Revillagigedo

No cree el escribidor que sean muchos los habaneros que sepan que la calle Revillagigedo, en esta capital, deba su nombre a un gobernador español de mano dura, cuyas excelentes dotes como gobernante se vieron eclipsadas por una codicia y una altivez censurables y que hicieron que ganara el epíteto de «tirano». Asumió el mando de la Isla el 18 de marzo de 1734 y durante los 11 años que se mantuvo como gobernador general de la Colonia fue inmune a las críticas y denuncias del patriciado criollo, a la amenaza de los ingleses en su inacabable guerra contra España e incluso a la enfermedad. Cuando sus enemigos pensaron que no se repondría de un ataque de apoplejía fulminante que lo paralizó y lo puso a las puertas de la muerte, lo vieron regresar a la casa de Gobierno más gordo y colorado que antes y más dispuesto que nunca a seguirse enriqueciendo con los gajes del poder y a hacer temblar de rabia a los que no lo querían. Cuando llegó a La Habana la noticia de que lo habían cesado en el cargo, a sus rivales pronto se les congeló la alegría al enterarse de que lo habían nombrado virrey de México.

El mariscal de campo Juan Francisco Güemes de Horcasitas, primer conde de Revillagigedo, título que le otorgó la Corona durante su mando en Cuba, es el protagonista de esta historia. La crónica lo describe como un hombre de aspecto terrible, ojos dominadores y uñas tan largas y espesas cerdas sobre los ojos que imponía miedo a sus mismos enemigos. «Solo con presentarse a caballo en la plaza sofocó un motín en México, siendo virrey», recuerda Álvaro de la Iglesia en una de sus Tradiciones cubanas. No solo era valiente, sino que lo demostraba siempre que se le presentara ocasión para ello. No se dejó imponer de nadie y el que osara amenazarle se sacaba la lotería sin haber comprado el billete, porque cumplía su amenaza o iba a arrepentirse de ella en la cárcel.

El conde de Revillagigedo sustituyó en el Gobierno al brigadier Dionisio Martínez de la Vega. Llegó a Cuba en una época en que el contrabando, que conquistaba carta de legitimidad, y las inmoralidades administrativas tenían exhausto el tesoro de la Isla. Por complacencias y miramientos de la primera autoridad las rentas de la Colonia se hallaban en abatimiento extremo y no era mejor la conducta de los funcionarios subalternos.

Escribe Álvaro de la Iglesia:

«Dentro de aquel medio de desorden, claro está que quien llegara con pujos moralizadores, si no moría de un jicarazo, como ocurrió con el santo obispo Montiel, moría difamado o le levantaban un monumento de calumnias capaz de hacerle perder el pelo en presidio. Pero Güemes era un asturiano de mil demonios que tanto le daba que hablaran de él bien como mal, muy satisfecho de que por delante no había nacido hombre que se atreviera a mirar atravesado al conde de Revillagigedo».

La real compañía

Se requería de una mano fuerte para poner coto a los muchos y graves males de la Colonia. Esa fue la mano de Juan Francisco Güemes de Horcasitas. Empezó por hacer castigar abusos y peculados. Nombró tenientes, capaces por sus actitudes y severidad, de encauzar el orden en jurisdicciones de la importancia de Puerto Príncipe, Sancti Spíritus y San Juan de los Remedios. Sometió a su potestad al Gobierno de Santiago de Cuba. Los 22 bandos que en el curso de 11 años de Gobierno dictó para disciplinar a la administración y el orden público de la Colonia son prueba de sus excelentes condiciones de mando.

Revillagigedo reguló la limpieza de las calles y de los espacios públicos, así como del puerto habanero. Trasladó el matadero a un lugar apropiado y fue implacable con los que exageraban los precios y especulaban con los productos del agro. Favoreció la apertura del hospital de San Lázaro, reorganizó el Ayuntamiento y regularizó la justicia. Restableció el imperio de la ley. Fueron muy eficaces sus medidas contra los que burlaban el fisco.

Se le considera el verdadero fundador de la Real Compañía de Comercio de La Habana, que durante más de 20 años llevó a cabo el más monstruoso monopolio con las producciones cubanas.

La riqueza de la Isla iba en aumento y como el estanco del tabaco había reportado a España grandes riquezas, varios comerciantes españoles y algunos hacendados criollos calorizaron la idea de monopolizar todo el comercio de la Colonia. Fue así que acordaron constituir la Real Compañía de Comercio de La Habana, que fue autorizada por el Rey con la recomendación previa del conde de Revillagigedo. Con el fin de obtener los mayores privilegios, la naciente entidad dio al monarca y al gobernador participación en las ganancias. Obtuvo primero el monopolio del tabaco y un año después el de todo el comercio de importación y exportación de la Isla.

El Gobierno concedió a la Compañía el privilegio de introducir en España, libre de derechos, los productos del país —cuero, madera, azúcar, miel…— y el de importar artículos de consumo. A cambio, se vio obligada a construir barcos para la marina de guerra y la mercante, de abastecer los barcos de guerra que fondearan en el puerto de La Habana y de mantener diez embarcaciones armadas para perseguir el contrabando y proteger a los barcos que realizaban el tráfico entre los puertos de Cádiz y La Habana. También tuvo a su cargo el comercio de esclavos.

