Papeles privados de Clavelito - Lecturas

Papeles privados de Clavelito

Aunque algunos lectores tal vez lo pongan en duda, el nombre verdadero de Miguel Alfonso Pozo, más conocido por el apelativo de Clavelito, era precisamente Clavelito. Al menos, así lo fue desde el 18 de agosto de 1954 hasta su muerte, el 21 de junio de 1975. Quiere decir que hubo dos sujetos que fueron una sola persona. Uno de ellos se llamó Miguel Alfonso Pozo desde que nació en Ranchuelo, actual provincia de Villa Clara, el 29 de septiembre de 1908, y otro que a partir de 1954 va a nombrarse Clavelito Miguel Alfonso Pozo hasta el final.

El cambio se llevó a cabo en virtud de lo dispuesto en un decreto del Ministro de Justicia, que se amparaba a su vez en la Ley-Decreto 1951 de 1954, lo que obligaba a la anotación de oficio de dicha modificación en los libros del Registro Civil. Así consta en el folio 361 del tomo 17 del Registro Especial de Cambio, Adición y Modificación de Nombres y Apellidos del Negociado de Registros y Notariados del Ministerio de Justicia.

¿Por qué ese cambio? El segundo apellido de la madre de Miguel Alfonso Pozo era Clavero. Como ocurre muchas veces, el apellido más sonoro es el que predomina para identificar a una familia. No importa que sea el del padre o el de la madre, tampoco que sea el primero o el segundo apellido. En Ranchuelo, la familia de Miguel era la familia Clavero o los Claveros, y como él fue el más pequeño de los hermanos, la gente lo identificó como Clavelito. Desde niño arrastró ese sobrenombre que terminó siendo su nombre artístico y su nombre propio.

Era un buen poeta repentista. Las espinelas que escribió para la serie radial de Pepe Cortés —un bandolero romántico que como Manuel García robaba a los ricos para repartir el botín entre los pobres— le valieron celebridad, y su popularidad fue enorme gracias a aquellas controversias entre las rubias y las morenas, las flacas y las gordas, las solteras y las casadas… que sostuvo con La Calandria en El Rincón Criollo, espacio que transmitía CMQ.

Pero Miguel Alfonso Pozo —Clavelito— animado, decía, por el deseo ferviente de ayudar a los demás, comenzó un día a hacerlo a través de su programa de radio y su fama creció como la espuma. La gente lo vio entonces como «un preocupado y atento consejero» al que podía pedírsele la solución de un problema práctico o de un asunto amoroso, e incluso la cura de la salud quebrantada, lo que lo convirtió en «el primer curandero del país apoyado en un micrófono de profundas y lejanas resonancias».

Esa celebridad, ya en la década de los 50, le hizo pensar en la posibilidad de dedicarse a la política. Podía postular un acta de representante a la Cámara. Solo había un inconveniente. El Código Electoral exigía que el candidato a cualquier cargo electivo utilizara el nombre con que había sido inscrito en el Registro Civil. No valían apodos, seudónimos ni sobrenombres. Tampoco podía utilizarse, en caso de que el aspirante lo tuviera, el segundo nombre en suplantación del primero. El nombre de Miguel Alfonso Pozo no decía nada a nadie. El de Clavelito arrastraba a un pueblo.

No puede precisar ahora el escribidor si llegó a postularse. El hijo menor, Narciso, cree que sí lo hizo. No está seguro, pues no había nacido entonces. De cualquier manera, si lo hizo no resultó electo. Me dijo hace algún tiempo su hija Rosita en un mensaje electrónico: «En realidad, él no era político, pero los políticos de la época lo escogieron porque era famoso y tenía muchos seguidores».

Si amas la vida, no pierdas el tiempo

Fue precisamente Narciso quien puso en mis manos el documento sobre el cambio de nombre, entre otros papeles privados de su padre. Entre ellos hay dos documentos firmados por Alejo Carpentier, vicepresidente entonces del ya desaparecido Consejo Nacional de Cultura. Son del 29 de marzo de 1962 y cada uno de ellos certifica la publicación de un libro de la autoría de Clavelito: Clarivel, novela de amor y dolor aparecida en 1961 con el sello de Cárdenas y Compañía, y una tirada de mil ejemplares; el otro, también del mismo año y el mismo sello, y cinco mil ejemplares, se titula Hacia la felicidad (Un viaje de través de los astros).

Otros títulos suyos son: El hombre del destino y Los milagros. También Los cantos de Clavelito y Controversias. Es autor asimismo de una Enciclopedia de la felicidad.

En las páginas de este último título legó múltiples consejos, escritos con gran poder de síntesis. Máximas concisas que condensan un pensamiento largamente madurado y expresan toda una filosofía de la vida.

Vayan algunos ejemplos:

«No empleemos nunca ningún camino torcido. La sencillez y la justicia deben presidir siempre nuestros pensamientos».

«La felicidad es un estado de ánimo y como tal se crea y reside en nosotros mismos, dentro de cada uno».

«En el matrimonio, que la ley sea igual para los dos».

«Si amas la vida no pierdas el tiempo».

«No hay sol que dure todo el día».

«Si quieres saber lo que vale el dinero, pídelo prestado».

«El que vive de ilusiones se muere de hambre».

Otro documento, una «Hoja de declaración de obras», revela al letrista y compositor. Es autor de más de 25 piezas entre sones montunos, guajiras, danzones, guarachas, canciones, tonadas y rumbas, algunas de ellas muy populares como El caballo y la montura y La guayabera, ambas con música de Eduardo Saborit. Otras veces la música es de Miguel Ojeda, y en otras, la música es del propio Clavelito y la letra, de Saborit, aunque no faltan aquellas en las que Clavelito es el autor de la música y la letra.

