Como me lo contaron

No reprime su asombro el escritor gallego Jacinto Salas y Quiroga. La fragata Rosa, en la que hizo el viaje desde Cádiz con escala en Puerto Rico, ancló ya en la espaciosa bahía habanera, pero el visitante, que quiere escribir un libro sobre La Habana, se ve impedido de saltar a tierra. Pese a traer sus documentos en orden y el pasaporte firmado por el Capitán General de la isla vecina, le dicen que no se le autorizará el desembarco hasta que no disponga del permiso que, previa presentación de un fiador, debe solicitar al Capitán General de La Habana.

Salas y Quiroga no entiende. Cree que entre autoridades dependientes del mismo Gobierno debe existir una confianza tal que la firma de una baste por garantía a la otra. Escribe al respecto en su libro Viaje a Cuba, publicado en 1840: «Yo no comprendía cómo garantizándome un documento de una autoridad superior, no me permitiese saltar a tierra otra de igual clase».

No tiene más alternativa el recién llegado que atenerse a lo dispuesto en la ley vigente y confía a un comisionado la búsqueda de la licencia. No tarda el sujeto en regresar con las manos vacías. Aunque son apenas las dos de la tarde, la oficina que puede otorgar el permiso no abrirá hasta la mañana siguiente. Se resigna ya Salas y Quiroga a perder el día a bordo de la embarcación. Aun así proyecta escribir al Capitán General para decirle que le trae carta de su hermano y suplicarle que con su pasaporte y otros documentos a la vista se sirviese concederle, de ser posible ese mismo día, el permiso para ir a tierra.

Ríe por lo bajo el capitán de la fragata ante los apuros de su pasajero. Se acerca al guardia que vela porque ningún viajero desembarque sin la autorización correspondiente y le dice algo al oído para, enseguida, deslizar unas monedas entre sus dedos.

Meses después Jacinto Salas y Quiroga escribía en su libro: «El capitán me obtuvo el difícil permiso; que así se obedecen las leyes cuando el encargado de cumplirlas no está convencido de su utilidad. Y para terminar de una vez en este negocio, diré que al día siguiente conseguí yo mismo el permiso para ir a tierra estando ya en ella, previos los pasos necesarios para obtener cuatro firmas, de las cuales una del Capitán General, y el pago de cuatro reales de plata, habiendo tenido la dicha de ser eximido de la presentación del fiador».

Dineros de vuestra majestad

La corrupción administrativa, la malversación y el desvío de los caudales públicos empezaron temprano en la Colonia. En 1539 Lope Hurtado, tesorero de la Isla de Cuba, escribía al monarca español que desde años antes, cuando asumió dicho cargo, «siempre he visto hurtar la hacienda de Vuestra Majestad». Males que, se dice, llegaron desde la vecina isla de Santo Domingo y que, en definitiva, eran originarios de la propia España. Escribe el historiador Ramiro Guerra que durante el mando de Diego Velázquez, el primer gobernador de Cuba, la rudimentaria vida político-administrativa y la precaria vida social se desenvolvieron en un ambiente de relativa paz, normalidad y honestidad. Los escasos habitantes de la Isla vivían consagrados al trabajo, en especial la agricultura, la construcción de barcos, la minería, el fomento de nuevas poblaciones y el trazado de caminos.

Muchos vecinos trajeron a sus familias de La Española y otros contrajeron legítimo matrimonio con indias. Los rústicos bohíos primitivos se transformaron poco a poco para hacerlos más cómodos y se importaron desde Sevilla, por el puerto de Santiago de Cuba, prendas de vestir y artículos de uso doméstico: muebles, cacharros de cocina, utensilios para la mesa, adornos… sin que quedaran fuera víveres, vinos y licores, así como velones para el alumbrado que se alimentaban con aceite de oliva.

Muere Velázquez y sobreviene para la Isla una época de decaimiento económico y moral, pobreza, brutalidad y concupiscencia. Están a la orden del día las rencillas, los pleitos, las riñas sangrientas. Escribe Ramiro Guerra que esa situación fue resultado de la vida ruda y salvaje de los primitivos pobladores, incultos y aventureros en su mayoría, del mando sin ley y sin freno, de la servidumbre y explotación del indio, por las encomiendas, y del negro, por la esclavitud, por la amenaza perenne de corsarios y piratas…

Para los que lo sucedieron en la gobernatura de la Isla, Velázquez fue culpable en buena medida de todos esos males. No hay que olvidar que pese a la honestidad relativa que Guerra advierte en su mandato, el primer gobernador de la Isla fue acusado en su momento y multado después de muerto por haberse dejado comprar con presentes y banquetes, consentir exacciones, aplicar de manera selectiva impuestos y aranceles y beneficiar con las encomiendas de indios a amigos y allegados en perjuicio de aquellos que no le simpatizaban...

No fueron mejores los que les siguieron en el cargo. A Gonzalo de Guzmán lo acusaron de consentir blasfemos, jugadores y amancebados y de defraudar las rentas reales. De injusto, ladrón y malo en su persona y en su cargo se tachó a Juanes Dávila, y a Juan de Aguilar, de asolar Santiago con robos e injusticias.

