¡Le zumba el merequetén!

o 2000. 2:00 p.m. aproximadamente. Me encontraba trabajando como jurado de la Fipresci en el Festival de Cine de Moscú. Una tarde decidí salir por mi cuenta (sin guía ni traductora) hasta las tiendas de juguetes para comprar un mono de peluche para mi nietecito; ese fue su único pedido.
Observaba detenidamente una amplia variedad en una vidriera cuando se me acercó en aquella desolada calle un joven negro con aspecto de etíope. Alto, delgado, elegante, con un traje azul oscuro satinado. Se paró cerca de mí y yo me aparté ante la presencia del desconocido. Él me dio tiempo y luego intentó un nuevo acercamiento. Su rostro negro mate no mostraba ningún tipo de expresión. Esquivé nuevamente su presencia, pero en esta oportunidad traté de tomar distancia por si se acercaba nuevamente no dejarme tomar desprevenido. Ya había escuchado una gran cantidad de historias de lo que estaba pasando en esos días en Rusia.
Me paré a un costado de la vidriera para ver un mono grande que se exhibía y el trajeado se acercó nuevamente. Parece que notó mi postura defensiva y acometió sin virar el rostro hacia mí. Justo a mi lado para poder ser escuchado. Entre dientes, sin mirarme y muy serio dijo:
— ¿Qué bolá, asere?
Lo miré. Sonreí. Se me tiró arriba como si me conociera de toda una vida y me abrazó diciendo:
— ¡Yo sabía que tú eras cubano!
Lamentablemente no recuerdo su nombre. Estaba con sus hijos y su esposa de paseo. No vivía en Moscú. Supe que era natural de Matanzas y se había quedado en la URSS cuando fue como estudiante, porque el clima le hacía muy bien para su salud de asmático crónico. Me habló de la xenofobia donde vivía; de cómo habían cambiado las cosas… de tantas cosas en unos breves 40 minutos, y nos despedimos con otro fuerte abrazo… (Juan Ramírez Martínez, Granma)
el taco y el béisbol también cumplieron su misión
Finalizaba el año 1975, la noticia sorprendió a algunos, a otros nos entusiasmó: Cuba estaba apoyando militarmente en África a la República Popular de Angola para salvar su Revolución contra una componenda internacional de grupos de poder, de la derecha interna y, sobre todo, de las tropas regulares de Sudáfrica; se pretendía aplastar la joven revolución mediante la invasión directa.
El ejemplo del Che y sus compañeros dejó en una buena parte de los jóvenes cubanos deseos de participar en una misión internacionalista de combate. En mi caso ya había firmado la disposición de ayudar a los vietnamitas, pero era muy joven, no me tuvieron en cuenta. Esta vez logré enrolarme en el Comité Militar de Plaza presentándome voluntariamente. Pertenecía a la Reserva, pero mi unidad no estaba en planes de movilización; me aceptaron sin discusión, y fui a parar a la Unidad de Artillería terrestre de los cañones 130 mm, que a la sazón se completaban plantillas allí de manera priorizada por cuanto los sudafricanos tenían unos cañones similares, de 140 mm, de largo alcance…
El 10 de enero del 1976 aterrizamos en Luanda; en horas de la tarde ya estaban allí unidades de cubanos preservando el aeropuerto, el puerto, y se combatía en el norte contra el FNLA de Holden Roberto y las tropas de Mobuto; en el centro y en el sur contra la Unita de Savimbi y los sudafricanos; había tiroteos en la ciudad, se detenía a miembros de esos grupos y de mercenarios europeos, la ciudad estaba en poder de las Fapla, existía confusión entre los ciudadanos, pero la unidad y moral alta junto a las Fapla.
Nosotros, en la mayoría muy jóvenes, impresionados con todo el ajetreo del movimiento de tropas y armas, de la entrega del fusil (…), el ponernos el uniforme esa misma noche, las formaciones por pelotones o dotaciones, el proceso de creación de la UJC y el PCC en tiempo de guerra, la entrega de misiones para la defensa del campamento, todo era muy rápido...
Nos alojamos en uno de los campamentos que habían sido del ejército portugués en Luanda, solo esperábamos el armamento pesado para iniciar la gran ofensiva, pero aún demoraba unos días, quizá semanas. Mientras, cumplíamos diferentes misiones por el día, los entrenamientos, guardias, arme y desarme, limpieza de armamento, cuartel, cuidando el puerto, entre muchas más.
Nos impresionó mucho de los angolanos, cómo a las seis de la tarde, al sonar las sirenas, la ciudad se detenía durante un minuto al bajar el pabellón nacional, todos se detenían con respeto, quienes viajaban en autos, motos y camiones se bajaban, se paraban en atención hasta sonar de nuevo las sirenas. Nosotros hacíamos lo mismo con gran respeto, no se movían ni las moscas. Por otra parte, nos estábamos conociendo, comenzaba la llamada hermandad de la guerra, lo cual es cierto y muy sagrado: nos apoyábamos, nos ayudábamos, nos cuidábamos y así fue durante toda la misión.
