Decíamos ayer

Información sobre la cerveza en Cuba solicita una lectora que firma su mensaje electrónico con el nombre de Beatriz. La aludida, que dice ser secretaria en el Parque Metropolitano, se interesa en particular por la marca Cristal, que ella supone surgida en fechas recientes. Sobre el tema de la cerveza escribió antes el escribidor. Vuelve a tocarlo ahora y tratará de repetirse lo menos posible.

La cerveza entró en la Isla por su parte oriental; venía de contrabando desde Jamaica. No sería hasta 1762, con la toma de La Habana por los ingleses, cuando comenzó a importarse de manera legal. Con la instauración del libre comercio entraría en grandes cantidades. Unas 130 marcas, casi todas inglesas, se ofertaban en tabernas, cafés, bodegas e incluso en boticas. La promoción otorgaba propiedades medicinales a algunas marcas cerveceras, alemanas por lo general, y se llegó al extremo de recomendarlas para niños y mujeres en el período de lactancia. Había cervezas que se anunciaban como propias para la familia, mientras las damas, según reportes de la prensa de la época, se inclinaban por la marca británica Ale, suave, clara y beneficiosa, decían, para los males del estómago. De cualquier forma, era de las cervezas de mayor demanda, junto con la Cabeza de Perro, también inglesa. Hacia 1850, tanto arraigo ganó la marca inglesa Tennet Lager entre los consumidores, que son muchos los cubanos que llaman «laguer» al espumoso líquido.

¿Cómo arribaba a la Isla y se distribuía la cerveza? Los envases predominantes en el comercio cubano del siglo XVIII fueron los barriles y cuñetes. Durante el siglo XIX la oferta se diversifica y la cerveza comienza a introducirse por galones, botellas, litros... A lo largo del siglo XIX las cervezas importadas se distribuyeron esencialmente en las cajas de botellas y medias botellas de vidrio. No obstante, también se emplearon envases de cerámica y loza. Cree recordar este cronista que la cerveza enlatada llegó a Cuba, procedente de EE.UU., a fines de la década de los 50 del siglo pasado. Por entonces, una caja traía 24 botellas de cerveza.

Marcas alemanas, noruegas, estadounidenses, francesas, portuguesas, españolas y de otras nacionalidades trataron durante la Colonia de derrotar en las ventas a las inglesas y alzarse con la supremacía en el mercado nacional. No lo lograron.

La cerveza cubana nació en 1841, cuando Juan Manuel Asbert y Calixto García (nada que ver con el famoso militar de igual nombre) empezaron a producirla en una fábrica que emplazaron en la calle San Rafael esquina a Águila, en La Habana. Esperaban elaborarla con el jugo de la caña de azúcar que sustituiría a la cebada europea. El intento fue un fracaso, y a partir de ese momento, los criollos se contentaron con embotellar el refrescante líquido que llegaba en barriles desde el exterior.

Así lo estuvieron haciendo hasta que en 1883 se instaló en la ciudad matancera de Cárdenas una fábrica para producirla. No duró mucho tiempo, pero en 1888 el alza de los impuestos sobre las importaciones aconsejó a los negociantes del patio su elaboración en Cuba. Surgía así, en Puentes Grandes, La Tropical con un producto cubano, pero de baja calidad. No demoraría en mejorar cuando maestros cerveceros franceses y alemanes, contratados especialmente, terminaron confiriéndole a la cerveza el «toque» necesario.

A partir de ahí la marca obtendría algunos galardones internacionales, como el Gran Premio de París, en 1912, mientras que otra cerveza cubana, Tívoli, que instaló su fábrica en 1901 en la Calzada de Palatino, le hacía la competencia y cosechaba también reconocimientos en el exterior. En 1958 La Tropical, con sus marcas Cristal, Tropical y Tropical 50, producía casi el 60 por ciento de la cerveza nacional. Había otras muy populares, como Hatuey y Polar. La primera traía un aborigen cubano en su etiqueta, y la segunda, un oso blanco.

