Matemáticas, béisbol y astros

Cualquier similitud de los personajes ficticios en este relato con individuos reales sería una coincidencia fortuita.

Paneque es un amigo mío, narrador por radio y comentarista deportivo muy popular por sus dicharachos y ocurrencias, a veces muy disparatadas, pero siempre graciosas, y a menudo inteligentes cuando versan sobre béisbol. Entre las extravagancias suyas que nadie imaginaría, destaca una fuerte afición por la astrología que pocos conocen, y yo entre ellos, por razones que aquí no cabe referir.

Este singular personaje, durante un panel televisado de gran audiencia, opinó que el pelotero Osmani Urrutia, un guajiro fortachón de Las Tunas que durante siete años logró batear seis veces por encima de 400 quedaría en el Hall de la Fama como el bateador más destacado en la historia del béisbol cubano.

Aquello suscitó objeciones entre varios especialistas.

Un conocido crítico de la TV habanera opinó:

—Pane tiene razón, pero a mí, Urrutia no me convence.

Y Paneque, al ver los cabezazos aprobatorios de varios panelistas reaccionó con su habitual pasión:

––Concho, caballeros: ¿cuánto hay que batear para convencerlos a ustedes? ¿600? ¿800?

––Es que tú te confías demasiado en las estadísticas, Paneque; y no se puede ser tan absolutista.

Un prestigioso narrador metió su cuchara con una perogrullada:

––Es que los averages no son más que números, Pane.

Y Paneque, ofuscado ante tamaña pamplina replicó con una ironía demasiado agresiva:

––Chocolate por la noticia, Fulano; pero ¿tú no te das cuenta de que todo en esta vida son números: ¿cuánto ganas?, qué hora es, piso cuatro, quinto infierno, figúrate: en esta vida todo es número.

––Eso lo dirás tú.

––Yo y Pitágoras ¿nunca oíste hablar del tipo?

Aquella réplica tan oportuna me aportó el tema para una evaluación oral sobre «técnica de la cuentística», al final de un seminario a mi cargo en la Facultad de Filología.

Resumí la anécdota en unas pocas líneas, las imprimí, y para no condicionar las respuestas, me cuidé de no mostrar simpatía ni rechazo ante la afirmación final de Paneque. Luego di a los alumnos cinco minutos para pensar sus respuestas. Pretendía captar hasta qué punto habían entendido el valor literario de la concisión, la sugerencia, el iceberg de Hemingway, el didactismo, las reiteraciones y otros rasgos de los paradigmas y defectos que yo les mostrara en obras de Chejov, Maupassant, Quiroga, Poe.

Uno de los examinandos, un cabeza hueca preguntón de boberías, objetó la afirmación de que «todo es número», y hasta intentó echarlo a chacota:

––Vaya, profe, nadie puede aceptar que se valore con números la música o el amor.

Y yo le sugerí pensar en la Novena Sinfonía, una octava disminuida, la voz segunda, y le recordé la relación estrictamente matemática existente entre la longitud y grosor de una cuerda y la altura de los tonos musicales que esa cuerda emite.

Sobre el amor, aquel racionalista de Perogrullo me dijo tantas sandeces que yo, como Paneque, también me descontrolé un poco y le repliqué con excesiva mordacidad que un encuentro erótico semanal de 30 segundos o la capacidad repetitiva de un amante reducida a cero, lo descalificarían ante sus parejas; pues con tan pobres rendimientos numéricos, se va a bolina toda la espiritualidad de cualquier relación, por satisfactoria que sea.

Luego, una gordita objetó el ejemplo del «quinto infierno» porque en este país, millones de personas no creen en ninguno. Y ese criterio me permitió recordarle que en la Divina Comedia, la numeración de los círculos del único infierno aceptado en toda la Europa cristiana contemporánea de Dante, categorizaba con precisión la gravedad de los pecados.

Días después de aquella evaluación, yo referí la disputa entre los comentaristas deportivos a Mario Pastrana, un ex vecinito mío que ví crecer y quiero como a un hijo. A los 25 años Mayito resultó un admirado docente universitario y teórico de las matemáticas, entre cuyas investigaciones figuró una rigurosa valoración analítica de los averages beisboleros; pero amén de interesarle el béisbol como objeto de investigación científica, Mayito es un fervoroso fan del equipo de Matanzas y fiel escucha nocturno de la Serie Nacional. Y digo escucha porque prefiere oír los juegos narrados por radio a verlos televisados. Aduce que al acostarse y cerrar los ojos ve más que en la pantalla; y que las excentricidades, dicharachos y discusiones de Paneque lo hacen reír y le sirven de analgésico contra el cansancio de su arduo trabajo investigativo.