Sin embargo, como buenos cubanos comenzaba la intranquilidad y el aburrimiento. Al tercer día en el país y tras los  primeros momentos de asombro y expectativas, surgió una forma de «matar» el tiempo de las tardes (…), y fue cuando se introdujo el béisbol en Angola, pues comenzamos a jugar al taco, forma simple de batear y fildear sin guantes y sin bate (eso otro llegaría un tiempo después). Para los africanos, parados en las cercas, era todo un espectáculo vernos con un palo y un corcho o un pedazo de madera (moldeado con cuchilla por nosotros mismos), batear y correr para atrapar un corcho.
Organizamos un campeonato interno con equipos de cuatro hombres, y las cercas, desde donde los angolanos nos observaban con curiosidad, eran el límite de los jonrones. Entre gritos y aplausos no nos dábamos cuenta de que estábamos entregándoles solidaridad y uno de los símbolos culturales más importantes de la cubanía...
Unos días después comenzaba la ofensiva de las Fapla al sur del país, momento importante para la victoria, pero también comenzaba el traslado del taco y la pelota (a la mano), actividades que fuimos mostrándoles (…) a lo largo de todo el sur del país: Alto Hama, Huambo, Lubango, Hoque, Viriambundo, Cama... No fueron pocos los niños angolanos que comenzaban a imitarnos con sus palos como bates y los corchos como pelotas; después, con la llegada de guantes y los bates confeccionados por nosotros, se iniciaba la construcción de los terrenos de béisbol (…) y los angolanos disfrutaban nuestra alegría y nuestro deporte nacional. Haciendo justicia, al escribir la historia de la Operación Carlota para la liberación de Angola, se debe incluir este hecho histórico-deportivo-internacionalista: la entrada del béisbol en Angola en todas sus variantes (taco, chapita, a la mano y normal, con guantes y bate; al suave y al duro). Mucho nos ayudó a cumplir con la Misión de combate este detalle de cubanía deportiva. (Pedro Borrego Salado, La Habana).
fidel
Seis de la mañana y me apresto a tomar la calle; son poco más de diez cuadras para llegar al SRI, la Sala de Rehabilitación Integral que nuestro Comandante Hugo Chávez creó con la ayuda inconmensurable del amado pueblo cubano, que nos ha enviado a sus extraordinarios médicos para sanar a un pueblo por más de cinco décadas adolorido en cuerpo y alma.
Llego, la cola no es larga, apenas siete viejitos y Mirabel están antes que yo. Me siento en el siguiente puesto libre y saludo. Mirabel me mira y pregunta por mi madre, le respondo que ha mejorado inmensamente con las mágicas manos de su prometido, el gran Fidel. En este punto del relato me detengo en la sucesión cronológica para indicarles a mis pacientes lectores que Mirabel es la sobrina de Magda, una viejecita que al resbalar en la calle se dislocó su hombro izquierdo y ha necesitado rehabilitación por casi ya dos meses; Mirabel viene muy de temprano a agarrar puesto para su tía, mismo caso que el mío, ya que es mi vieja madre de 80 años quien necesita rehabilitación en su brazo derecho. Y al igual que Mirabel, también llego temprano para tomar puesto por mi madre y así no hacerla madrugar. También quiero acotar, antes de proseguir el relato, que Mirabel se enamoró perdidamente de uno de los fisioterapeutas cubanos de nombre Fidel, y están próximos a casarse.
Entra Fidel a la sala, viene a saludar a su prometida y posteriormente me saluda. Se retira, ya que debe preparar las salas para la rehabilitación de los cientos de viejitos que encontraron en esa milagrosa misión bolivariana de Barrio Adentro una panacea para lograr solventar sus casi milenarias dolencias. Entra a la sala Marcelo, un viejo chavista que necesita rehabilitación en un tobillo y me pregunta por mi muy escuálida madre —aclaro que el término «escuálido» en mi país, Venezuela, es utilizado para nombrar a un opositor visceral a nuestra amada Revolución—, le respondo que no ha de tardar en llegar, ya que casi son las siete (…). Marcelo me escruta con socarrona mirada y lanza al vuelo su habitual frase diaria: «Cómo ha de sufrir esa señora que tanto odia a la Revolución y a los cubanos (...)». En eso entra mi madre a la sala, se hace el silencio, Marcelo intuye el suceso y voltea. Mi madre lo mira con ira y lo señala para sentenciar: «Con Fidel no te metas, ese muchacho es un santo». Reímos todos los de la sala y Marcelo toma asiento.
Se inicia la danza de los adoloridos viejitos para buscar el alivio en las foráneas manos que aquí con amor los ayudan. Termina la sesión de mi madre, Fidel la acompaña hasta la puerta y la despide con un beso. Vamos juntos de regreso a la casa, después de preguntarle hasta el más mínimo detalle de su rehabilitación y de sus actuales dolores, me mira a los ojos y dice: «Creo que los cubanos no son tan malos como parecen...».
