Juventud Rebelde - Diario de la Juventud Cubana

Compre pólvora con ese dinero

Muy joven empezó Bernarda Toro, Manana, su vida al lado de Máximo Gómez. Lo acompañó en la manigua en la Guerra de los Diez Años, y en ella perdieron a los dos primeros hijos que procrearon y vivieron los siguientes vástagos sus años iniciales. Lo sigue Manana en su peregrinar, luego de finalizada la contienda, hasta que se establecen en Montecristi, en la tierra dominicana del General.

Cuando Gómez, en compañía de José Martí, abandona lo suyo para volver a Cuba, queda Manana, estoica y firme, en Montecristi. Teme por la suerte de sus seres queridos que van a la guerra y allí recibe la noticia de la muerte de su hijo Panchito junto al cadáver de su jefe, el mayor general Antonio Maceo.

La situación de la familia es precaria, tanto que don Tomás Estrada Palma, delegado del Partido Revolucionario Cubano, asigna a Manana una pensión que le ayude a atender las necesidades más apremiantes.

No se hace esperar la respuesta de la mambisa:

—Es una inmensa dicha para mí que mi hijo Maximito, todo un hombre ya pese a sus 17 años, represente dignamente a su padre en la casa, y que con su trabajo diario cubra las necesidades de la familia. No estamos dispuestos a convertir en pan el dinero que debe emplearse en pólvora.

¡ESE NEGRO ES UN HÉROE!

La escena tiene lugar en el café El Cosmopolita, en la Acera del Louvre, sobre el Paseo del Prado. Sentados a una de las mesas varios jóvenes blancos, de distinguida presencia y elegantísimos con sus trajes a la última moda, escuchan con avidez el relato de un negro que puede triplicarles la edad. Avivado por la curiosidad de sus interlocutores, el hombre evoca a Antonio Maceo y a Calixto García, alude a los tiempos en los que mandaba la escolta de Carlos Manuel de Céspedes y detalla el ataque a El Caney y la batalla de la Loma de San Juan, de los que fue protagonista.

Quien habla es el mayor general Jesús Rabí, un combatiente de las tres guerras por la independencia de Cuba que no quiso ocupar cargos públicos durante la intervención militar norteamericana y que ahora, en la República, vive de un puesto de inspector de Montes y Minas. Uno de los que escuchan con atención es Alberto Yarini, «el Rey», el más grande y famoso de los chulos cubanos de todos los tiempos.

Cómo y por qué se entrecruzan los destinos de estos dos personajes es algo que desconoce quien escribe. Ni viene a cuento. El caso es que en aquella remotísima tarde de comienzos del siglo pasado, Alberto Yarini dio, a su modo y sin medir las consecuencias, una formidable lección en defensa del orgullo y la dignidad de la nación.

Jesús Rabí nació en Jiguaní, Oriente, el 24 de junio de 1845. El 13 de octubre de 1868, tres días después del Grito de Yara, se incorporó como soldado a la tropa de Donato Mármol. El 15 entró en combate por primera vez y el 26 estuvo al lado de Máximo Gómez en su primera carga al machete en Pino de Baire. Peleó bajo las órdenes de Calixto García. Participó en la Protesta de Baraguá y en el 95 se alzó en armas el mismo 24 de febrero. Era ya general de brigada cuando intervino en la batalla de Peralejo, en la que Maceo se enfrentó al capitán general Martínez Campos y ocasionó unas 400 bajas a los españoles. En el 96 Rabí fue ascendido a mayor general y otra vez bajo las órdenes de Calixto García fue el segundo jefe de la agrupación de tropas creada con vistas a la campaña de Santiago de Cuba. Murió en 1915.

Alberto Yarini nació en La Habana, en 1884. Estudió en los mejores colegios de la capital y prosiguió sus estudios en Estados Unidos. En 1900 regresó a la Isla. Su padre, un prestigioso dentista y profesor universitario, se empeñó en que siguiera sus pasos, pero Yarini no acató la voluntad paterna. Tenía dos pasiones: la política y las mujeres. La primera lo llevaría a afiliarse al Partido Conservador y a prepararse para aspirar a un acta de Representante a la Cámara, como escalón inicial de la confesada ambición de alcanzar un día la presidencia de la República. La segunda lo convirtió en el más ranqueado accionista del amor rentado. Cuando lo asesinaron tenía 11 mujeres bajo su égida y unas 25 llevaban tatuadas en alguna parte de su cuerpo las iniciales de Alberto Yarini. Cometió, sin embargo, un error imperdonable. Se enamoró de la pequeña Bertha, una prostituta francesa regenteada por el chulo francés Luis Lotot. Se la arrebató y Lotot vengó la ofensa.

