Vayamos por partes

Un mensaje procedente de Colombia recibió el escribidor. Lo firma Álvaro Mariño y luego de asegurar que lee esta página en la Internet semana tras semana, pregunta si hubo en Cuba un Gobierno llamado «de los cinco sargentos» y si alguno de ellos era colombiano. Recaba asimismo información sobre los laboratorios Gómez Plata, firma farmacéutica establecida en Cuba luego de haberse originado en el país sudamericano, donde mantenía una filial.

Vayamos por partes. No existió en Cuba un Gobierno de sargentos. Hubo, sí, el 4 de septiembre de 1933, un golpe de Estado protagonizado por un grupo de clases y soldados. Conformaban la llamada Junta de los Ocho, Junta de Defensa o Unión Militar Revolucionaria, y eran el sargento mayor Pablo Rodríguez, el sargento primero José Eleuterio Pedraza, el sargento Manuel López Migoya, el sargento sanitario Juan A. Estévez Maymir, el cabo Ángel Echevarría, el soldado Mario Alfonso Hernández y el soldado sanitario Ramón Cruz Vidal. Integraba también la Junta el sargento mayor (taquígrafo) Fulgencio Batista y Zaldívar, que se sumó tarde al movimiento y terminó controlándolo.

Derrocarían, en la fecha señalada, al Gobierno de Carlos Manuel de Céspedes, que había accedido a la Presidencia el 12 de agosto del mismo año, para dar paso a un Gobierno colegiado que recibió el nombre de Comisión Ejecutiva. La componían el profesor universitario Guillermo Portela, a cargo de las carteras de Estado y Justicia; el periodista Sergio Carbó —Gobernación, Guerra y Marina y Comunicaciones—, el banquero Porfirio Franca, a cargo de la Secretaría de Hacienda; el abogado José M. Irisarri, para los sectores de Obras Públicas, Agricultura, Comercio y Trabajo; y el médico y profesor universitario Ramón Grau San Martín en las carteras de Instrucción Pública y Bellas Artes, Sanidad y Beneficencia. Como eran cinco sus integrantes, se llamó Pentarquía a la Comisión Ejecutiva, y pentarcas a sus miembros. La Comisión Ejecutiva cesó en sus funciones el 9 de septiembre, cinco días después de haberlas asumido, cuando se decidió implantar un Gobierno presidencial y Grau San Martín es exaltado a la primera magistratura.

Otros sargentos que apoyaron a la Junta en el momento del golpe del 4 de septiembre y fueron bien recompensados por ello, eran españoles de nacimiento. Son los casos, y no creo que sean los únicos, de un sujeto que respondía al curioso nombre de Ulsiceno Franco Granero, quien, ya con grados de Comandante, sería jefe de la Policía en La Habana, y Jaime Mariné, que vino a Cuba en 1924 para traer un caballo que el rey Alfonso XIII, de España, envió de regalo al mayor general Mario García Menocal, el cual aspiraba de nuevo a la Presidencia, intento que en definitiva perdió frente al general Gerardo Machado. Mariné, ya excaballerizo, se enroló en el Ejército, ascendió a Comandante después del golpe, fue Director General de Deportes y ayudante y testaferro de Batista. Se convertiría en un próspero hombre de negocios.

Ninguno de los mencionados, tanto de la Junta de los Ocho como en la Pentarquía, nació en Colombia. La confusión del lector Álvaro Mariño viene porque en su país y a lo largo de los años no pocas veces se adjudicó a Batista la nacionalidad colombiana. Así lo hizo una agencia internacional de prensa que en julio del 2005 propagó una nota, tomada de un importante diario bogotano, en la que se afirmaba que Batista había nacido en Colombia.

Los autores de la investigación, el doctor Moisés Morantes, médico apasionado por la historia, y el periodista Jaime Ibáñez, concluyeron que el dictador cubano vio la luz en El Carmen de Bolívar, localidad situada a mil kilómetros de la capital colombiana, en la región de los montes de María. De allí, dicen, el hijo de Rosa Zaldívar, empleada doméstica, y de Alejandro Batista, un amigo de la casa donde ella hacía el servicio, emigró a Cuba para dedicarse al cultivo del tabaco, que también se cosechaba en El Carmen.