Ya para terminar la historia, Mirabel y Fidel se casaron —mi madre hasta un regalo de bodas les dio—. Ambos regresaron a Cuba, ya que el periodo de ayuda de él expiró. Y si bien mi madre aún es una recalcitrante escuálida y odia a muerte a la Revolución tanto Bolivariana como Cubana, cuando oye el nombre de Fidel, una dulce sonrisa se dibuja en su cansado rostro. (Alfredo Domínguez Fernández, Venezuela)
una ciudad entre sonrisas y lágrimas
Viví cinco años en Moscú en la década del 80 del pasado siglo con mis hijos y mi esposo. La imagen que nos construimos los jóvenes en los primeros años de la Revolución de la sociedad soviética era la de una sociedad ideal, capaz de brindar al hombre todos los beneficios de salud, de educación y de otras esferas de la vida, en la que todos estaban comprometidos con la construcción del socialismo y en la que, como dice la letra de la Internacional, el hombre del hombre es hermano. Pero el  Moscú de entonces no era exactamente así...
La película Moscú no cree en lágrimas retrata a la perfección la sociedad que me recibió en el año 1982 cuando llegué a esa ciudad. En ella se presentan los logros y beneficios sociales de la antigua Unión Soviética y a la vez la crudeza de su Naturaleza, las diferencias sociales existentes y la corrupción presente en algunos de sus funcionarios. En ella aparecen las oportunidades para el estudio y la superación que tenían los obreros y las posibilidades reales de ascender con esfuerzo y dedicación, pero también se manifiesta la emigración de grandes masas a la capital buscando otras ventajas; se muestra la convivencia en los albergues para obreros y estudiantes y su difícil régimen de vida, con las  «comandantes» bien rígidas a diferencia de las nobles «tías» cubanas de las becas de esa época. Se siente la personalidad del ruso y su carácter marcado por el clima, por las duras condiciones de asedio que han vivido en medio de la Europa occidental, y la entrega solidaria de recursos humanos y materiales a otros países.
En Moscú nunca faltan los lugares para disfrutar y aprender y mi familia hizo muy buen uso de esa posibilidad. Todos los domingos visitábamos uno de sus  grandes parques, el de la Cultura, el Sokolnik, el Ismailovo, la BDNJ, siempre en Metro, que es como mejor se llega a todos los rincones en esa ciudad. El paseo por el Metro constituye de por sí una visita a una hermosa galería con grandes obras de arte. Mis hijos, que estudiaban en escuelas rusas, visitaban como parte de su plan de estudio los museos y luego nos obligaban a nosotros, sus padres, a conocerlos. Así visitamos la casa de Pushkin, conocimos las joyas de los zares y estuvimos en la casa donde Lenin pasó sus últimos días y de donde salió su cadáver. Estuvimos en la ciudad de Sagorsk, en el único museo de juguetes de madera del país y donde se fabrican las matrioshkas. Un paseo obligado para todos los cubanos que desde la Isla llegaban, era al Kremlin y a la Plaza Roja, con su cola incluida para ver a Lenin.
En Moscú aprendí que la blanca y hermosa nieve que se describe en los cuentos, solo existe en los bosques de abedules donde la gente va a esquiar y a descansar, pero en la ciudad esta se convierte en un fanguito insoportable y sucio que se pega a las botas y prácticamente no te deja caminar.
Aprendí también de la capacidad de la mujer rusa de enamorarse con vehemencia y pasión, de ser fiel a toda costa y entregarse, sin pedir nada a cambio, al hombre que quiere. En el final de la película Moscú no cree en lágrimas la protagonista, una humildísima obrera de otra región que llegó a ser una alta y honesta funcionaria, después de muchos encuentros y desencuentros a lo largo de años se encuentra con su hombre, y aunque él no se había portado muy bien con ella, con una profunda y tierna mirada (...), le dice: «Yo te he esperado por tanto tiempo»… expresando un perdón sin límite. Así son ellas. Recuerdo que describí la película ante mis compañeros en la clase de ruso en la Academia de Ciencias de la URSS, donde realizaba mis estudios de doctorado. Cuando pensé que había terminado me dijo la profesora: —Gilda ¿y Ud. cree que ella actuó bien? Recuerdo que le dije: —Irina Maksovna (así se llamaba mi profesora), si Ud. conociera a las mujeres cubanas no me haría esa pregunta. Y no respondí. Ella sonrió y aceptó mi callada por respuesta. Salí bien.
A pesar de los más de 30 años transcurridos, con frecuencia,  cuando me preguntan si me gustó vivir en Moscú, antes de responder respiro profundo, miro a mi interlocutor fijamente y le digo: claro que sí, fue una linda e interesante experiencia, aunque te aseguro que Moscú es una ciudad que te enseña a reír, pero también te hace llorar. (Gilda Vega Cruz, La Habana).