Así las cosas, un día Mayito me pidió que le presentara a Paneque. Quería verle la cara. La desconocía por no mirar casi nunca programas televisados; y sobre todo, aspiraba a obtener de su indudable conocimiento del béisbol, algunos datos técnicos imprescindibles para su investigación. Y yo, para complacerlo  se lo puse a Paneque por las nubes como genio matemático, y hasta le mentí que Mayito había oído la polémica con sus colegas panelistas y le daba toda la razón. Y terminé por pedirle que aceptara una invitación a cenar con Mayito y responderle unas preguntas sobre el béisbol. Paneque no cabía en su ropa al saber que un docente universitario y genio matemático hubiese avalado sus criterios sobre la universalidad de los números en la valoración de cualquier cosa. Inflado de vanidad, Paneque aceptó la invitación a cenar; pero pidió que Mayito fuera a verlo en su cabina de transmisión radial en el Estadio Latinoamericano, una de las dos noches siguientes sobre las nueve de la noche. Su idea era terminar la narración y antes de ir a cenar juntos, retenerlo un rato en el área donde se hallaban sus colegas de la TV para que oyeran los sapientísimos comentarios de Mayito sobre béisbol y números, y sobre todo, explicarles por qué él le daba la razón a Paneque en la polémica sobre el pelotero Urrutia. Y según me contó Mayito, al final de la cena en que conversaran dos horas sobre béisbol, Paneque sorprendió mucho a Mayito al preguntarle el mes, día y hora exacta de su nacimiento, que anotó en una servilleta y se echó al bolsillo sin comentarios.

Y el día 19 de junio, cuando el Doctor, Máster y supertitulado Mario Pastrana García cumplió sus 35 años, Paneque le hizo el singular regalo de su carta astral, confeccionada por un especialista en astrología, donde constaba que el cumpleañero nació bajo  el signo solar de Géminis, con la luna en Piscis y el ascendente en Cáncer. ¿Y sabía el homenajeado matemático quién había nacido también un 19 de junio bajo los mismos signos de Géminis, Piscis y Cáncer, pero no a las 6:22 a.m. como él, sino a las seis en punto de la mañana; y no en Matanzas, sino en Clermont-Ferrand, Francia y en el año de 1623?

Eso sí lo sabía Mayito. Al leer la vida y obra de Blaise Pascal, el fundador de la Teoría de la probabilidad, tan importante para el cálculo estadístico y la moderna física teórica, Mayito disfrutó compartir con él no solo la pasión por la matemática probabilística sino también su fecha de nacimiento; pero no podía imaginarse que hubiesen venido al mundo bajo los mismos signos astrales con solo 22 minutos de diferencia.

Para entregarle su obsequio, Paneque lo llamó aparte y le rogó prometerle no revelar nunca que él le había propiciado esa información. Y lo felicitó, porque tan enorme coincidencia de signos anunciaba que a Mayito le esperaba el mismo grandioso destino de una de las mentes más privilegiadas de la ciencia universal.

La noticia deslumbró a Mayito. Yo le vi sus ojos  brillantes de orgullo y ufanía; y tan insólita reacción, más propia de un místico supersticioso que de un científico como él, me indujo un comentario burlón.

Él me miró muy serio a los ojos y con cierta irritación en el gesto.

––No lo tomes tan a la ligera, viejo.

––No jodas, Mayito. No puedo creer que respetes esa superchería de la carta astral.

Y en una larga parrafada magisterial, tras levantarme dos  veces la mano para que yo no lo interrumpiese, terminó por recordarme las fases de la luna y su comprobada influencia sobre la altura y horarios de las mareas; sobre el vigor y curso de la savia en el mundo vegetal; y sobre la menstruación de las mujeres. Más de una vez había supuesto él que el sistema solar, mejor estudiado con la tecnología de la ciencia moderna, quizá pudiera fijar los rasgos más característicos de los seres vivos cuyo nacimiento en un día y hora precisos, coincidiera con determinado punto orbital de los planetas u otros astros.

––No lo doy por cierto; pero no me parece tan descabellado; y si algo deseo yo en este mundo es lograr en el campo de las matemáticas modernas, los geniales vislumbres de Pascal.

Estas no fueron exactamente sus palabras; pero fue lo que me llegó; y esa misma noche, abrazado de mi almohada, le di la razón a Mayito.

Por fin, me dormí persuadido de que es estúpido desechar una fantasía con visos de realidad posible, por lejana que sea; máxime si esa fantasía nos estimula a avanzar con valentía y probidad, en pos de una noble ambición.

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