Aclaración pertinente

El lector Ariel Tablada, de Santiago de Cuba, escribe a fin de realizar una aclaración pertinente. En la página correspondiente al 12 de junio, al hacer el recuento de los viajes al exterior de los presidentes cubanos mientras estuvieron en el ejercicio de su cargo, aludió el escribidor a la visita de Carlos Prío a México. Y ese es el motivo del mensaje de Tablada. Escribe:

«Acabo de leer el libro Batista, el golpe, de José Luis Padrón y Luis Adrián Betancourt, y enseguida me vino a la mente lo leído en el artículo suyo del pasado 12 de junio. Como una colaboración con usted, le digo que en dicho libro —página 275— se detalla la visita realizada a EE.UU. por el presidente Prío en 1948, por invitación del presidente norteamericano Harry Truman. La estancia del mandatario cubano se extendió por cuatro días, estuvo en varias ciudades y en ella se rompió el protocolo cuando el presidente Truman acudió al aeropuerto de Washington para recibirlo».

Añade Tablada: «Un dato curioso: durante esa visita ocurrió el acto bochornoso del marine que ofendió al pueblo de Cuba, cuando borracho se sentó sobre la cabeza de la estatua de Martí en el Parque Central de La Habana».

EL JEFE INDIO EN SU PUESTO

También desde Santiago escribe Miguel Correa Rosillo, ingeniero especialista en proyectos. Lo motiva su interés por conocer detalles de la muerte de Rafael Salas Cañizares, obeso y tenebroso jefe de la Policía Nacional desde 1952, con el golpe de Estado del 10 de marzo, hasta fines de octubre de 1956, con su muerte; esto es durante buena parte de la dictadura batistiana. «De ese hecho nunca se habla y es bastante desconocido», expresa en su mensaje.

Ciertamente, acerca del suceso en que perdió la vida el brigadier general Rafael Salas Cañizares se habla poco y lo que se ha escrito no llena las expectativas, porque la única versión posible es la de la Policía de la época. De la otra parte no quedó nadie para contar la historia, y Enma Hunt, sirvienta de la residencia del Embajador de Haití, en Séptima y 20, en Miramar, donde ocurrieron los hechos, fue entonces presionada para que calzara con sus declaraciones la versión de las autoridades. No había en la casa ningún diplomático cuando al mediodía del 29 de octubre de 1956, Salas Cañizares, al frente de un nutrido grupo de agentes a su mando, violó la extraterritorialidad de la residencia haitiana y asesinó a los diez jóvenes que se encontraban asilados en ella. Resultó herido de muerte el odiado jefe policial. Falleció el día 31 en el hospital de la Policía Nacional, sito en la calle Oquendo esquina a Estrella, en Centro Habana.

Antes de continuar quizá sea oportuno decir que Salas Cañizares cobró triste celebridad cuando todavía no era más que un oscuro teniente de la Radio Motorizada. Se vio implicado entonces en el asesinato de Carlos Rodríguez, quien protestaba por el alza del precio del pasaje de los ómnibus urbanos. El joven abogado Fidel Castro se personó en la causa como acusador privado. Antes, fusta en mano, el teniente Salas reprimió a los estudiantes que protestaban frente a la Embajada de Estados Unidos, situada en la época en la Plaza de Armas, por el ultraje a la estatua de Martí en el Parque Central. «Billito» Castellanos fue golpeado con saña, y Fidel lo trasladó a una casa de socorros donde pidió un certificado de lesiones para denunciar el atropello. Con el documento en la mano se presentó en el Ministerio de Gobernación (Interior), donde el oficial de guardia al enterarse del motivo de su presencia le suplicó: «No me perjudique, señor. Yo con mi sueldecito mantengo a una familia…». Fidel lo tranquilizó e hizo al cabo la denuncia en la estación de Policía de Dragones y Zulueta.