el ritmo en la sangre
Mi amiga Nidia quiso casarse con un cubano desde siempre. Decía que había algo que no podía explicar que hacía que le fascinaran esos negros de piel y corazón lleno de ritmo y sabor.
Al fin de algún tiempo, se embarcó hacia la Isla y allá conoció a Ernesto: un hombre delgado, sonriente y con los atractivos antes descritos. Y algunos otros que nunca se atrevió a describir entre las risitas morbosas que soltaba cada vez que se hablaba de sus noches de pasión.
Pero Nidia tenía una idea fija en la cabeza: traérselo a México para presumirlo a todas nuestras amigas. Muy buena idea para Ernesto y, luego de algunos meses, pésima para Nidia, quien con celos crecientes descubrió que algunas de sus amigas también pensaban que había sido una excelente idea.
Como era de esperarse, Nidia no fue la única de mis amigas que disfrutó con los atractivos escondidos de Ernesto. El tiempo pasó y la relación se deterioró. El matrimonio no duró más de dos años y la separación llegó.
Ernesto deambuló por varios trabajos, desde cargador en un negocio de materiales de construcción hasta mesero en uno de los bares populares de nuestro rumbo.
Hasta que una noche, en el bar, a los del grupo de música se les ocurrió tocar algo de son cubano. No faltaron las alusiones al verdadero cubano que viajaba entre mesa y mesa haciendo la delicia de las miradas femeninas con sus pantalones blancos entallados. Y cuando le preguntaron si quería tocar con la banda, él tuvo que contestar con una verdad al parecer dolorosa (...): Ernesto no sabía tocar ningún instrumento. O al menos eso creía hasta esa noche.
Inútil fue negarse a toda la concurrencia que aseguraba al unísono que los cubanos traen el ritmo en la sangre. Ernesto tuvo que subir al escenario, y para evitar un ridículo de proporciones épicas, pidió la conga.
Está de más decir lo que sucedió después: Ernesto descubrió su talento musical innato. Y Cuautitlán Izcalli, el municipio donde vivo, descubrió al primer músico cubano en vivo de una calidad incomparable. Hoy el bar ha cambiado hasta de nombre. Ahora se llama Malanga Habanera. (Alexandro Arana Ontiveros, México)
¿algo que declarar?
La entrevistadora de la embajada parecía no creer que yo me estaba pagando el pasaje para ir a Francia.
—¿A qué se dedica usted aquí en Cuba?
—Yo soy vendedor de discos.
Claro, yo no quería hacerle el cuento de la buena pipa; que si mi mamá, que si mis amigos, que si frito fue y mal se cocinó. Así, otra vez volvió ella a cuestionar por qué iba yo a Europa a participar en un taller de transformación institucional siendo cuentapropista; y aunque declaré que yo era psicólogo y que hacía un trabajo voluntario en Cuba con el Foro Internacional para la Innovación Social, su rostro expresó un alto grado de desconfianza. Fue necesaria la intervención directa del director del taller para que la embajada pusiera un cuño en mi pasaporte que me dio una alegría similar a cuando fundimos la placa de mi casa.
En el avión busqué primero un poco de intercambio en vivo con mis compañeros de fila. Mi primer intento se vio frustrado con respuestas secas como: «francés», «oui», y finalmente unos audífonos terminaron con cualquier progresión de charla. A mi derecha una muchacha se mostró más interesada en mi presencia… pero un joven rubio y macizo a su lado frenó mi cubaneo. Siete horas de películas, música y ensueños transcurrieron. Ya con los pies por reventar, y obstinado del nivel de artificialidad de la nave, me quité los zapatos, y fue entonces cuando me tocaron el hombro y escuché casi en secreto:
—¿Eres cubano? Se trataba de la muchacha; tan cubana, solitaria y ávida de diálogo como yo. Conversamos y reímos mucho. En dos cortas horas me declaró sus intenciones con el viaje, sus temores y algunos de sus sueños.
Una vez superado el trauma me conduje por unos pasillos largos y rápidos, con aceleradores en el piso y, casi intuitivamente, me monté en un tren que me llevó hasta otro sistema de pasillos y carteles. Todos caminaban velozmente sin mirar para los lados, como si se tratara en Cuba de un ejercicio Meteoro con una rigurosa visita del nivel provincial. De pronto, como si hubieran leído en mi cara: «de Contramaestre», un policía me señaló, y yo comprendí al instante que ese no era el tipo de intercambio que buscaba.
—Vous avez quelque chose a declarer?
—¿Anjá?
—Do you have something to declare?
—¿Declaration? —dije como si comprendiera.
—¿Algo que declarar? —concluyó él.
—Ah… sí, cómo no... Que regreso el día siete —dije con orgullo.
—Abra su equipaje, por favor. (José Martínez Ortega, La Habana).