Los resultados de la Compañía fueron el enriquecimiento desmedido de comerciantes españoles y de algunos pocos hacendados criollos de La Habana. En el resto de la Isla se soportaron los privilegios de la Compañía, teniendo que pagar a precios elevadísimos los artículos de importación y vender sus productos a precios de miseria. Los cabildos de ciudades del interior se cansaron de enviar quejas a la metrópoli demandando el cese de la Compañía. Hubo que esperar a que los ingleses se apoderaran de La Habana, en 1762, muchos años después de que el conde de Revillagigedo saliera del poder. Entonces los ocupantes británicos se apoderaron de todas las propiedades de la Compañía, a la que Carlos III daría el tiro de gracia al decretar las franquicias en 1765.

Pero antes se enriquecieron los hacendados de La Habana y aquellos dueños de ingenios que poseían acciones en la Real Compañía. Para comprender lo lucrativo de su negocio baste decir que un barril de harina de trigo comprado en España por cinco o seis pesos era vendido en La Habana en 35 o 36 pesos.

El gobernador Juan Francisco Güemes de Horcasitas, propiciador oficial del monopolio de la Real Compañía, se enriqueció con su participación en el negocio. Recibió el título de conde y llegó al codiciado cargo de virrey de México.

Desde entonces, el cargo de capitán general y de gobernador de Cuba se convirtió en una posición muy codiciada.

El vasallo más rico

El conde de Revillagigedo era avaro y rapaz. Era ese, dice Álvaro de la Iglesia, su mayor defecto. Cuando se presentaba un negocio en el que veía la posibilidad de ganar, lo acometía aunque supiera que sería causa de escándalo. La enorme fortuna que llegó a acaparar por esa vía le permitió crear en España un mayorazgo para cada uno de sus hijos, y fueron varios, mientras que en La Gaceta de Holanda se le calificaba como «el vasallo más rico que tenía Fernando VI».

Revillagigedo robaba, pero no dejaba robar. Si hubiese hecho la vista gorda con los ladrones y malversadores que lo rodeaban, nadie hubiera dicho media palabra en su contra. Pero él lo entendió de otra forma, suscitando contra su persona y todos sus actos de Gobierno una tempestad de censuras y aun de calumnias. Se repetían las denuncias en su contra, pero en Madrid comprendieron que si el conde robaba, las rentas de Cuba no habían alcanzado nunca antes el monto de lo que él remitía desde La Habana. A eso se unía su adecuada defensa de la Isla, pues tenía a raya a las armadas enemigas. De ahí que Madrid lo mantuviera en su cargo contra viento y marea.

Nombraron sus enemigos al abogado Lorenzo Hernández Tinoco como una especie de acusador privado contra Güemes, y Güemes sin perder tiempo lo deportó a España. No les quedaba ya nada que hacer como pedir al cielo que lo partiera un rayo, al igual que le había sucedido en esos días al navío Invencible en la bahía habanera.

No lo partió el rayo, pero un ataque de apoplejía pareció que lo sacaría del juego de manera definitiva. Cantaron victoria sus enemigos, que no contaron con la resistencia del asturiano. La familia Chacón lo llevó a sus predios de Santa María del Rosario y las aguas medicinales del lugar hicieron que se restableciera en un mes. Volvió a La Habana dispuesto a seguir enriqueciéndose y a hacer rabiar aún más a sus enemigos.

Dice Álvaro de la Iglesia que por los días de su grave dolencia fue que circuló un dicho popular que aludía a su mezquina avaricia. Decía: «Ni conde ni marqués; Juan es». «Más que los ataques de que había sido objeto, debió dolerle a Revillagigedo aquel dicho que corría de boca en boca, pues desde entonces se hizo aún más avinagrado y terrible que antes, poniendo en cuidado a sus perseguidores, que le temían como al cólera».

Pasó el tiempo. Los que seguían en espera de verlo caer, creyeron volverse locos al saber que Juan Francisco Güemes de Horcasitas era nombrado virrey de México.

De mi padre lo aprendí

Su hijo mayor, Juan Vicente Güemes Pacheco, segundo conde de Revillagigedo, nacido en La Habana en 1738, fue también virrey de México, el virrey número 52 que gobernó ese país durante cinco años. A escasos ocho días de haber asumido su mandato condenó a muerte a los asesinos de un acaudalado mercader. Su proceder le ganó fama de justo. Modificó la administración pública y transformó intendencias y tribunales, lo que permitió un manejo más eficiente de los recursos de la Colonia. Fundó varias escuelas, entre estas el Real Colegio de Minería. En su tiempo la ciudad de México se remozó y se levantaron nuevos edificios. El Ayuntamiento de la ciudad le formó un juicio de residencia, pero sus acusadores fueron obligados a pagar los gastos del proceso al demostrarse la inocencia del virrey. Murió en Madrid en 1799.

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