Dicen que fue aquella causa pendiente por el asesinato de Rodríguez, lo que empujó al teniente Salas a incorporarse al grupo batistiano que orquestaba el golpe de Estado. El hecho es que en la madrugada del 10 de marzo de 1952 con cinco perseguidoras dio escolta a Batista entre su finca Kuquine y la Ciudad Militar de Columbia. A medida que se acercaba a ese campamento, Salas lanzaba cortos mensajes periódicos por la radio de la perseguidora donde viajaba. Decía: «El jefe indio en su puesto; la niña, bien». La niña era la Ciudad Militar, de la que los complotados tenían la información que desde dentro les hacía llegar el capitán Dámaso Sogo, oficial de día en esa fecha. El jefe indio, por supuesto, era Batista.

Una vez Batista en Columbia, Salas, con las perseguidoras que lo acompañaban, se dirigió a la jefatura de la Policía, que ocupó sin disparar un chícharo. Dispuso enseguida el acuartelamiento de toda la fuerza policial y que todos los policías fueran provistos de armas largas. Ordenó la ocupación del Palacio de los Trabajadores (CTC) y de la sede central del Partido Socialista Popular. La Compañía de Teléfonos, la planta eléctrica de Tallapiedra y las plantas auxiliares de Melones, y todas las estaciones de radio. Firmaba las órdenes el coronel Rafael Salas Cañizares. Se ascendió él mismo. El 27 de mayo Batista le imponía los grados de brigadier general.

El 28 de octubre de 1956, en el cabaré Montmartre, de P y 23, en el Vedado, era abatido a tiros el teniente coronel Antonio Blanco Rico, jefe del Servicio de Inteligencia Militar (SIM). En el entierro de este, el senador Rolando Masferrer dijo a Salas que en la residencia de Haití se hallaban asilados los ejecutores de ese atentado. No era cierto. Sí estaban allí los dos jóvenes que habían atentado contra el propio Masferrer, pero matrero como era, el jefe de la banda paramilitar de Los Tigres sabía que él era muy poca cosa para que el jefe de la Policía se molestase por su persona. Hay otra versión: la que dio entonces «Santiaguito» Rey, ministro de Gobernación de la dictadura. Salas, aseveró Rey, supo de esa noticia mediante una llamada telefónica que, después del sepelio de Blanco Rico, le hicieron directamente a su despacho. Por tanto, decía el Ministro, funcionó una conjura.

De cualquier manera, Salas decidió acudir a la residencia haitiana. Los jóvenes que allí encontraron asilo eran de diferentes tendencias. Entre ellos Secundino Martínez y Gregorio García, acusados por el atentado a Masferrer, y Eladio Cid y Salvador Ibáñez, buscados por el alijo de armas descubierto en los laboratorios Dream, de la Avenida de Rancho Boyeros, donde radica hoy el Instituto Juan Marinello. Los diez asilados no podían entrar a la residencia. Merodeaban por los jardines y dormían en las habitaciones de servicio de los altos del garaje. Dos escaleras conducían a esas habitaciones: una, exterior, de mampostería, y otra, interior, de las llamadas de caracol. Esta sería sumamente importante en la forma en que se desarrollarían los acontecimientos.

Salas Cañizares, seguido por sus hombres, penetró en el jardín. Se escucharon disparos. Buscó el garaje y se oyeron nuevas descargas. Cae al suelo Secundino Martínez, lo dan por muerto, y Salas comienza el ascenso por la escalera de caracol. Secundino está herido y con un revólver dispara sobre el jefe policial, que cae pesadamente. Informaciones de la época aseguraron que seis tiros lo impactaron en el vientre y otro más lo había herido a sedal en la cabeza.

De nuevo, las versiones no coinciden. Preso ya en el castillo de San Severino, en Matanzas, y horas antes de que lo llevaran ante el pelotón de fusilamiento, Lela Sánchez y Germán Amado Blanco, autorizados por Che Guevara, entrevistaron al teniente coronel Juan Salas Cañizares. Querían que contara lo sucedido en el interior de la residencia haitiana. Dijo muy poco. Aseguró que no fueron seis tiros en el vientre, sino uno solo, y añadió que no podía asegurar que fuera Masferrer quien puso a su hermano en la pista de la residencia de Haití, pues él (Juan) no había acudido al entierro de Blanco Rico, lo que no parece ser cierto.

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