Yo sabía que tú eras...

Año 2000. 2:00 p.m. aproximadamente. Me encontraba trabajando como jurado de la Fipresci en el Festival de Cine de Moscú. Una tarde decidí salir por mi cuenta (sin guía ni traductora) hasta las tiendas de juguetes para comprar un mono de peluche para mi nietecito; ese fue su único pedido.

Observaba detenidamente una amplia variedad en una vidriera cuando se me acercó en aquella desolada calle un joven negro con aspecto de etíope. Alto, delgado, elegante, con un traje azul oscuro satinado. Se paró cerca de mí y yo me aparté ante la presencia del desconocido. Él me dio tiempo y luego intentó un nuevo acercamiento. Su rostro negro mate no mostraba ningún tipo de expresión. Esquivé nuevamente su presencia, pero en esta oportunidad traté de tomar distancia por si se acercaba nuevamente no dejarme tomar desprevenido. Ya había escuchado una gran cantidad de historias de lo que estaba pasando en esos días en Rusia.

Me paré a un costado de la vidriera para ver un mono grande que se exhibía y el trajeado se acercó nuevamente. Parece que notó mi postura defensiva y acometió sin virar el rostro hacia mí. Justo a mi lado para poder ser escuchado. Entre dientes, sin mirarme y muy serio dijo:

— ¿Qué bolá, asere?

Lo miré. Sonreí. Se me tiró arriba como si me conociera de toda una vida y me abrazó diciendo:

— ¡Yo sabía que tú eras cubano!

Lamentablemente no recuerdo su nombre. Estaba con sus hijos y su esposa de paseo. No vivía en Moscú. Supe que era natural de Matanzas y se había quedado en la URSS cuando fue como estudiante, porque el clima le hacía muy bien para su salud de asmático crónico. Me habló de la xenofobia donde vivía; de cómo habían cambiado las cosas… de tantas cosas en unos breves 40 minutos, y nos despedimos con otro fuerte abrazo… (Juan Ramírez Martínez, Granma)

El taco y el béisbol también cumplieron su misión

Finalizaba el año 1975, la noticia sorprendió a algunos, a otros nos entusiasmó: Cuba estaba apoyando militarmente en África a la República Popular de Angola para salvar su Revolución contra una componenda internacional de grupos de poder, de la derecha interna y, sobre todo, de las tropas regulares de Sudáfrica; se pretendía aplastar la joven revolución mediante la invasión directa.

El ejemplo del Che y sus compañeros dejó en una buena parte de los jóvenes cubanos deseos de participar en una misión internacionalista de combate. En mi caso ya había firmado la disposición de ayudar a los vietnamitas, pero era muy joven, no me tuvieron en cuenta. Esta vez logré enrolarme en el Comité Militar de Plaza presentándome voluntariamente. Pertenecía a la Reserva, pero mi unidad no estaba en planes de movilización; me aceptaron sin discusión, y fui a parar a la Unidad de Artillería terrestre de los cañones 130 mm, que a la sazón se completaban plantillas allí de manera priorizada por cuanto los sudafricanos tenían unos cañones similares, de 140 mm, de largo alcance…

El 10 de enero del 1976 aterrizamos en Luanda; en horas de la tarde ya estaban allí unidades de cubanos preservando el aeropuerto, el puerto, y se combatía en el norte contra el FNLA de Holden Roberto y las tropas de Mobuto; en el centro y en el sur contra la Unita de Savimbi y los sudafricanos; había tiroteos en la ciudad, se detenía a miembros de esos grupos y de mercenarios europeos, la ciudad estaba en poder de las Fapla, existía confusión entre los ciudadanos, pero la unidad y moral alta junto a las Fapla.

Nosotros, en la mayoría muy jóvenes, impresionados con todo el ajetreo del movimiento de tropas y armas, de la entrega del fusil (…), el ponernos el uniforme esa misma noche, las formaciones por pelotones o dotaciones, el proceso de creación de la UJC y el PCC en tiempo de guerra, la entrega de misiones para la defensa del campamento, todo era muy rápido...

Nos alojamos en uno de los campamentos que habían sido del ejército portugués en Luanda, solo esperábamos el armamento pesado para iniciar la gran ofensiva, pero aún demoraba unos días, quizá semanas. Mientras, cumplíamos diferentes misiones por el día, los entrenamientos, guardias, arme y desarme, limpieza de armamento, cuartel, cuidando el puerto, entre muchas más.

Nos impresionó mucho de los angolanos, cómo a las seis de la tarde, al sonar las sirenas, la ciudad se detenía durante un minuto al bajar el pabellón nacional, todos se detenían con respeto, quienes viajaban en autos, motos y camiones se bajaban, se paraban en atención hasta sonar de nuevo las sirenas. Nosotros hacíamos lo mismo con gran respeto, no se movían ni las moscas. Por otra parte, nos estábamos conociendo, comenzaba la llamada hermandad de la guerra, lo cual es cierto y muy sagrado: nos apoyábamos, nos ayudábamos, nos cuidábamos y así fue durante toda la misión.

