Remedium tremens

Sobre las aguas del Tapajoz, a 900 kilómetros de la ribera sur del Río Amazonas, al cumplir los 31 años, logré curarme de un delirio palúdico. Y al igual que cuando era un seminarista adolescente, volví a preguntarme quién era yo, por qué vivía, quo ibam, adónde iba.

Carecíamos de suficiente alimento y el fatigoso trabajo del garimpo, consistente en apalear las arenas auríferas de cualquier mínimo curso de agua, nos impedía la caza diurna. De noche, la selva virgen hospedaba numerosas serpientes venenosas y la onza, como llaman los brasileños al puma local, era ubicua en todo el territorio amazónico: ninguno de nosotros se atrevía a adentrarse en la oscuridad.

Además, avanzar siquiera cien metros entre aquella compacta masa vegetal, cuyos únicos senderos resultaban transitables solo para animales de escasa altura, requería abrirse un túnel a machetazos; algo imposible para nuestros extenuados brazos; y al atardecer, tras la escasa cena, todos caíamos rendidos en las hamacas.

Los ríos y arroyos en cambio, eran muy acogedores y piscosos; y nuestro asueto dominical lo aprovechábamos hasta muy tarde. Después del mediodía dormíamos largas siestas, y caída ya la noche, remábamos hasta encontrar ríos caudalosos, con la esperanza de arponear algún tucunaré, codiciado por las pocas espinas y su peso de hasta seis kilos de una carne blanca y sabrosa.

Los peces grandes suelen dormir en las laderas de los remansos, donde el agua es más plácida: y los pescadores nos uníamos por parejas: uno se ocupaba del arpón y la linterna, y el otro conducía el bote en el silencio nocturno del río. El de popa conducía de pie. Desechados los remos para impedir todo ruido, hundía en el lecho una pértiga. Los más diestros eran tan sigilosos que impedían todo goteo para no despertar a los peces; y cuando el bote ya se enfilaba hacia el barranco escogido, el de proa blandía su arpón con una mano, y la otra dirigía su linterna al punto donde debía encenderla. Tendido de bruces, asomada buena parte del torso sobre el agua, un segundo antes de encallar contra la costa, clic, chac, encandilaba a los durmientes subacuáticos de ligerísimo sueño y antes de la fuga, clavaba su arpón en el más robusto.

Aprendida aquella técnica resulté un buen arponero, y si no me hallaba acurrucado en la hamaca durante mis frecuentes crisis palúdicas, los sábados y domingos por la noche yo también salía en pos del preciado tucunaré y sus símiles de buen tamaño.

Un atardecer, cuando ya caía la noche, lejos del campamento, me interné con Jeca el pernambucano, por un caño que nos condujo hasta una playita donde el lunar intenso nos permitía ver con claridad la arena muy blanca a dos metros de la superficie.

En las partes más llanas de aquellas aguas mansas, casi estancadas, el fondo muy corrugado semejaba una persiana metálica.

De pronto, el hálito perfumado de la jungla, el solo de un ave que trinaba en la noche, y el claro de luna en su fulgor, me incitaron a sumergirme en el paisaje; y al saltar al agua, tuve la mala suerte de caer junto al lomo de una raya, que se curvó repentina para hundirme en un empeine su aguijón de la cola.

El fondo estaba infestado; pero como son muy sordas dormían bajo la arena en mimético reposo sin oír nuestro bogar silente.

Las despertó el estrépito de mis pies sobre la arena. Eran grandísimas y según Pernambuco, de las más venenosas.

Durante unos segundos no sentí el dolor del aguijonazo, y al inclinarme sobre la borda, pude ver un par de ellas desenterrándose y aletear para alejarse sin prisa a ras del lecho fluvial. La arena se derramaba ahora de sus lomos fugitivos y enturbiaba las aguas.

En esa ocasión, Jeca olvidó instruirme sobre algo que no ignoran los bañistas habituales de las playas amazónicas; y es que al entrar a un río y caminar sobre su lecho abundante en rayas, uno debe arrastrar los talones. Según dicen, ellas captan a una distancia de varios metros las vibraciones sobre la arena, y tras abandonar su tapujo, se alejan en silencio. Nuestros pasos, en cambio, amortiguados por el agua, no les son perceptibles hasta tenerlos muy cerca; y entonces, mediante súbita pirueta, arquean la cola en cuya punta disponen del aguijón urticante que clavan en el pie agresor.