Un hombre enérgico e inexorable como Antonio de Chávez, el primer gobernador que fijó su residencia en La Habana, tampoco escapó a la destitución. Hizo lo que estuvo a su alcance por aliviar la servidumbre de los indios y obligó a pagar lo que por diezmos, quintos y almojarifazgos adeudaban los poderosos y acabó por hacerse incompatible con las ambiciones de los colonizadores, que terminaron acusándolo de avaricia y falta de probidad.

Facultades omnímodas

Nunca, durante toda la Colonia, hubo un civil al frente del Gobierno de la Isla. España consideró siempre a Cuba como una base militar de operaciones en el Golfo de México y en el Caribe, y de manera invariable escogió a sus gobernadores entre las filas de la milicia. A partir de 1825 la Corona otorgó facultades omnímodas a esos gobernantes. Poderes extraordinarios esos, inherentes al mando de una plaza fuerte en tiempo de guerra. Con uno de ellos, José Gutiérrez de la Concha, se puso en práctica la más brutal y arbitraria de las medidas cuando se negó a los cubanos el derecho de pedir.

En su organización marítima, Cuba era una Comandancia General de la Marina española. Tenía al frente a un contraalmirante, que radicaba en La Habana y ejercía el mando durante tres años. Esa Comandancia se subdividía en siete «provincias»: La Habana, Santiago de Cuba, Sagua la Grande, Remedios, Cienfuegos, Trinidad y Nuevitas.

De los 18 primeros gobernadores que tuvo la Isla, ocho pasaron del Gobierno a la prisión y algunos murieron en ella. No se sabe si por el rigor que dio lugar al escarmiento o porque la delincuencia política comenzó a disfrutar de mayor impunidad, de los 36 gobernadores que luego de aquellos 18 se sucedieron hasta la toma de La Habana por los ingleses, solo cuatro vieron interrumpido su gobierno con un fin tan desastrado.

Nadie lo acusó

Imaginen cómo andarían las cosas en Cuba, que en 1695 el general de galeones Diego de Córdova y Laso de la Vega tuvo que desembolsar 14 000 pesos o escudos de plata y depositar una fianza de otros 16 500 para que el rey de España lo nombrase gobernador de la colonia, cargo que asumiría con el compromiso de traspasarlo al general Diego de Viana, el antiguo gobernador, tan pronto se librase este del juicio al que se le sometía y del que se suponía saldría absuelto.

Los sueldos, derechos y honorarios de un gobernador colonial no superaban entonces los 5 000 escudos anuales, de manera que Diego de Córdova tendría que apretar el paso para recuperar su inversión. Y lo hizo. Mejoró las defensas de La Habana, reorganizó sus milicias y no escatimó esfuerzos para fomentar la riqueza en el territorio: bajo su mando florecieron las vegas de tabaco, se levantaron no menos de 20 ingenios azucareros y la ganadería se incrementó de manera considerable, mientras que, por la izquierda, se adineraba. Y lo hacía tan discretamente que nadie se atrevió en su momento a acusarlo de ladrón. Cesó en el cargo en 1702 sin suscitar los odios y denuestos que debían soportar sus iguales.

Grandeza y servileza del Capitán General

Pese a lo inmenso de su poder, era muy limitada la vida social de un Capitán General en tiempos de la Colonia y su vida íntima, sometida a no pocas restricciones. En su libro citado, apunta Salas y Quiroga: «Este poderoso magistrado vive en el palacio que el gobierno le destina; retirado y abstraído en los negocios públicos, tan luego como llega a conocer su poder se reviste de la gravedad cómica de un monarca, sin poder tener aquellos arranques de familiaridad protectora porque no es tan sólido ni afianzado su poderío. No visita a nadie ni tiene amigos. Recibe con frialdad; habla mesuradamente y cree proteger cuando mira. Sus salones suelen estar casi siempre cerrados, su mesa poco concurrida. Los bailes, banquetes y reuniones en su palacio no son de costumbre, sea economía, sea desdén. Solo en besamanos ve a las personas importantes de la población reunidas, y entonces él representa a las mil maravillas el poder del rey reinante. Circula grave por los salones, saluda graciosamente a los grandes, majestuosamente a los pequeños, mira a unos, dirige a otros una pregunta de que apenas espera la contestación, y, en suma, domina a los cortesanos que le rodean…

«En público, un Capitán General se distingue más todavía. Su carruaje no es igual al de los demás, su sencillez, tampoco. Preceden su coche soberbios batidores; síguele una escolta numerosa. Los transeúntes se detienen, se quitan el sombrero, saludan reverentemente.

«En el teatro, su palco, distinto a los del público en tamaño y adornos, tiene un sillón único. Nadie lo llena más que él, tocarlo fuera una profanación. No paga ni regala en los espectáculos públicos, admite, como en feudo, todos los obsequios y atenciones. Todos le citan y se glorian de un saludo suyo: ser visto a su lado, en un lugar público, es inequívoco signo de favor, es merecer la consideración de todos».

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