Sin embargo, como buenos cubanos comenzaba la intranquilidad y el aburrimiento. Al tercer día en el país y tras los  primeros momentos de asombro y expectativas, surgió una forma de «matar» el tiempo de las tardes (…), y fue cuando se introdujo el béisbol en Angola, pues comenzamos a jugar al taco, forma simple de batear y fildear sin guantes y sin bate (eso otro llegaría un tiempo después). Para los africanos, parados en las cercas, era todo un espectáculo vernos con un palo y un corcho o un pedazo de madera (moldeado con cuchilla por nosotros mismos), batear y correr para atrapar un corcho.

Organizamos un campeonato interno con equipos de cuatro hombres, y las cercas, desde donde los angolanos nos observaban con curiosidad, eran el límite de los jonrones. Entre gritos y aplausos no nos dábamos cuenta de que estábamos entregándoles solidaridad y uno de los símbolos culturales más importantes de la cubanía...

Unos días después comenzaba la ofensiva de las Fapla al sur del país, momento importante para la victoria, pero también comenzaba el traslado del taco y la pelota (a la mano), actividades que fuimos mostrándoles (…) a lo largo de todo el sur del país: Alto Hama, Huambo, Lubango, Hoque, Viriambundo, Cama... No fueron pocos los niños angolanos que comenzaban a imitarnos con sus palos como bates y los corchos como pelotas; después, con la llegada de guantes y los bates confeccionados por nosotros, se iniciaba la construcción de los terrenos de béisbol (…) y los angolanos disfrutaban nuestra alegría y nuestro deporte nacional. Haciendo justicia, al escribir la historia de la Operación Carlota para la liberación de Angola, se debe incluir este hecho histórico-deportivo-internacionalista: la entrada del béisbol en Angola en todas sus variantes (taco, chapita, a la mano y normal, con guantes y bate; al suave y al duro). Mucho nos ayudó a cumplir con la Misión de combate este detalle de cubanía deportiva. (Pedro Borrego Salado, La Habana).

Fidel

Seis de la mañana y me apresto a tomar la calle; son poco más de diez cuadras para llegar al SRI, la Sala de Rehabilitación Integral que nuestro Comandante Hugo Chávez creó con la ayuda inconmensurable del amado pueblo cubano, que nos ha enviado a sus extraordinarios médicos para sanar a un pueblo por más de cinco décadas adolorido en cuerpo y alma.

Llego, la cola no es larga, apenas siete viejitos y Mirabel están antes que yo. Me siento en el siguiente puesto libre y saludo. Mirabel me mira y pregunta por mi madre, le respondo que ha mejorado inmensamente con las mágicas manos de su prometido, el gran Fidel. En este punto del relato me detengo en la sucesión cronológica para indicarles a mis pacientes lectores que Mirabel es la sobrina de Magda, una viejecita que al resbalar en la calle se dislocó su hombro izquierdo y ha necesitado rehabilitación por casi ya dos meses; Mirabel viene muy de temprano a agarrar puesto para su tía, mismo caso que el mío, ya que es mi vieja madre de 80 años quien necesita rehabilitación en su brazo derecho. Y al igual que Mirabel, también llego temprano para tomar puesto por mi madre y así no hacerla madrugar. También quiero acotar, antes de proseguir el relato, que Mirabel se enamoró perdidamente de uno de los fisioterapeutas cubanos de nombre Fidel, y están próximos a casarse.

Entra Fidel a la sala, viene a saludar a su prometida y posteriormente me saluda. Se retira, ya que debe preparar las salas para la rehabilitación de los cientos de viejitos que encontraron en esa milagrosa misión bolivariana de Barrio Adentro una panacea para lograr solventar sus casi milenarias dolencias. Entra a la sala Marcelo, un viejo chavista que necesita rehabilitación en un tobillo y me pregunta por mi muy escuálida madre —aclaro que el término «escuálido» en mi país, Venezuela, es utilizado para nombrar a un opositor visceral a nuestra amada Revolución—, le respondo que no ha de tardar en llegar, ya que casi son las siete (…). Marcelo me escruta con socarrona mirada y lanza al vuelo su habitual frase diaria: «Cómo ha de sufrir esa señora que tanto odia a la Revolución y a los cubanos (...)». En eso entra mi madre a la sala, se hace el silencio, Marcelo intuye el suceso y voltea. Mi madre lo mira con ira y lo señala para sentenciar: «Con Fidel no te metas, ese muchacho es un santo». Reímos todos los de la sala y Marcelo toma asiento.

Se inicia la danza de los adoloridos viejitos para buscar el alivio en las foráneas manos que aquí con amor los ayudan. Termina la sesión de mi madre, Fidel la acompaña hasta la puerta y la despide con un beso. Vamos juntos de regreso a la casa, después de preguntarle hasta el más mínimo detalle de su rehabilitación y de sus actuales dolores, me mira a los ojos y dice: «Creo que los cubanos no son tan malos como parecen...».