Se conserva además un contrato suscrito entre el artista y la emisora Unión Radio para el período comprendido entre el 1ro. de julio de 1953 y el 30 de junio del año siguiente. La empresa se compromete a pagarle un salario mensual de 500 pesos más 45 pesos con 45 centavos correspondientes al 9,09 del descanso retribuido. A cambio contrata al artista «con carácter exclusivo en 100 actuaciones mensuales en los programas de radio que la misma determina, considerando como una actuación la grabación de un disco o corto comercial».

Estipula más adelante el documento que el artista se compromete a no realizar en el territorio nacional ninguna otra actuación en radio ni en ningún otro medio sin previa autorización de la empresa, ni podrá realizar actuaciones que posteriormente puedan transmitirse por radio o televisión. Expresa: «El artista únicamente podrá efectuar actuaciones de televisión en las plantas de Radio-Televisión El Mundo y Unión Radio-Televisión». Consigna a renglón seguido: «El artista en su carácter de cantante, actor, compositor y autor interpretará las obras y espectáculos que la empresa seleccione y se ajustará en cada caso a las instrucciones que reciba de los directores de programas o personas en quienes la empresa delegue».

Sigue una cláusula sobre la que vale la pena meditar: «La empresa concederá al artista, de acuerdo con lo que estipula la ley, una licencia retribuida de un día de descanso en el caso del fallecimiento del padre, madre, hijo o hija, hermano o hermana, esposa o esposo del artista; y también igual licencia en el caso del alumbramiento de la esposa del mismo; y por no más de tres días al mes, sin que pueda exceder de nueve días en el año en el caso de enfermedad del artista que lo imposibilite para el desempeño de su trabajo, previa justificación de enfermedad con el correspondiente certificado médico».

Establece el documento que sin la autorización expresa de Unión Radio, el artista no podrá salir de la Isla a cumplir actuaciones o para asuntos de cualquier otro género, y aun autorizándolo la empresa se reserva el derecho de prorrogar el término del contrato por el mismo tiempo que haya estado ausente el artista, manteniendo en todo su vigor y fuerza este contrato a su regreso.

Por último, el artista se compromete a no prestar su nombre, fotografías o testimonios escritos o verbales a favor de ningún producto, industria, comercio o persona de cualquier índole, sin la previa autorización por escrito de Unión Radio, que por medio de este contrato queda autorizada a utilizar el nombre, las fotografías o testimonios escritos o verbales del artista en beneficio propio o de sus anunciantes, sin que por ello tenga que pagar cantidad alguna.

Pon tu pensamiento en mí

Una bien acoplada música de claves y guitarras abría El Buzón de Clavelito, que salía al aire por Unión Radio-TV y servía de fondo a la voz del trovador:

«Pon tu pensamiento en mí/ y harás que en ese momento/ mi fuerza de pensamiento/ ejerza el bien sobre ti». La música iba desenvolviéndose y entraba entonces el locutor y decía: «Un milagro de la naturaleza en el deleite de una canción guajira. Manifiesto de los elementos que contribuyen al éxito, a la salud, al amor, a la felicidad. Poeta, intérprete de los corazones incomprendidos. Mensajero de la buena suerte. Si usted no es feliz, si tiene algún problema, si no tiene salud, si no tiene empleo, si el dinero no le rinde, si no tiene amor… Oiga a Clavelito en silencio, en silencio, por favor…».

El programa avanzó viento en popa hasta que Unión Radio decidió crear paréntesis a lo largo de toda su programación para, más allá del espacio de Clavelito, dar respuesta a los que habían pedido consejo al cantante, lo que obligaba a los interesados a mantenerse atados a esa emisora durante todo el día. Y eso sí que no lo toleró la competencia que sabía —afirma el ensayista Reynaldo González— que la audiencia prefería oír la solución de su propia novela a seguir los lagrimeantes argumentos ajenos. Es así que la Comisión de Ética Radial, la Asociación de Anunciantes de Cuba y el Bloque Cubano de Prensa arremeten contra el programa y logran que sea suspendido el 5 de agosto de 1952.

Dicen sus hijos que lo acusaron de «milagrero» y «estafador», y que la policía irrumpió de manera abrupta en el estudio en el momento en que el programa salía al aire, lo suspendió y se llevó detenido a Clavelito. Añaden que días después, ante el reclamo popular, reapareció el programa «con el mismo éxito». Pero ya nada fue igual.

Refiere su hijo menor que Gaspar Pumarejo, el avispado empresario de la radio y la TV, fue el de la idea del vaso de agua sobre el aparato de radio. Y desmienten que su padre hiciera dinero con los consejos. Tenía, eso sí, una buena entrada. Fue, por otra parte, propietario del laboratorio que elaboraba los cosméticos «Mapclavé», nombre que es una combinación de las iniciales del artista y la contracción de Clavelito, así como de un establecimiento donde se vendían al por menor las producciones del laboratorio. Clavelito volvió a sus versos bucólicos. Y trabajó como locutor. Hay entre sus papeles privados un carné del Colegio Nacional de Locutores que lo acredita. Trabajó también como ventrílocuo. De hecho, ese fue su último empleo. Se presentaba disfrazado de negrito en el circo de Iris Torres, la hermana de Roberto, el payaso Chorizo. Se jubiló en 1964.

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