Una tarde en Kuquine - Lecturas

Una tarde en Kuquine

Esta semana el escribidor estuvo en Kuquine, la finca de recreo del dictador Fulgencio Batista, convertida ahora en un centro de descanso y recreación. Tras el triunfo de la Revolución, el predio, con el nombre de Libertad, pasó al Ministerio de Educación, y su casa principal fue sede, sucesivamente, de un instituto tecnológico, una escuela primaria y una escuela especial y también, por no dejar de ser, sirvió como albergue a familias que quedaron sin techo. Un buen día, la dirección provincial de Alojamiento decidió convertirla en un sitio de recreo y esparcimiento. Por un precio módico en moneda nacional puede el cubano disfrutar de sus instalaciones, incluida su fabulosa piscina.

Desconoce quien esto escribe cuándo Batista adquirió esta finca de 17 caballerías de extensión enclavada al borde de la Autopista del Mediodía y que queda encerrada entre la Carretera Central, la carretera de Cantarranas a Entronque del Guatao y la vía que corre de San Pedro a Punta Brava. Debe haberla comprado a fines de su primer período de gobierno (1940-1944), tal vez cuando llevaba ya relaciones extramaritales con Martha Fernández Miranda y estaba a punto de divorciarse de Elisa Godínez, la mujer que lo había acompañado desde mediados de los años 20, cuando no era más que un modesto soldado, y con la que tenía tres hijos: Mirta de la Caridad, Fulgencio Rubén y Elisa Aleida.

El divorcio de Elisa, por división de gananciales, costó a Batista 11 millones de pesos, con lo que la señora se convirtió —aseguraba la crónica social— en una de las mujeres, con fortuna propia, más acaudaladas de América Latina. Enseguida —28 de noviembre de 1945— y en la propia capilla de la finca contrae el ex presidente matrimonio con Martha, una muchacha humilde de Buenavista, en Marianao, a la que doblaba tranquilamente la edad. Las circunstancias en que se conocieron no están precisadas. Una versión sobre ese encuentro asegura que ella, que iba en bicicleta, fue atropellada por el automóvil presidencial que llevaba a Batista a bordo. Asumió el Presidente los gastos de hospitalización y visitó a la muchacha en la clínica. Simpatizaron y empezaron a verse en secreto. Pero esa historia no es cierta. Si lo fuera, Roberto Fernández Miranda, hermano de Martha, la habría referido en sus memorias, en las que no ofrece explicación alguna sobre el inicio del romance. De cualquier manera, Martha, en la intimidad, llamaba Kuqui a Batista y de ahí Kuquine. Ella sería la dueña y señora de la finca y con su ambición desatada y desmedida ejercería un influjo nefasto en la ejecutoria pública de su marido, como si Batista, carente de cualquier freno ético, necesitara de influencias en su maldad.

En Kuquine se gestó el golpe de Estado del 10 de marzo de 1952. De allí salió Batista ese día para meterse en el campamento militar de Columbia y apoderarse así de la República. Fue en la biblioteca de Kuquine donde, el 17 de diciembre de 1958, el embajador norteamericano comunicó formalmente al dictador que Washington le retiraba su apoyo y le pidió que saliera del país cuanto antes. Y en la propia biblioteca, ya en la noche del 31 de diciembre de 1958, tuvo lugar la última de las entrevistas entre el mandatario, que ya empezaba a dejar de serlo, y el mayor general Eulogio Cantillo con el fin de orquestar la maniobra con la que se pretendió frustrar el triunfo de la Revolución.

Los peores planes se fraguaron en el ambiente bucólico y tranquilo de Kuquine. Entre otros muchos bustos y estatuas, la imagen de bulto de una grulla con la pata de palo se alzaba en los jardines de la finca sobre un pedestal de honor. El inocente palmípedo, sacrificado —decía Batista— al revanchismo de sus adversarios, fue el símbolo de los batistianos en la farsa electoral de 1954. El grito de «la grulla no morirá» expresaba claramente la intención del dictador de permanecer en el poder por tiempo indefinido o hasta que el pueblo lo expulsara.

Complejo de Napoleón

El visitante traspasa el portón de entrada, con sus muros de cantería, camina unos pocos metros y se topa con un espejo de agua, ahora en proceso de recuperación y el pequeño edificio donde radicó la capilla. Más alejada se halla la casa de vivienda con sus tejas rojas y portales y terrazas con techos de maderas preciosas y columnas de caoba labradas.

José Díaz, el mayordomo, declaró en enero de 1959 que esa mansión no llegó a inaugurarse y que tampoco se amuebló completa. Algunos objetos originales de la casa —muy pocos— han vuelto a la residencia. Los empleados de Kuquine hablan de sus 12 dormitorios, todos con cuarto de baño individual, y señalan sin vacilaciones la habitación privada de Batista y Martha —la única con balcón, y marcada hoy con el número 8.

Lamentablemente ninguno de ellos puede indicar al visitante cómo los primitivos inquilinos distribuían el inmueble, aunque hablan del pasadizo subterráneo que conectaba la mansión con la casa del cuñadísimo Roberto Fernández Miranda, a un kilómetro aproximado de distancia, en el propio perímetro de la finca, y de otro túnel, más improbable aun, que conducía a la sede del Estado Mayor Conjunto en la Ciudad Militar de Columbia. Galerías que, por supuesto, nadie ha visto y que no parecen existir sino en la imaginación.