Ya para terminar la historia, Mirabel y Fidel se casaron —mi madre hasta un regalo de bodas les dio—. Ambos regresaron a Cuba, ya que el periodo de ayuda de él expiró. Y si bien mi madre aún es una recalcitrante escuálida y odia a muerte a la Revolución tanto Bolivariana como Cubana, cuando oye el nombre de Fidel, una dulce sonrisa se dibuja en su cansado rostro. (Alfredo Domínguez Fernández, Venezuela)


Una ciudad entre sonrisas y lágrimas

Viví cinco años en Moscú en la década del 80 del pasado siglo con mis hijos y mi esposo. La imagen que nos construimos los jóvenes en los primeros años de la Revolución de la sociedad soviética era la de una sociedad ideal, capaz de brindar al hombre todos los beneficios de salud, de educación y de otras esferas de la vida, en la que todos estaban comprometidos con la construcción del socialismo y en la que, como dice la letra de la Internacional, el hombre del hombre es hermano. Pero el  Moscú de entonces no era exactamente así...

La película Moscú no cree en lágrimas retrata a la perfección la sociedad que me recibió en el año 1982 cuando llegué a esa ciudad. En ella se presentan los logros y beneficios sociales de la antigua Unión Soviética y a la vez la crudeza de su Naturaleza, las diferencias sociales existentes y la corrupción presente en algunos de sus funcionarios. En ella aparecen las oportunidades para el estudio y la superación que tenían los obreros y las posibilidades reales de ascender con esfuerzo y dedicación, pero también se manifiesta la emigración de grandes masas a la capital buscando otras ventajas; se muestra la convivencia en los albergues para obreros y estudiantes y su difícil régimen de vida, con las  «comandantes» bien rígidas a diferencia de las nobles «tías» cubanas de las becas de esa época. Se siente la personalidad del ruso y su carácter marcado por el clima, por las duras condiciones de asedio que han vivido en medio de la Europa occidental, y la entrega solidaria de recursos humanos y materiales a otros países.

En Moscú nunca faltan los lugares para disfrutar y aprender y mi familia hizo muy buen uso de esa posibilidad. Todos los domingos visitábamos uno de sus  grandes parques, el de la Cultura, el Sokolnik, el Ismailovo, la BDNJ, siempre en Metro, que es como mejor se llega a todos los rincones en esa ciudad. El paseo por el Metro constituye de por sí una visita a una hermosa galería con grandes obras de arte. Mis hijos, que estudiaban en escuelas rusas, visitaban como parte de su plan de estudio los museos y luego nos obligaban a nosotros, sus padres, a conocerlos. Así visitamos la casa de Pushkin, conocimos las joyas de los zares y estuvimos en la casa donde Lenin pasó sus últimos días y de donde salió su cadáver. Estuvimos en la ciudad de Sagorsk, en el único museo de juguetes de madera del país y donde se fabrican las matrioshkas. Un paseo obligado para todos los cubanos que desde la Isla llegaban, era al Kremlin y a la Plaza Roja, con su cola incluida para ver a Lenin.

En Moscú aprendí que la blanca y hermosa nieve que se describe en los cuentos, solo existe en los bosques de abedules donde la gente va a esquiar y a descansar, pero en la ciudad esta se convierte en un fanguito insoportable y sucio que se pega a las botas y prácticamente no te deja caminar.

Aprendí también de la capacidad de la mujer rusa de enamorarse con vehemencia y pasión, de ser fiel a toda costa y entregarse, sin pedir nada a cambio, al hombre que quiere. En el final de la película Moscú no cree en lágrimas la protagonista, una humildísima obrera de otra región que llegó a ser una alta y honesta funcionaria, después de muchos encuentros y desencuentros a lo largo de años se encuentra con su hombre, y aunque él no se había portado muy bien con ella, con una profunda y tierna mirada (...), le dice: «Yo te he esperado por tanto tiempo»… expresando un perdón sin límite. Así son ellas. Recuerdo que describí la película ante mis compañeros en la clase de ruso en la Academia de Ciencias de la URSS, donde realizaba mis estudios de doctorado. Cuando pensé que había terminado me dijo la profesora: —Gilda ¿y Ud. cree que ella actuó bien? Recuerdo que le dije: —Irina Maksovna (así se llamaba mi profesora), si Ud. conociera a las mujeres cubanas no me haría esa pregunta. Y no respondí. Ella sonrió y aceptó mi callada por respuesta. Salí bien.

A pesar de los más de 30 años transcurridos, con frecuencia,  cuando me preguntan si me gustó vivir en Moscú, antes de responder respiro profundo, miro a mi interlocutor fijamente y le digo: claro que sí, fue una linda e interesante experiencia, aunque te aseguro que Moscú es una ciudad que te enseña a reír, pero también te hace llorar. (Gilda Vega Cruz, La Habana).

