Escrito de memoria

Una lectora que firma su correo electrónico simplemente como Jennys, se interesa por el hotel Miramar. Ya no existe. Estaba situado en la esquina de Prado y Malecón y tanto el establecimiento hotelero como su restaurante fueron muy famosos durante los años iniciales de la República. Su propietaria lo era también del hotel Telégrafo, en Prado y San Miguel, aquella que, en su momento, regaló al general José Miguel Gómez la silla que usaría durante su mandato presidencial; por lo que durante mucho tiempo se dijo que los mandatarios cubanos se sentaban en la silla de doña Pilar.

El escribidor, de sus caminatas habaneras de los años 60, recuerda el caserón oscuro y vacío de este hotel que desafiaba al tiempo en una de las esquinas más codiciadas de la ciudad.  Se descomercializó en una fecha que el cronista no puede precisar, como también se descomercializó El Telégrafo, para desdicha de su propietaria. Los datos que sobre el hotel Miramar posee el autor de esta página son bien escasos. El poeta nicaragüense Rubén Darío, en 1910, durante su última estancia en La Habana, salió de su restaurante, luego de haber comido con amigos, entre ellos el poeta Mondelo, embajador italiano en Cuba,  para perderse en la noche  hasta recalar en el único sitio que, ya de madrugada, encontró iluminado, un «círculo de hombres de color», dijo el poeta, donde se le declaró «negro honorario».

Conoce también este cronista que en uno de sus locales radicó la oficina de Sergio Carbó, director de la revista La Semana y uno de los periodistas más populares de la Cuba de entonces, siempre con más éxitos empresariales que profesionales. Carbó fue,  tras el golpe de Estado del 4 de septiembre de 1933, uno de los cinco miembros de la Comisión Ejecutiva o Pentarquía que se hizo  cargo del poder. Para  entonces andaba en el automóvil blindado que fuera del dictador Machado, mientras que el ya coronel Batista se movía en el del general Alberto Herrera, jefe del Estado Mayor del Ejército hasta el 12 de agosto del año mencionado. Otra información sobre el Miramar acumula el autor: fue escenario, al dejar de funcionar como hotel, de no pocos topes de boxeo.

Frente al hotel se ubicaba la célebre glorieta del Malecón. Desapareció la glorieta en 1926, cuando se inició la construcción de la Avenida del Puerto. Existe la idea de  asentar un nuevo hotel en la esquina de Prado y Malecón. El proyecto de la obra se encomendó a la oficina de arquitectos del afamado José Antonio Choy, autor, entre otros trabajos, del hotel Santiago.

Brenda

Sobre  Brenda inquiere el lector Yusvier Abreu. Es una bailarina uruguaya que se estableció en Cuba en los años 40 del siglo pasado y que la reapertura del Teatro Martí hizo volver a la actualidad.

Brenda bailaba desnuda o casi, lo que constituía un atractivo adicional a su bien ganada fama como artista. Protagonizó, en esos años, un espectáculo sonado en el Teatro Nacional. Se titulaba Cocaína, sustancia que pululaba bastante en ciertos sectores de las clases adineradas de entonces, mientras que la mariguana, la llamada «yerba del diablo», corría entre los sectores populares. Hubo protestas. Protestó la Liga de la Decencia, que radicaba en el número 30 de la calle Obispo; protestaron instituciones religiosas y las clases vivas; protestó la prensa, calificada entonces como el cuarto poder. ¿Por el espectáculo que protagonizaba la uruguaya? No. Motivaba el desacuerdo el título de la obra. Decidieron  cambiárselo sus productores. Y en la cartelera del Teatro Nacional apareció el nuevo título: Sensación. Y bajo esa palabra, entre paréntesis, Antes cocaína, lo que no eliminó, sino que dio realce al motivo de la discordia.

Brenda trabajó asimismo en el Teatro Martí.  Digamos, como cosa curiosa, que no pocas niñas nacidas entonces, y no solo en Cuba, llevaron su nombre. De su larga etapa de reportero, recuerda el escribidor un recorrido por las montañas del Escambray, en el centro del país, en los años 80. Conoció entonces a una joven estudiante de Agronomía que cursaba la carrera en la Universidad enclavada en la zona. La muchacha se llamaba Brenda, y no solo sabía de la bailarina, pues el recuerdo de la artista se había transmitido en su casa de padres a hijos, sino que debía su nombre a la uruguaya.

Seis presidentes

Acerca de los políticos que ocuparon la presidencia de la nación entre la defenestración de Ramón Grau San Martín, en enero de 1934, y el inicio del mandato constitucional de Fulgencio Batista, el 10 de octubre de 1940, he escrito bastante en esta misma página. Aun así, para complacer al lector R. M. Martínez, que solicita esa información, diré que fueron seis: Carlos Hevia, Manuel Márquez Sterling, Carlos Mendieta Montefur, José Agripino Barnet Vinageras, Miguel Mariano Gómez Arias y Federico Laredo Bru.

Era la época en la que el coronel Batista, desde el campamento militar de Columbia, ponía y quitaba presidentes a su antojo. Hevia y Márquez Sterling no le convinieron y estuvieron apenas horas. Colocó y descolocó a Mendieta, que ocupaba la primera magistratura en los días de la huelga de marzo de 1935. Se valió de Barnet para que encabezara los comicios que dieron el triunfo a Miguel Mariano, y presionó al Senado a fin de que juzgara y destituyera a Miguel Mariano a siete meses escasos de su arribo al poder. El vicepresidente Laredo Bru se calzó entonces la presidencia en propiedad.

