Tropicana camino de sus 75

Por increíble que parezca, el cuartel de bomberos de Magoon, en la calle Zulueta, carecía de agua y los carros-bomba debían tomarla de un hidrante situado en las inmediaciones del cine Payret.

El 20 de mayo de 1925 cogía candela el edificio que albergaba el Círculo del Partido Liberal. Los bomberos no pudieron sofocar las llamas y el inmueble quedó reducido a ruinas, pese a que el Círculo se ubicaba frente por frente al cuartel. Fue un mal augurio. Ese día el Partido Liberal volvía al poder en la persona del general Gerardo Machado, que a las 12 meridiano accedía a la presidencia de la República, y aquel incendio anticipó lo que al país se le venía encima.

El escribidor trae ese hecho a colación porque ahí está el antecedente más remoto del cabaré Tropicana. En efecto, el ítalo-brasileño Víctor de Correa, que regenteara centros nocturnos en Panamá, quiso montar un cabaré al aire libre en La Habana y para hacerlo escogió las ruinas de la antigua instalación de los liberales. El nuevo establecimiento se llamó Eden Concert e hizo época, en la década de los 30, con sus grandes espectáculos. Algunos de sus artistas no demoraron en convertirse en figuras internacionales. Tal fue el caso de Rita Conde, una vedette de 17 años de edad, a quien Correa lanzó a la fama y allanó el camino de Hollywood.

Correa demostró en el Eden Concert su pericia en el montaje de espectáculos al presentar, en el mismo corazón de La Habana, producciones realmente fabulosas para aquellos tiempos. Amaba con exaltación devota a sus artistas y los seleccionaba con positivo acierto. En su pista promovió celebridades…, escribía Carlos M. Palma en su imprescindible revista Show.

Lo acompañaban en la empresa su esposa, Teresita de España, cupletera y primera bailarina; el director de orquesta Alfredo Brito y el coreógrafo Sergio Orta. Los tres lo secundarían en la aventura de Tropicana, pero ni Brito ni Orta permanecerían muchos años en el nuevo cabaré. Brito, que era un músico cotizado, viaja a Europa, forma la orquesta Siboney y asume con el tiempo la dirección musical de Tele Mundo-Canal 2. Orta también se va a Europa. Trabaja en España y en Italia. Regresa en 1956 para trabajar como coreógrafo en el cabaré Montmartre. Luego vuelve a irse a Europa, posiblemente cuando cierran ese centro nocturno como consecuencia del atentado en que pierde la vida el teniente coronel Antonio Blanco Rico, jefe del Servicio de Inteligencia Militar (SIM) de la dictadura de Batista. Regresa después del triunfo de la Revolución, avanzados ya los años 60. Viene excesivamente gordo. Pesa unas 500 libras. En el Hospital Diez de Octubre (Dependientes) lo someten a una cura de adelgazamiento que resulta exitosa, pero un cáncer termina pasándole la cuenta.

Diferente y sensacional

En Marianao, a la altura de la calle 72, había una finca de recreo propiedad de Regino Du Rapaire Truffin. La bautizó Villa Mina en honor de su esposa, Nieves Altuzarra Pérez Chaumont. Eran personas de la alta sociedad. Truffin, nacido en Cuba de padre francés, fue cónsul de Rusia en La Habana y presidente de la Cuban Sugar Corporation y del Havana Yacht Club. Las hijas del matrimonio estaban casadas, una con Clemente Vázquez Bello, presidente del Senado de la República en tiempos de Machado y que sería víctima de un atentado en 1932, y la otra con el millonario Tirso Mesa. Truffin murió alrededor de 1925, y años después Mina contrajo matrimonio otra vez con un senador norteamericano, pero volvió a enviudar enseguida: el hombre falleció durante la misma noche de bodas. Es entonces que decide arrendar la finca de algo más de dos hectáreas.

Víctor de Correa quería salirse de La Habana y buscaba un lugar retirado para lanzarse de lleno a una aventura «diferente, novedosa y sensacional». Visitó la finca y le gustó la gran mansión rodeada de un bosque tropical de maravilla; el sitio ideal para convertirlo en un oasis del placer y del juego. No lo pensó dos veces y entró en arreglo con la propietaria, que le alquiló el predio por cien pesos mensuales y con el ruego de que respetara la vegetación. A esa altura, se dice, De Correa era solo la cabeza visible del negocio: actuaba como testaferro de dos norteamericanos que no daban la cara y que eran en verdad los que decidían.

Dicen algunos que el cabaré, inaugurado en la noche de San Silvestre de 1939, se llamó en sus inicios Boite de Nuit. Una antigua empleada aseguraba haber visto en el Registro de la Patente Fiscal la inscripción del cabaré como Tropicals Night Club, pero ese documento no se ha localizado. El nombre de Tropicana —se afirma— es idea de Alfredo Brito que, a pedido de Correa, escribió una melodía con ese título para que sirviera de opening. Pero eso tampoco es seguro, pues alguien muy cercano al músico afirmó que Tropicana es el nombre de una producción que se montó en el Eden Concert

—con música de Brito, por supuesto— y que fue Orta, el coreógrafo, quien lo sugirió como nombre para el cabaré de Marianao.