Contaba Kuquine con una sala de música y otra para proyecciones cinematográficas. La sala de estar estaba amueblada y decorada al estilo Luis XV. Desiste el escribidor de su pretendido guía y vaga solo y sin rumbo por la casa. Recuerda fotografías originales de la mansión que dio a conocer la prensa a comienzos de la Revolución y cree adivinar el espacio que ocupó el llamado Patio de los Héroes, donde alguna vez se alzaron las estatuas de José Martí, Simón Bolívar, Máximo Gómez, Abraham Lincoln y otros próceres americanos, mientras que sobre una de las estanterías de la biblioteca sobresalían entre otros los bustos de Ghandi y Churchill, Juana de Arco y Dante, Rommel y Stalin.

Ese patio se ubicaba entre las dos alas de la biblioteca que se utilizaba además como sala de conferencias y reuniones. Una bien nutrida colección de libros donde no faltaban títulos de los poetas de la revista Orígenes y de la generación de los años 50, aunque lo más probable es que nunca fueran leídos por su propietario, tras el triunfo de enero fue a parar a la Biblioteca Nacional. En una vitrina, también en la biblioteca, Batista conservaba las condecoraciones e insignias militares de sus días de jefe del Ejército (1933-1939). Un estante, situado tras su escritorio y bajo una foto que lo mostraba en su época de oscuro sargento, guardaba decenas de ejemplares del libro titulado Un sargento llamado Batista, de Edmond Chester, y de otro, Batista y Cuba, de Ulpiano Vega Cobielles.

En un lugar de honor se mostraba un ejemplar de Vie Politique et Militaire de Napoleón, de A. V. Arnault, edición de 1822, un estuche con el telescopio que usó el Emperador en su cautiverio de Santa Elena y dos pistolas que pertenecieron al vencedor de Austerlitz. Batista tenía —se dice— complejo de Napoleón. En sus charlas íntimas se refería al 4 de septiembre como un 18 Brumario y aludía al golpe del 10 de marzo como un regreso de la isla de Elba.

Un pequeño espacio de la casa de Kuquine fue bautizado como el cuarto de los tesoros. Allí se guardaban objetos de plata y porcelana, relojes, cuchillería, vajillas y bandejas, estatuillas y objetos de arte de todos los estilos y épocas valorados en más de 300 000 pesos equivalentes a dólares.

Faltaba aún lo mejor. En un cuarto de desahogo, sepultadas por una montaña de libros viejos y empolvados, aparecieron en enero de 1959 cinco cajas de madera. Contenían 800 alhajas valoradas en dos millones de pesos; gargantillas de diamantes, crucifijos de plata, brazaletes de oro puro, relojes de las mejores marcas, algunos de ellos diseñados especialmente para Batista con incrustaciones de brillantes en las esferas, broches, relicarios, abanicos de marfil… El indio fue el símbolo de Batista. Una sortija de oro puro, con la efigie de un indio, apareció entre las joyas escondidas. Piedras preciosas adornaban la cabeza de la figura que lucía además los colores de la bandera del 4 de Septiembre. Joyas que, al decir de una de las sirvientes de la casa, «la Señora tenía como de menos valor porque las más valiosas las llevó a Nueva York mucho antes».

300 millones

¿Cuánto robó ese hombre que en 1933, como sargento taquígrafo del Ejército, devengaba un sueldo de 19 pesos mensuales y que luego, como general retirado recibía una pensión de 400? ¿Bastaban para cimentar su fortuna los 12 500 pesos mensuales que en su segundo mandato (1952-1958) ganaba como Presidente de la República? ¿Cuánto logró sacar de la Isla en su huida? En 1969, una revista británica lo conceptuó como el hombre más rico de España, donde residía entonces.

Especialistas calculan que en 1958 la fortuna de Fulgencio Batista rondaba los 300 millones de pesos equivalentes a dólares, capital que —dice Guillermo Jiménez en su libro Los propietarios de Cuba— se ramificaba por unas 70 empresas, algunas de las cuales no aparecían a su nombre pues se enmascaraban —puntualiza Jiménez— tras una tupida telaraña de testaferros, intermediarios, cómplices, socios y abogados. Era propietario único o accionista de nueve centrales azucareros, del Banco Hispano Cubano, de una papelera, de empresas inmobiliarias, de empresas constructoras, de industrias de materiales de la construcción… Dueño de periódicos y revistas, del Canal 12 de la TV, de varias emisoras de radio. También del motel Oasis, en Varadero, y el hotel Colony, de Isla de Pinos, y del centro turístico de Barlovento (actual Marina Hemingway). Era el mayor accionista privado de Cubana de Aviación y propietario de otras dos empresas de transporte aéreo. Quiso y casi logró monopolizar el transporte por carreteras y controlaba en buena medida el transporte urbano en la capital…

Afirma Jiménez en su libro aludido que, sobre todo, en su segundo gobierno, que costó miles de muertos, Batista se convirtió en uno de los hombres más ricos de Cuba, y en el mayor ladrón, asegura, por su cuenta, el historiador Newton Briones Montoto. Satisfacía su desenfrenada ambición en detrimento de la atención que debía prestar a los asuntos de Estado. Se aprovechaba de manera asombrosa de la política de financiamiento de instituciones bancarias estatales, recibía dinero del juego prohibido y «multaba» a los empresarios que acometerían alguna obra pública con el 30 por ciento del dinero que recibían del Estado.

Con parte de ese dinero se engrandeció Kuquine, la finca de Batista convertida ahora en un centro de recreación y descanso para disfrute de la población.

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