Los sucesos de Orfila (III)

El día en que lo iban a matar —15 de septiembre de 1947—, Emilio Tro Rivero desayunó en compañía de su madre en la humilde habitación que compartían en la casa de vecindad marcada con el número 409 de la calle San Rafael, en Centro Habana. Horas después, ya sobre las 12, se comunicaba por teléfono con la anciana para decirle que no lo esperara a almorzar. Estaba invitado a hacerlo en la residencia de Antonio Morín Dopico, suspendido desde meses antes en sus funciones de jefe de la Policía de Marianao, a causa de un escándalo que protagonizó en Guanabacoa. Lo acompañarían Luis Padierne, Arcadio Méndez y Alberto Díaz González, todos miembros de la Unión Insurreccional Revolucionaria (UIR).

No precisa el escribidor si a esa altura Tro conocía de la orden de detención que por la muerte del capitán Rafael (Lechoncito) Ávila pesaba sobre él y que había sido confiada al comandante Mario Salabarría Aguiar. El vigilante que estaba de posta fija en el domicilio de Morín declararía que sobre las tres de la tarde, Tro y dos de sus compañeros se hallaban sentados en el portal de la casa en actitud pacífica y desprevenida, cuando los vio ponerse de pie de manera precipitada, trasladarse al interior de la vivienda y cerrar la puerta principal.

Fue entonces que advirtió que de dos automóviles descendían hombres armados con ametralladoras que se posesionaban en la calle para de inmediato comenzar a tirotear la casa, agresión que fue ripostada desde el interior del inmueble, sito en calle 8 y D, reparto Benítez, una zona conocida como Orfila por una farmacia existente en la zona. La agresión —puntualizó el vigilante— partió de los recién llegados; aseveración que ratificó la sirvienta de Morín Dopico. Entre los agresores figuraban Orlando León Lemus (El Colorado); Rogelio Hernández Vega (Cucú), segundo jefe de la Policía Secreta; José Fallat o Fayat (El Turquito); el teniente Roberto Pérez Dulzaides; el comandante Roberto Meoqui Lezama y muchos más hasta completar una tropa de unos 200 hombres, todos allegados a Salabarría, pero no todos pertenecientes al Servicio de Investigaciones Especiales y Extraordinarias, la dependencia policial que aquel dirigía. Esto, a juicio del investigador Humberto Vázquez García, «indicaba a las claras el carácter gangsteril de la operación», que fue reportada en directo por Radio Reloj, grabada íntegramente por el locutor Germán Pinelli —quien luego la transmitió en su programa Repórter Canada Dry, de la CMQ— y filmada por Guayo, del Noticiero Nacional de Cine.

«El presidente está enfermo»

Los hombres de Salabarría sometieron la casa a un verdadero barraje con armas ligeras y recurrieron en determinado momento a los gases lacrimógenos. Los sitiados respondieron al fuego con vigor. La batalla dejaría un saldo de seis muertos y ocho heridos. La primera víctima fue el oficial Mariano Puerta Yergo, de la 11na. Estación de Policía. Enterado de los sucesos del reparto Benítez tomó un automóvil, junto con otros dos vigilantes, con la intención de luchar junto a su amigo Tro. No llegó a su destino. Lo fulminó una ráfaga de ametralladora cuando trataba de ganar la casa sitiada.

Cuando la sangrienta pelea se hallaba en su clímax, Tro logró comunicarse por teléfono con el teniente Armando Correa. Le pidió que se dirigiera al campamento militar de Columbia y gestionara la intervención del Ejército, pues él y sus amigos temían ser ejecutados de caer en manos de Salabarría. Correa cumplió el encargo y en compañía de otros miembros de la UIR se personó en la sede del Estado Mayor de las Fuerzas Armadas. El general Ruperto Cabrera, que los recibió, dispuso la retención de los visitantes a fin de evitar —aseveró— su participación en la refriega.

Mientras tanto, otras gestiones se hacían en favor de los sitiados. Miembros de la UIR y elementos vinculados a Tro acudieron al Palacio Presidencial. No pudieron ver a Grau.  Lograron, sí, entrevistarse con Paulina Alsina, primera dama de la República, que les aseguró haber obtenido del Presidente la autorización para que el Ejército interviniera en el altercado. Los rectores del Senado y la Cámara, el Ministro de Gobernación (Interior), el Jefe de la Policía, el Viceministro de Defensa, parlamentarios…, todos los que visitaron Palacio a fin de conocer la opinión del mandatario sobre aquella balacera o, al menos, adivinarla en su lenguaje epigramático o leerla en la chispa maliciosa de sus ojos, recibieron la misma respuesta: «El Presidente está enfermo y no puede atenderlos».