Aparece Martín Fox

Martín Fox era un apuntador de terminales en su natal Ciego de Ávila. Le fue bien en el negocio de la bolita y ascendió de listero a banquero. Obtenía entonces el grueso de los beneficios, pero corría los mayores riesgos. Capeó todos los temporales y no demoró en convertirse en el mayor bolitero de la región. Su «banco», en la calle Independencia, la principal arteria comercial de la ciudad, era frecuentado por gente de todos los sectores sociales que apostaban a la bola o compraban billetes de la Lotería Nacional. Llegó a ser tan popular que pudo haber aspirado a la alcaldía avileña, pero prefirió instalarse en La Habana. Aquí empezó a ser conocido como el Guajiro. Quizá quisieron ofenderlo con el mote, pero Fox lo agradeció, porque un apodo resultaba conveniente en el terreno peligroso en que se movía. Para dificultar que la Policía le echara el guante, no dio a su «banco» ubicación fija. Se movía continuamente y no demoró en controlar la bolita en Centro Habana y en hacerse dueño de una red de garitos.

En 1943 se sintió suficientemente fuerte para adquirir una participación en Tropicana, abierto entonces a concesionarios individuales. Alquiló dos mesas en el casino, una de monte y la otra de bacará. La II Guerra Mundial había provocado la disminución de la corriente turística hacia la Isla. Los 126 000 visitantes de 1941, se redujeron a 12 500 en 1943. La situación del casino de Tropicana no era boyante, pero a Martín Fox no le importó. Se complacía, por el momento, con lo logrado, y hábil como era, había sabido hacerse de una clientela fiel para aquellas dos mesas, que pese a la baja turística le reportaban ganancias decentes.

Víctor de Correa, en cambio, no se sentía nada feliz con la marcha del centro nocturno. Una tarde, abrumado por las deudas y los sablazos de oficiales de la Policía y el Ejército a los que pagaba porque dieran protección al cabaré, decidió vender a Fox la concesión del casino por 7 000 pesos. El astuto avileño aceptó la oferta. Andando el tiempo compró el terreno a su propietaria, mientras que Víctor de Correa quedaba como dueño del cabaré.

Lo que sigue es una historia confusa, no clara del todo incluso para los que la conocieron en su momento. El cronista Rafael Lam la refiere en su libro sobre Tropicana; aun así no quedan claros sus detalles al escribidor.

Según Lam, De Correa decide jugarle una mala pasada a Fox, con quien sigue en deuda. Entra en contacto con Rolando Masferrer y al amparo de las ametralladoras de sus gánsteres se lleva de Tropicana el monto de lo recaudado en los diez días precedentes. Fox no queda con las manos cruzadas, y paga con la misma moneda, ametralladoras incluidas. Hay un choque de trenes, pues Fox decide entonces apropiarse del cabaré a cuenta de los 92 000 pesos que le debe Correa. Ganó el más fuerte, y Correa quedó liquidado.

Vuelven las vacas gordas

El escribidor lo dice sin rodeo. Fue Martín Fox quien hizo grande a Tropicana. No es hasta 1950 cuando Fox se convierte en único propietario del establecimiento. Ya en 1949 el antiguo bolitero de Ciego de Ávila era todo un potentado.

Fox decide entonces reformar el cabaré. Contrata para ello a la firma de arquitectos de Max Borges e hijo. Tropicana se transforma. Se crean las pasarelas aéreas, que permiten a las bailarinas evolucionar entre las copas de los árboles. Se construye el salón Arcos de Cristal. Se mejora y embellece el salón Bajo las Estrellas. Max Borges hijo —Maxito— obtiene por este trabajo la Medalla de Oro del Colegio de Arquitectos en 1953.

Desde 1949 las vacas gordas vuelven a Tropicana. Se juega en grande en el centro nocturno. Hasta en el parqueo se colocan máquinas traganíqueles y bingos para sacarles dinero a los choferes mientras esperan por sus patronos. En 1954 se amplía el Casino, y el Salón Dorado, abierto las 24 horas, se convierte en un lugar popular al que se puede entrar en mangas de camisa. También funciona un banco de bolita que sigue los resultados de la lotería de Miami.

Una parte de la ganancia de la bolita va a parar a manos del jefe de Policía de la demarcación. Pero Martín Fox se mueve alto. Tiene dos grandes protectores, a los que beneficia con largueza: el coronel y luego general Roberto Fernández Miranda, cuñado de Batista, y el coronel Orlando Piedra, jefe del Buró de Investigaciones de la Policía Nacional, el hombre a quien Batista confía su seguridad. Al dictador, a través de Fernández Miranda, envía Fox

10 000 pesos a la semana.

Quedaba fuera del reparto de utilidades el teniente coronel Blanco Rico. Una tarde, buscando su tajada, el jefe de la Inteligencia del Ejército llegó a El Dorado, puso a empleados y clientes contra la pared y alegó que ese local no pertenecía a Tropicana. Todo se arregló en familia, y Fox decidió mandar a unir los dos edificios con una placa en forma de sombrilla.

¿Y Correa?

Decía Armando Romeu, director de la orquesta de Tropicana: Correa no pudo soportar el dolor de perderlo todo, especialmente el cabaré, fruto de años de esfuerzo. No pudo superar el golpe ni la forma abrupta en que Fox le situó las ametralladoras para volarlo por los aires, con cabaré y todo.

Correa se convirtió en representante de Los Chavales de España. Es la primera orquesta española que actuó en EE.UU., en el Waldorf Astoria, el más reputado hotel de Nueva York entonces. Pero —escribe Carlos M. Palma— «las desilusiones y la pérdida de Tropicana ya habían lacerado su corazón y muere en Nápoles, cuando abrigaba la esperanza de traer a Cuba el Follies Bergères, de París».

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