Mojica en La Habana

La escritora cubana Dulce María Loynaz —premio Miguel de Cervantes, 1992— dice en sus memorias que el actor y cantante mexicano José Mojica hizo perder la razón a los habaneros durante su visita de finales de 1931. «Para ensalzarlo o vituperarlo, ningún artista ha levantado aquí clamor semejante», precisa la autora de Jardín y Últimos días de una casa, mientras que el llamado Valentino de la ópera escribiría por su parte: «Si tuve grandes alegrías en La Habana, también sufrí grandes dolores».

Aclara la Loynaz que ella permaneció al margen de todo aquello. Nunca, ni entonces ni después, le interesaron los cantantes y tenía ciertamente cosas más importantes en las que pensar. Un primo suyo empezaba a cortejarla y era, a su juicio, más gallardo que el mexicano. «De Mojica ni siquiera había visto las películas. Y lo tenía por persona vana y superficial».

Llegarían, con el tiempo, a conocerse personalmente. Ni el artista ni la poetisa eran ya las mismas personas. El hombre que había ganado una fortuna con sus películas y sus conciertos, se ordenaba sacerdote y hacía voto de pobreza. Dulce María rompía su matrimonio con el primo y se dejaba cortejar por el cronista social Pablo Álvarez de Cañas, que moría de amor por ella desde que vio su retrato en un periódico. Pablo soñaba con que aquel romance terminara en boda, posibilidad impensable para la poetisa. Aun así emprendieron juntos un viaje por América Latina. Al llegar a Perú, quiso Álvarez de Cañas saludar a Mojica —ya fray José Francisco de Guadalupe, internado en el convento de La Recoleta, casi inaccesible en aquellas tremendas soledades andinas. El concepto que de él se hiciera la creadora de Carta de amor al rey Tut Ank Amen cambió radicalmente. «Tan rectificado fue, y tal impresión me hizo en esa única visita, que puedo decir ahora que fueron sus palabras las que más pesaron en mi vacilante voluntad de casarme con Pablo».

Una amistad fraternal unió a los dos hombres y esa relación duró hasta la muerte, ocurrida con solo días de diferencia entre los dos.

Escribe la Loynaz en Fe de vida: «Entre las cartas que todavía llegaron a su nombre después de fallecido Pablo, estaba una de fray José de Guadalupe Mojica, que incluía su última foto dedicada a él. En ella aparecía en una silla de ruedas, aún sonriente, y cuando la recibí los dos estaban muertos».

¿Quién iba a decirle a Dulce María, en 1931, cuando los caminos de ambos se hallaban tan distantes, que sería ella la encargada de recibir el mensaje póstumo de Mojica? Estaba el mexicano en aquel lejano año en la cúspide de la fama. Su voz era hermosísima y sus piernas, una de las cuales le sería amputada, saltaban ágiles. La gente formaba largas filas al frente de su hotel o su teatro solo para verlo escapar rápidamente cuando salía, si no se escabullía antes por una puerta secreta.

Más de una vez, durante su estancia habanera, los agentes del orden tuvieron que protegerlo del entusiasmo del público, y más de una vez tuvo que castigar él mismo con sus recios puños la insolencia de algunos que llevaban su torpeza o su malignidad demasiado lejos, acota la poetisa y añade que fue una suerte de locura colectiva la que se adueñó de los habaneros durante la estancia de José Mojica.

La voz de oro

En ese momento se le consideraba el mejor tenor de América Latina. A la maravilla de su voz —voz de oro, como se decía en ese tiempo— unía su tipo de galán latino que, a partir de Rodolfo Valentino, exigían los cánones melodramáticos de la época. Su carrera cinematográfica comenzó en 1928 con películas habladas y cantadas en español, como Ladrón de amor y El precio de un beso.

El afamado compositor y pianista Ernesto Lecuona lo contrató para que viniera a La Habana. Se conocieron en Hollywood. La Metro Goldwyn Mayer había solicitado al cubano que colaborara en la musicalización de Canción de amor, filme protagonizado por el barítono Lawrence Tibbett y la actriz mexicana Lupe Vélez, y en la que participó la orquesta de los Hermanos Palau y cantantes y bailarines cubanos. Lecuona intimó con Mojica y respondió a la invitación del astro mexicano de que lo visitara en la mansión que se había construido en Santa Mónica. Allí, valiéndose del gran piano de cola que había en la sala de estar de la casa, hizo el compositor una audición memorable de su obra. En un aparte, Lecuona le dijo a Mojica: «Tienes que ir a Cuba. Tendrás un éxito enorme». Le ofreció mil dólares por cada concierto en La Habana. Era una buena suma para una época de crisis económica, y Mojica aceptó encantado la oferta pues necesitaba plata para apoyar el movimiento de los cristeros. Vendría junto al notable pianista Troy Sanders, quien lo acompañaría en sus presentaciones. Partieron del puerto de Veracruz con destino a la capital de la Isla. Su llegada despertó un entusiasmo poco visto antes.

Escribió el tenor en sus memorias: «Desde mi arribo advertí que tenía que enfrentarme a un público amigo al que debía tratar de manera especial. La recepción que me preparó Lecuona fue sensacional. Tenía que entregarme, sin reservas, a un público entusiasta. La seriedad y compostura no encajan con los cubanos, que aman la confianza, la franqueza, y se interesan por la persona. Me lo había advertido Esperanza Iris cuando me refería el trato familiar y cálido que le daban en toda la Isla».