Se ha especulado sobre esa actitud de Grau. Muchos años después Salabarría revelaría un detalle desconocido y que en su momento fue casi secreto de Estado. El mandatario sufría de epilepsia, y cada ataque le provocaba pérdida de memoria. Mientras transcurría lo de Orfila, estaba en una de sus crisis, lo que impidió que se le diera noticia de los sucesos. Alguien avisó al general Genovevo Pérez, jefe del Ejército, de visita en Washington, de lo que sucedía, y el obeso y bien vitaminado militar dispuso desde allá el empleo de los blindados para poner fin a la matanza.

Tres horas después

Habían transcurrido tres horas desde el inicio del combate, cuando por las ventanas de la casa se dejaron ver trapos blancos y gritos de «¡No tiren! ¡No tiren! ¡Van a salir niños y mujeres!». La gente de Salabarría respondió con epítetos violentos. Pero Tro y sus compañeros insistieron hasta que al fin se efectuó la salida, lo que coincidió con la llegada de tropas del Ejército equipadas con tanques, camiones blindados y armas como para una batalla de gran envergadura. Al frente de los militares llegaban el general Gregorio Querejeta, el coronel Oscar Díaz y el teniente coronel Lázaro Landeira, jefe de los tanques.

El primero en salir de la casa fue Morín Dopico, quien llevaba en brazos, herida a sedal, a su hija Miriam, de apenas diez meses de nacida. El Ejército lo conduciría al Hospital Militar en calidad de detenido. Luego salió Aurora Soler de Morín, en estado de gestación, y detrás Emilio Tro. Todo parecía haber terminado cuando se escuchó de nuevo el tableteo de una ametralladora, y la esposa de Morín cayó al suelo herida de muerte. Un policía la tomó por los brazos para levantarla, y Tro trató de alzarla por los tobillos con el propósito de sacarla a la calle. No pudo concluirse la gestión, porque apenas llegados a la acera se escuchó  una ráfaga más y Tro se desplomó cosido a balazos. Tenía 15 perforaciones en el tórax, dos en la región escapular, seis a flor de piel, tres en el hombro, una en el muslo y otra más en la cara que le destrozó el maxilar superior y le vació el ojo derecho.

Las imágenes cinematográficas captadas por Guayo para el Noticiero Nacional pusieron en evidencia o corroboraron la culpabilidad de algunos de los hombres de Salabarría en los sucesos. En el documental se aprecia cómo El Turquito dispara sobre la señora Soler y Emilio Tro, hiere de pasada al chofer de este y al capitán De la Osa, ayudante del Jefe de la Policía, y fulmina al teniente Padierne, uno de los hombres de Tro. Otra escena capta a Pérez Dulzaides, teniente de la Policía Nacional, encañonando con su ametralladora a los rendidos, en especial a Tro cuando, de rodillas, trataba de levantar el cuerpo agonizante de la esposa de Morín Dopico. Dulzaides fue entrevistado en Columbia con tanta violencia que perdió el conocimiento en dos ocasiones. El cadáver del capitán Arcadio Méndez apareció en la sala de la casa, apenas empezaron a disiparse los gases lacrimógenos lanzados al interior de la vivienda.

El hecho execrable de disparar contra personas ya rendidas provocó una grave riña entre los sitiadores, ya que muchos de ellos increparon a sus compañeros por haber actuado de esa forma. De cualquier manera, el Ejército impidió que prosiguiera la matanza, exigió la entrega inmediata de las armas, y Landeira procedió a la detención de Salabarría y de no pocos agentes a sus órdenes. De inmediato el pleno del Tribunal Superior de la Jurisdicción de Guerra y Marina radicó la causa 95 de 1947 del Estado Mayor General del Ejército contra Mario Salabarría Aguiar, Antonio Morín Dopico y numerosos oficiales, por los delitos de homicidio, desorden público, atentado y daños a la propiedad. También un buen número de civiles quedaba a disposición de los tribunales ordinarios. Cucú Hernández Vega, segundo jefe de la Policía Secreta, se personó voluntariamente ante el coronel Oscar Díaz, oficial investigador de la causa, pero hubo que ordenar el arresto del comandante Meoqui Lezama por no comparecer al llamado de una citación judicial. Orlando León Lemus, El Colorado, se esfumó. En su afán de encontrarlo, el Ejército ocupó, sin éxito, el hotel Sevilla, donde se le suponía escondido, y luego la Guardia Rural lo buscó por el interior de la Isla. Se sabría después que permaneció oculto en la casa del senador Paco Prío hasta su salida clandestina hacia México.

El 16 de septiembre, 24 horas después de la tragedia, unas 3 000 personas siguieron hasta la necrópolis de Colón el cortejo fúnebre de las víctimas. Sobre las ocho de la noche, a la luz de los faros de los automóviles, terminó el sepelio. Para garantizar el orden, fuerzas del Ejército se situaron a lo largo del trayecto y rodearon el cementerio.

Antes, en la noche del propio lunes 15, al descender de un ómnibus en la calle San Lázaro, era ultimado a balazos Raúl Adán Daumy, agente del Servicio de Investigaciones Especiales y Extraordinarias que dirigía Mario Salabarría. La venganza por los sucesos de Orfila había comenzado. (Continuará)

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