presidente cubano Ramón Grau San Martín y otras figuras del Gobierno. En Cuba, Galich debía ponerse en contacto con el dominicano Enrique Cotubanama Henríquez, cuñado de Carlos Prío, y uno de los dirigentes del movimiento. Le haría entrega de una gruesa suma de dinero.

El espionaje trujillista era eficaz y largo el brazo del sátrapa dominicano para asesinar a sus adversarios fuera de Santo Domingo, y aquel año de 1947 era el del nacimiento del Tratado Interamericano de Asistencia Recíproca (TIAR) y del inicio de la guerra fría. El Gobierno progresista de Guatemala, tachado de «comunista», estaba en la mirilla de Washington… Todas las precauciones serían pocas para el agente de enlace Manuel Galich. Recibió, antes de salir de su país, instrucciones minuciosas: en La Habana se alojaría en un hotel discreto, no abordaría vehículo alguno ni haría preguntas. Por su cuenta, debía localizar lo que los Prío llamaban «la casa de mamá», en Malecón 605, donde residía Henríquez. Para que no se singularizara, en Guatemala lo proveyeron de una guayabera. Solo después de cumplir su misión haría pública su presencia en la Isla: con el pretexto de intercambiar información y experiencias solicitaría entonces entrevistarse con magistrados del Tribunal Superior Electoral cubano.

Galich se alojó en el ya desaparecido hotel Bristol, en la calle Amistad esquina a San Rafael, localizó la casa de los Prío y entregó el dinero. Conoció a Mauricio Báez, líder obrero dominicano refugiado en Cuba. Hecho lo que tenía que hacer, rompió el incógnito y se personó en la embajada de su país en la capital cubana.

Grande fue su sorpresa al arribar a la sede diplomática. Salió a recibirlo el agregado cultural y, mientras lo abrazaba con efusión, proclamaba a voz en cuello:

«¡Vienes en un momento interesante! Aquí estamos preparando una expedición contra Trujillo. El reclutamiento lo hacen en el hotel San Luis…».

Recordaba Galich años después:

«Entonces fue cuando me sentí “conejo”. ¡Y yo que había andado por La Habana casi en punta de pie y sin emitir casi nada más que monosílabos! ¿Por qué “conejo”? Así decimos en Guatemala de esos tipos que no hablan sino viendo a todos lados, con reticencias y disimulos, como depositarios de importantes y peligrosas confidencias… Un “conejo” misterioso y tonto».

1 200 hombres

La expedición antitrujillista llegó a reunir en Cuba a unos 1 200 hombres entre dominicanos y cubanos. La comandaban los exiliados Juan Rodríguez y Juan Bosch. La haría abortar el general Genovevo Pérez, jefe del Estado Mayor del ejército cubano.

Las cosas sucedieron así. Al saberse de la organización de la expedición, el general Marshall, secretario de Estado norteamericano, instruyó a Norweb, su embajador en La Habana: debía presionar al presidente Grau para que la aplastara «rápida y eficazmente». Pero Grau no era hombre fácil de presionar. Tal vez por eso se optó por invitar a Genovevo a Washington. El militar permaneció allí durante los días 15 y 16 de septiembre, y a su regreso procedió a desmantelar la expedición que había salido ya rumbo a su destino y que fue interceptada por unidades de la Marina de Guerra cubana.

Se dice que Trujillo recompensó a Genovevo con una crecida suma de dinero. Poco después del fracaso de cayo Confites, Juan Bosch le preguntó directamente, durante un encuentro en la playa de Guanabo, si lo del dinero era cierto. El militar rehuyó la respuesta. Dijo que si él no hubiera llegado a impedirla, todos los expedicionarios estarían muertos porque Trujillo estaba alertado y preparado para liquidarlos.

Preguntó Bosch entonces cómo había logrado convencer a Grau para que le permitiera hacer lo que hizo. Le dije lo mismo, respondió Genovevo. Historiadores dominicanos llegaron a la conclusión de que el general cubano no reveló toda la verdad, porque si bien el dictador estaba enterado por la Inteligencia norteamericana de lo que se gestaba, no le refirió lo que bien sabía: barcos y aviones de Estados Unidos impedirían la expedición. El presidente Truman acababa de proclamar su política de contención de la influencia soviética, y Trujillo era considerado por el Gobierno norteamericano un aliado invaluable.

Fidel Castro, uno de aquellos expedicionarios que cursaba entonces el tercer año de la carrera y presidía la asociación de alumnos de la Escuela de Derecho de la Universidad de La Habana y el Comité Pro Democracia Dominicana en esa casa de estudios, diría después, en su entrevista con el escritor colombiano Arturo Alape, que consideró que su deber primero era el de enrolarse como soldado en aquella expedición. Precisó:

«Sin embargo, como el gobierno y figuras del gobierno participaban en la expedición, y yo estaba en la oposición al gobierno, no tenía nada que ver con la organización de la expedición…».

Añadió:

«Estuvimos varios meses en cayo Confites, donde estaba entrenándose la expedición. A mí me habían hecho teniente de un pelotón. Al final tienen lugar acontecimientos en Cuba, se producen contradicciones entre el gobierno y el ejército y este decide suspender la expedición. Así las cosas, alguna gente deserta frente a una situación de peligro, y a mí me hacen jefe de una de las compañías de un batallón de los expedicionarios. Entonces salimos, tratábamos de llegar a Santo Domingo. Al final, nos interceptan cuando faltaban unas 24 horas para llegar a aquella zona y arrestan a todo el mundo. A mí no me arrestan porque yo me fui por mar, no me dejé arrestar más que nada por una cuestión de honor, me daba vergüenza que aquella expedición terminara arrestada. Entonces en la bahía de Nipe me tiré al agua y nadé hasta las costas de Saetía y me fui».

¿Y Mauricio Báez, aquel exiliado dominicano que Manuel Galich conoció en Cuba? Tuvo una suerte siniestra. En la noche del domingo 10 de diciembre de 1950, agentes de Trujillo lo sacaron de la casa de la calle Cervantes número 8, en el reparto Sevillano, y nunca más volvió a saberse de él.

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