Para el 14 de diciembre se programó su primera presentación en el Teatro Nacional, hoy Gran Teatro de La Habana. Se dice que era materialmente imposible atravesar la esquina de Prado y San Rafael, en Centro Habana, donde se encuentra el coliseo y que el cercano Parque Central estaba totalmente invadido de público y policías. Las lunetas se vendían a tres pesos, un precio subido dada la situación del país. El teatro estaba lleno a reventar. Parecía que la gente había perdido el miedo a concurrir a lugares públicos en aquellos días cuando se recrudecía la oposición a la dictadura del general Gerardo Machado y el régimen extremaba la represión y los grupos revolucionarios detonaban bombas y petardos y hacían funcionar la escopeta recortada. Pero todo el mundo quería ver y oír a Mojica, y el automóvil que lo transportaba debió desplazarse con sumo cuidado en medio de un mar de gente que aplaudía, gritaba y exigía ver al cantante.

A las nueve en punto salió Mojica al escenario. Una verdadera tempestad de aplausos lo arropó durante largos minutos. Al fin empezó la música: Peri, Cavalli, Cimara, Gounod… La parte inicial del concierto transcurría de maravilla cuando desde el escenario el tenor comenzó a ver que la gente se levantaba y salía apresuradamente. Tosía y gesticulaba, y se cubría la nariz con pañuelos. Apuntó en sus memorias: «Hasta mí llegaba el picante olor de las bombas lacrimógenas».

No eran tales. Se trataba de las llamadas bombitas de peste, rústico adminículo que se elabora con la flor de pedo que al reventarse produce un olor nauseabundo y que, de hacerse en una habitación cerrada, invade poco a poco todo el espacio, se mantiene en el ambiente durante largos minutos e impregna el olfato de quien le tocó olerla. El concierto debió ser suspendido. Cuando se reanudó, la atmósfera estaba aún viciada por lo gases. Sanders ejecutó a Zeckwer y el estadio Staccato, de Rubinstein, y Mojica prosiguió con obras de Duparc, Massenet, Chausson, Head y otros.

La calma parecía haberse restablecido.

Cuando me vaya

Un momento importante de los conciertos de Mojica en La Habana fue su interpretación de María la O, zarzuela de Ernesto Lecuona. Nunca antes había sido cantada por voz masculina ya que solamente las sopranos la habían dado a conocer. Mojica la interpretó en un arreglo especial hecho por él, con recitados y declamaciones que la hacían propia para voz varonil. «Por ello recibí, dijo el tenor, una de las más grandes ovaciones de mi vida, y esa noche María la O —que vocalmente ofrece dificultades y agudos iguales a la más escabrosa aria de ópera— quedó para siempre en el gusto del público cubano; digo para siempre porque hace un cuarto de siglo que la canté y todavía se escucha diariamente».

El día 16 de diciembre volvió Mojica al escenario del Nacional con obras de Pergoilessi, Erlanger, Chaminade, Donizetti… Sanders acometió a Debussy y a Turina. El tenor cerró con canciones folclóricas y anónimas, y para finalizar interpretó Cuando me vaya, de María Grever.

El 20 de diciembre, Mojica ofreció una audición popular con canciones mexicanas y cubanas. Ese día Lecuona interpretó, a dos pianos con Sanders, sus piezas La comparsa y Danza lucumí. Hubo conciertos el 25, el 26 y el 28, y el 30 fue de homenaje y despedida al artista visitante.

Historiadores cubanos no han esclarecido nunca las razones que motivaron la maloliente interrupción del primer concierto de Mojica en La Habana. A diferencia de la bomba que le pusieron a Caruso en el propio Teatro Nacional, en 1920, nadie se proclamó autor del hecho en los más de 80 años transcurridos desde entonces. No existen sospechas siquiera.

El propio tenor explicó en sus memorias los posibles motivos: «Había intereses que resentían perjuicios con el artista que dejaba sin público los demás teatros; empresas cinematográficas que creían necesario desacreditar y aun calumniar al que les causaba pérdidas; periodistas sin ética profesional que esperaban gratificaciones de mis empresarios y que, por no obtenerlas, escribieron artículos llenos de sátira y malicia».

«Hubo caricaturas que, a más de bobas, eran insultantes. El remedio que me propusieron para acallar los comentarios, era peor que la campaña de calumnia. Debería yo abofetear en público a cierto periodista; correr una aventura amorosa con cualquier mujer casada; jugar grandes sumas en casinos clandestinos; organizar juergas y visitar casas de mala nota. Debía ser admirado como hombre mundano, no como artista de buenas costumbres».

Hay algo cierto. Con la excepción de Pablo Álvarez de Cañas, cronista social del periódico El País, la prensa le hizo imposible la vida a Mojica durante su estancia en La Habana.

Solamente una vez

En 1941, en San Miguel de Allende, Guanajuato, fallece doña Virginia, la madre del tenor. José Mojica, en plenitud de su carrera, abandona entonces la vida artística e ingresa en un convento. Se dice que en tales circunstancias Agustín Lara le dedica su bolero Solamente una vez. Dos años más tarde recibe las órdenes menores y, después de hacer el noviciado, se ordena sacerdote.

Murió en Lima, el 20 de septiembre de 1974, a los 79 años de edad. Actuó en el cine, con la debida autorización eclesiástica, prácticamente hasta el final de su vida.

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