Son muchos en El Carmen —recordaba Morantes— que repiten sin vacilación que Batista era oriundo del lugar y así lo aseguró, en una información de primera plana, el semanario Ecos de la Montaña, en fecha tan lejana como el 1ro. de junio de 1940. Pero no basta que algo se diga y se repita para que sea verdad y lo cierto es que el médico devenido historiador no aporta una sola prueba sustancial que calce lo que asevera.

De manera que no figuró ningún colombiano en la Junta de los Ocho. Con relación a la otra pregunta del lector Álvaro Mariño, me remito a Las empresas de Cuba, 1958, de Guillermo Jiménez. Esa productora de medicamentos operaba bajo el nombre de Laboratorios O.K. de Cuba S.A., y tenía su sede en Monserrate No. 566, en La Habana. Era propiedad de Jorge Gómez Plata, quien fungía como administrador-gerente de la empresa que tenía como medicamento insignia el analgésico denominado OK Gómez Plata.

Sí se postuló

En la página del 22 de diciembre de 2013 (Papeles privados de Clavelito) confesaba el escribidor no estar seguro de que Clavelito, el popular improvisador, se hubiese postulado o no para ocupar un puesto en la Cámara de Representantes. Su hijo menor, Narciso, decía que creía que sí lo había hecho, pero no estaba seguro porque no era nacido entonces, mientras que su hija Rosita decía: «En realidad, él no era político, pero los políticos de la época lo escogieron porque era famoso y tenía muchos seguidores». «De cualquier manera —aseguraba el escribidor—, si se postuló, no resultó electo».

Escribe al respecto desde Puerto Rico el musicógrafo Cristóbal Díaz Ayala. Dice en su breve mensaje electrónico: «Te copio de mi libro Música cubana; del areito al rap cubano, página 289: “Hay elecciones en el año de 1954, y varios artistas son candidatos: Manolo Fernández, Leopoldo Fernández, Enrique Santisteban y un músico, Clavelito”. Es un simulacro de elecciones que hace Batista para darle legalidad a su dictadura. Frente a Batista se postula Grau, quien horas antes de las elecciones se retracta por falta de garantías. Creo que todos los postulados eran del partido de Grau, y claro, no salieron».

La corte suprema

Una señora de mediana edad, con la que comparto un «almendrón» camino del Vedado, me pregunta sobre La Corte Suprema del Arte, que no alcanzó a conocer. Recuerda, sí, el programa de José Antonio Alonso en TV y quiere precisar semejanzas y diferencias entre ambos, ahora que el programa A puro corazón, de Gloria Torres, está dándoles entrada en la televisión a cantantes no profesionales.

La Corte Suprema del Arte fue uno de los programas más populares y polémicos de la radio cubana. Surgió en momentos en que se necesitaba fortalecer y renovar el cuadro lírico en ese medio. Es decir, lanzar al ruedo a nuevas figuras, las llamadas estrellas nacientes, a fin de irles buscando relevo a los veteranos. Todos los que se presentaban en ese espacio eran aficionados y el aplauso del público decidía cuál resultaba triunfador.

No fue, en su momento, un acontecimiento enteramente novedoso. Antes, en un espacio que se llamó precisamente Programa de aficionados, que salía al aire por la radioemisora CMW, René Cañizares intentó un experimento muy parecido cuando un jurado conformado por artistas profesionales seleccionaba las mejores actuaciones de aquellos que querían iniciarse en el mundo artístico. Pero Programa de aficionados, copiado de un modelo norteamericano, no progresó por falta de iniciativas.

Cuando Miguel Gabriel y Ángel Cambó, propietarios entonces de la CMQ, quisieron darles mayor estructura a sus programas de música y de variedades, se encontraron con una dificultad: las pocas figuras líricas de las que disponían cobraban honorarios demasiado altos para la época y las posibilidades reales de la emisora. Fue entonces que idearon la fórmula de dar entrada espectacular a los aficionados que pudieran convertirse en estrellas de la radio. De ahí surgió la frase que todavía se usa de «Le tocaron la campana» para indicar que alguien se ve imposibilitado de llegar a su meta porque otro se lo impide. Porque en La Corte Suprema del Arte se tocaba ciertamente la campana a aquel intérprete, cantante o recitador, que fuese notoriamente malo.