Se insiste mucho en que Laredo fue un tipo incoloro e insípido. Unas décimas burlescas que recuerda el escribidor desde su infancia, lo conceptuaba como un aprovechado que, decía el poema en cuestión, «no disparó ni un cartucho —hasta entregarle a Batista». Hay que decir, sin embargo, que la intervención de Laredo, villareño, abogado, coronel de la Guerra de Independencia, fue decisiva en el proceso político que antecedió a la asamblea constituyente de 1940. Encabezó las conversaciones que celebraron representaciones del Gobierno y de la oposición y que tuvieron lugar en la finca de los Párraga, en La Habana. Arduas y largas negociaciones en la que cada parte trató de imponer sus puntos de vista. Mientras que Batista exigía «elecciones primero y constituyente después», la oposición clamaba precisamente por lo contrario: «constituyente primero; elecciones después», que fue, al cabo, la fórmula triunfadora.

La cuna del santo

Sobre Guanabacoa, tierra de tradiciones y leyendas, pregunta un lector que firma su mensaje electrónico como Javierdp. Surgió como un sitio donde los colonizadores españoles asentaron indios dispersos. Por breve tiempo fue la capital de Cuba y muy pronto lugar de descanso de la nobleza habanera, que gustaba de sus verdes colinas y la pureza de sus manantiales. Guanabacoa quiere decir eso: tierra alta, con mucha agua.

Para algunos es una voz que se traduce como «localidad situada entre lomas de las que brota un manantial». Otros aseveran que el término proviene de los aborígenes de la Isla y lo interpretan como «lugar alto donde abunda el guano» o «sitio de palmas altas» o «lugar de mucha agua». Esta es la acepción más divulgada y se basa en la prodigalidad de los manantiales de la zona. Pero Guanabacoa es también, se asevera, tierra de santeros, la tierra del santo.

Su centro histórico tiene el aire de las viejas ciudades de Cuba, y su arquitectura remeda la de las villas que fundó el Adelantado Diego Velázquez, primer gobernador de la Isla. Se dice que fue fundada el 12 de junio de 1550.

Antes de 1600 la villa era el espacio comprendido por cuatro manzanas totalmente irregulares que se ubican entre las calles Barreto, Potosí, San Antonio, Máximo Gómez y Cruz Verde, que son atravesadas por la de Corral Falso, y también el área que ocupan las manzanas enmarcadas por las calles Pepe Antonio, Santo Domingo, Amargura y Soledad. Esa villa primitiva creció mucho durante el siglo XVIII, y mucho más a lo largo del siglo XIX.

Fue la capital de Cuba por un día, en 1555, cuando el gobernador Gonzalo Pérez de Angulo halló refugio en Guanabacoa al no poder contener el empuje del corsario francés Jacques de Sores, quien terminó apoderándose de La Habana. En 1743, Felipe V, de España, le concedió el derecho de lucir el Pendón Real y le otorgó además, avalado con el escudo correspondiente, el título de villa: Villa de la Asunción de Guanabacoa.

En 1762, José Antonio Gómez y Bullones, alcalde mayor de la ciudad, enfrentó, al mando de 70 hombres mal armados, a los invasores británicos y dirigió exitosamente la primera carga al machete que se registra en la historia de Cuba. En unas 50 acciones combativas, y siempre machete en ristre,  Pepe Antonio ocasionó más de 300 bajas al enemigo.

Alejandro de Humboldt, el sabio naturalista alemán, estuvo en Guanabacoa, cuyo clima lleno de bondades y sus aguas puras atrajeron a la nobleza cubana, que escogió la villa para vivir o como lugar de veraneo. De ese lejano ayer llegan hasta hoy la Casa de las Cadenas y la Ermita del Potosí, una de las iglesias más antiguas del país, y los conventos de Santo Domingo y de San Francisco, donde funcionó, a partir de 1857, la primera Escuela Normal para Maestros que existió en Cuba. También el Liceo de Guanabacoa, construido en 1861, el cual guarda una rica historia: allí José Martí, el 22 de enero de 1879, habló en público por primera vez en Cuba. En Guanabacoa nacieron tres grandes de la música cubana: Ernesto Lecuona, Rita Montaner y Bola de Nieve.

Mucho hay que ver en Guanabacoa. Iglesias, antiguos conventos, el cementerio viejo, los cementerios judíos, casas coloniales aún en pie o que muestran la poesía de sus ruinas.

Sugerencias aplazadas

El escribidor queda en deuda con un grupo de colombianos que solicita información sobre aquellas innovaciones —el  teléfono automático, el ferrocarril, la navegación a vapor, etc.— que se conocieron en Cuba antes que en otros países. También con Karelia, que pide datos sobre el Parque Zayas, donde se halla ahora el Memorial Granma; con Alberto, que recaba información sobre el Teatro Tacón; con Felipe Domínguez, que quiere saber acerca de Evangelina Cossío…

Solicitudes cuyas respuestas quedan para más adelante. Estoy de vacaciones o casi, lejos de libros, archivos y de toda fuente documental, escribiendo de memoria.

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