Algunas especies destilan mucho veneno y provocan, durante varias horas, intensos dolores. El mío, a solo diez minutos de recibir el aguijonazo, era comparable al de un cigarro encendido que me taladrara el empeine. Gritaba y lamentaba mi desgracia por no disponer de un calmante.

Bueno, en realidad sí, dispuse de un singular calmante; o tal vez, inducido por el insoportable sufrimiento, yo mismo me sugestioné y creí en efecto, haberme calmado.

Se dice que los orines humanos alivian las quemaduras; y los caboclos del Amazonas en aquella época, certificaban unánimes su eficacia cuando los suministraba la frotación vaginal de una vieja, y cuanto más fea mejor. Sí, santo remedio, aseguraban todos. Era una terapéutica muy acreditada en la selva, y si yo quería...

Yo quise sin ninguna vacilación. Al borde del desmayo, por librarme de aquel tormento y con el permiso de Dios, estaba dispuesto a pactar con Lucifer y aceptar cualquier anestesia campesina, por demoníaca que me pareciera.

Me sacaron de nuevo al anchuroso río Tapajoz, y cuando alcanzamos la playita de Penedos, me trasladaron hasta el rancho de una mujer que aparentaba 70 años y quizá no tuviera ni 40. Se llamaba Filomena Alves, pero la apodaban Filó Corcovado, porque afirmaba haber nacido en Río de Janeiro, al pie del Cristo homónimo.

Filó no tenía dientes, era delgadísima, blanca, de bonitas facciones y ojos aindiados repletos de lagañas. Padecía una escoliosis pronunciada y tenía una pierna muy flaca y la otra gorda, enrojecida, de apariencia linfática. Para peor, cuando la vi de perfil, le noté una corcova en la espalda, y sospeché que su apodo de Filó Corcovado, quizá no se debiera tanto al Cristo del monte carioca.

Según me informaran, tras ejercer durante algunos años la prostitución en Penedos, se recicló como bruja y curandera.

Filó se negó a orinarme. Eso no era profesional. Según la técnica canónica de ese tratamiento, ella debía frotar mi sufriente empeine contra su sexo humedecido. Así era como funcionaba el remedio.

La indisimulable risa que se tragó Pernambuco al ver mi cara de repulsa y sorpresa, me produjo un primer alivio.

En definitiva, se impuso el criterio autorizado de Filó que me señaló su hamaca mugrienta, me mandó yacer en ella y estirar la pierna dolorida; y al ver un buen pedazo de mi pantorrilla colgando hacia afuera, asintió satisfecha, se montó a caballo sobre mi parte dolorida, y la apretó contra su órgano terapéutico tras cogerme el talón de Aquiles con mano firme, y la otra le sirvió para santiguarme.

Siguió un rezo mascullado, rapidísimo e ininteligible; y al comenzar a frotarse con mi empeine, le imprimió al tratamiento un rítmico vaivén.

Pasado un minuto interminable, el vaivén fue in crescendo acompañado por obscenos traqueteos de cadera. Así fue entusiasmándose Filó y pareció entrar en calor. Luego ladeó un poco la cabeza, se lamió las comisuras, entrecerró los ojos como para mirar en lontananza y armó una mueca de intensa concentración. Me recordó a los perros cuando alguien los rasca, y por no saber reírse ni expresar su gozo mediante gestos lascivos, se ponen muy serios; pero yo, con mi ardentía y sensación de mucho calor en el empeine, al contacto con aquel sexo húmedo y para mí muy frío, tuve la sensación de estar masturbando a una rana. Y fuera realidad o sugestión mía, al llegar de regreso al campamento, mi dolor ya era casi imperceptible.

Moraleja: No desprecies el curanderismo y las supersticiones de los analfabetos; porque cuando no hay fármacos de procedencia científica, bien vale la pestífera humedad de una bruja.

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