Esa campana que, desde la cabina de control y fuera de la vista del público y del mismo intérprete, hacía sonar Miguel Gabriel, dio atractivo inicial al programa, que comenzó a salir al aire el 1ro. de diciembre de 1937, desde los estudios que esa emisora tenía en Monte casi esquina a Cárdenas, en La Habana, y a los que se alude, de manera invariable y por comodidad, como ubicados en Monte y Prado.

Pronto los premios y los regalos que se llevaban los triunfadores atrajeron a una cantidad de aspirantes enorme. Y José Antonio Alonso, conocido hasta entonces como declamador y comentarista, lo consolidó con su conducción original.

Alonso tenía estilo propio y cultura, sabía improvisar y sus comentarios eran siempre atinados. Hizo famosa una frase que marcaba el comienzo de la prueba. «¿A quién se lo va a dedicar?», preguntaba al aspirante. Respondía este y enseguida Alonso, dirigiéndose al director de la orquesta, añadía: «¡Música, maestro!», fórmula que aún se usa en no pocos espectáculos en el mundo.

Surgió así toda una pléyade de valores jóvenes lanzados por CMQ. Con su patrocinio, estaban en fiestas y ceremonias, no solo en la capital; también en ciudades del interior de la Isla, y muchos de ellos no demoraron en consolidarse y capitalizar las simpatías del público.

Todo el proceso de La Corte Suprema del Arte es polémico, afirma Oscar Luis López en su libro La radio en Cuba. Se inició contra el alto costo de los consagrados, y derivó en un impulso potente de renovación. Cayó más tarde —asevera Oscar Luis— en excesos y hubo, mezclado con el triunfo legítimo de algunos buenos aficionados, malos manejos, explotación, intrigas y ciertas intimidades que dieron motivo a serias críticas.

Fue además expresión de la fiera competencia comercial que en esos años comenzaba a hacerse sentir en la radio. La Corte Suprema del Arte la patrocinó en sus inicios Competidora Gaditana, «el cigarro inigualable», tal como rezaba su eslogan. Al obtener el programa un éxito sensacional, Miguel Gabriel, en una de sus jugadas de audacia, elevó de manera inusitada la cifra que debía pagar el anunciante, y obligó de esa manera a Competidora a dejar el campo libre a una empresa rival, la de los cigarros Regalías el Cuño, que previamente se había comprometido a abonar 12 000 pesos mensuales por el espacio. Cifra descomunal en aquellos momentos, y que marcó el primer paso hacia los altos presupuestos de inversión en la radio.

Al margen de todo, sin embargo, La Corte Suprema del Arte reveló e impulsó a muchos valores perdurables. Ahí están los nombres de Rosa Fornés, Raquel Revuelta, Elena Burke, Ramón Veloz, Obdulia Breijo, el dúo Hermanas Martí, Natalia Herrera, Armando Bianchi…

En los años 50 del pasado siglo quiso revivírsele en CMQ Televisión. Se llamó entonces El programa de José Antonio Alonso. Y se le situó en el horario de la tarde. De su antecesor, de aquella primitiva Corte Suprema del Arte, heredó la campana, y Alonso siguió con su buena conducción. Aunque se anotó algunos éxitos, nunca llegó a ser como La Corte Suprema del Arte.

El título

Daba ya por terminada esta página cuando, al releerla, su título me hizo recordar una anécdota, real o atribuida al dictador Gerardo Machado. Dicen que el hombre comenzaba en Santiago de Cuba una gira política por la región oriental y comentó con los de su comitiva: «Mañana, cuando váyamo a Manzanillo…». Alguien se atrevió a rectificarlo: «Váyamo no, vayamos». «No —dijo Machado—. A Manzanillo vamos mañana; a Bayamo vamos después».

Comparte esta noticia

Enviar por E-mail

  • Los comentarios deben basarse en el respeto a los criterios.
  • No se admitirán ofensas, frases vulgares, ni palabras obscenas.
  • Nos reservamos el derecho de no publicar los que incumplan con las normas de este sitio.
Multimedia
Videos
Fotografía
Opinión Gráfica

Armas Trump.