El ritmo en la sangre

Mi amiga Nidia quiso casarse con un cubano desde siempre. Decía que había algo que no podía explicar que hacía que le fascinaran esos negros de piel y corazón lleno de ritmo y sabor.

Al fin de algún tiempo, se embarcó hacia la Isla y allá conoció a Ernesto: un hombre delgado, sonriente y con los atractivos antes descritos. Y algunos otros que nunca se atrevió a describir entre las risitas morbosas que soltaba cada vez que se hablaba de sus noches de pasión.

Pero Nidia tenía una idea fija en la cabeza: traérselo a México para presumirlo a todas nuestras amigas. Muy buena idea para Ernesto y, luego de algunos meses, pésima para Nidia, quien con celos crecientes descubrió que algunas de sus amigas también pensaban que había sido una excelente idea.

Como era de esperarse, Nidia no fue la única de mis amigas que disfrutó con los atractivos escondidos de Ernesto. El tiempo pasó y la relación se deterioró. El matrimonio no duró más de dos años y la separación llegó.

Ernesto deambuló por varios trabajos, desde cargador en un negocio de materiales de construcción hasta mesero en uno de los bares populares de nuestro rumbo.

Hasta que una noche, en el bar, a los del grupo de música se les ocurrió tocar algo de son cubano. No faltaron las alusiones al verdadero cubano que viajaba entre mesa y mesa haciendo la delicia de las miradas femeninas con sus pantalones blancos entallados. Y cuando le preguntaron si quería tocar con la banda, él tuvo que contestar con una verdad al parecer dolorosa (...): Ernesto no sabía tocar ningún instrumento. O al menos eso creía hasta esa noche.

Inútil fue negarse a toda la concurrencia que aseguraba al unísono que los cubanos traen el ritmo en la sangre. Ernesto tuvo que subir al escenario, y para evitar un ridículo de proporciones épicas, pidió la conga.

Está de más decir lo que sucedió después: Ernesto descubrió su talento musical innato. Y Cuautitlán Izcalli, el municipio donde vivo, descubrió al primer músico cubano en vivo de una calidad incomparable. Hoy el bar ha cambiado hasta de nombre. Ahora se llama Malanga Habanera. (Alexandro Arana Ontiveros, México)

¿Algo que declarar?

La entrevistadora de la embajada parecía no creer que yo me estaba pagando el pasaje para ir a Francia.

—¿A qué se dedica usted aquí en Cuba?

—Yo soy vendedor de discos.

Claro, yo no quería hacerle el cuento de la buena pipa; que si mi mamá, que si mis amigos, que si frito fue y mal se cocinó. Así, otra vez volvió ella a cuestionar por qué iba yo a Europa a participar en un taller de transformación institucional siendo cuentapropista; y aunque declaré que yo era psicólogo y que hacía un trabajo voluntario en Cuba con el Foro Internacional para la Innovación Social, su rostro expresó un alto grado de desconfianza. Fue necesaria la intervención directa del director del taller para que la embajada pusiera un cuño en mi pasaporte que me dio una alegría similar a cuando fundimos la placa de mi casa.

En el avión busqué primero un poco de intercambio en vivo con mis compañeros de fila. Mi primer intento se vio frustrado con respuestas secas como: «francés», «oui», y finalmente unos audífonos terminaron con cualquier progresión de charla. A mi derecha una muchacha se mostró más interesada en mi presencia… pero un joven rubio y macizo a su lado frenó mi cubaneo. Siete horas de películas, música y ensueños transcurrieron. Ya con los pies por reventar, y obstinado del nivel de artificialidad de la nave, me quité los zapatos, y fue entonces cuando me tocaron el hombro y escuché casi en secreto:

—¿Eres cubano? Se trataba de la muchacha; tan cubana, solitaria y ávida de diálogo como yo. Conversamos y reímos mucho. En dos cortas horas me declaró sus intenciones con el viaje, sus temores y algunos de sus sueños.

Una vez superado el trauma me conduje por unos pasillos largos y rápidos, con aceleradores en el piso y, casi intuitivamente, me monté en un tren que me llevó hasta otro sistema de pasillos y carteles. Todos caminaban velozmente sin mirar para los lados, como si se tratara en Cuba de un ejercicio Meteoro con una rigurosa visita del nivel provincial. De pronto, como si hubieran leído en mi cara: «de Contramaestre», un policía me señaló, y yo comprendí al instante que ese no era el tipo de intercambio que buscaba.

—Vous avez quelque chose a declarer?

—¿Anjá?

—Do you have something to declare?

—¿Declaration? —dije como si comprendiera.

—¿Algo que declarar? —concluyó él.

—Ah… sí, cómo no... Que regreso el día siete —dije con orgullo.

—Abra su equipaje, por favor. (José Martínez Ortega, La Habana).

Vea además: ¡Qué gente, caballero, pero qué gente!

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