El 21 de noviembre de 1910, Lotot y sus secuaces sorprendían a traición a Yarini. Yarini y su acompañante lograron ripostar la agresión, y el francés cayó fulminado por un tiro que le abrió la frente. Pero tres disparos habían ido a cebarse en el cuerpo del afamado chulo cubano, aquel hombre que deslumbró por su belleza, educación y virilidad. Murió el 22, a las 11 de la noche. Tenía 26 años de edad. Su entierro fue una de las mayores manifestaciones de duelo que ha conocido La Habana.

Cómo y por qué se entrecruzaron los destinos de Rabí y Yarini es algo que aún está por averiguarse. El caso es que aquella tarde de comienzos del siglo pasado mientras que el general Rabí conversaba con un grupo de jóvenes en El Cosmopolita, dos extranjeros, desde una mesa cercana, hacían burlas del patriota negro. Yarini se percató de ello y pidió al grupo trasladarse a otro sitio. Ya fuera del café, volvió sobre sus pasos y se acercó a los dos extranjeros. En perfecto inglés les dijo: «¡Ese negro es un héroe de mi país y hay que respetarlo!».

Entonces, sin pensarlo mucho, se echó hacia atrás como buscando impulso, levantó rápido el brazo derecho y proyectó el puño una, dos, tres veces contra el rostro del que más se había burlado del cubano.

Al día siguiente los periódicos reseñaban que un juez de instrucción había impuesto una fianza de 400 pesos a un joven distinguido y de buena familia, quien en la Acera del Louvre le había roto la nariz y la mandíbula al Encargado de Negocios de la Embajada norteamericana en La Habana. El asunto no pasó a mayores. No hay constancia de que el juicio se celebrara.

LOS HONORARIOS DE JUAN GUALBERTO

Ya en sus últimos días Juan Gualberto Gómez era colaborador habitual de Bohemia, sita entonces en la calle Trocadero, en Centro Habana. Y hasta allí iba el amigo de Martí, ya muy anciano, a entregar y cobrar sus colaboraciones. La revista, que atravesaba entonces una de sus peores etapas —acorde con la situación económica del país—, no contaba a veces con dinero en caja para retribuirle sus honorarios. Y entonces Miguel Ángel Quevedo, director-propietario de la publicación, salía y pedía el dinero prestado al bodeguero de la esquina porque no podía permitir que Juan Gualberto, que vivía en Mantilla e iba hasta Bohemia en transporte público, regresara a su casa sin los diez pesos que recibía como pago.

CON CRUZ Y SIN CRUZ

Juan Gualberto Gómez, que fue representante a la Cámara y senador, como militó siempre en la oposición, vivió con gran austeridad y murió en la pobreza. Su casa de Mantilla, en la que aún radican sus deudos, no puede ser más modesta.

Muchas veces intentaron comprarlo, pero el insigne patriota jamás se vendió. Cuando en la Asamblea Constituyente de 1901 se convirtió en abanderado de la causa cubana en contra de la Enmienda Platt, el general Leonardo Wood, interventor yanqui en la Isla, le ofreció, para acallarlo, la dirección del Archivo Nacional —puesto jugosamente remunerado. También quiso silenciarlo el dictador Gerardo Machado, a quien Juan Gualberto fustigaba, día a día, por sus desmanes, desde las páginas de su periódico Patria, al decidir otorgarle la Orden Carlos Manuel de Céspedes en el grado de Gran Cruz, la más alta condecoración que confería la República.

Fue la apoteosis de Juan Gualberto, pues Cuba entera calorizó la idea de rendirle el homenaje condigno que se llevó a cabo en el Teatro Nacional, el 10 de mayo de 1929. Machado en persona estaba allí para condecorarlo.

¿Claudicaba el viejo patricio? Lejos de hacerlo, aprovechó la ocasión para reafirmar sus principios y cara a cara dijo al dictador que aceptaba la Orden de sus manos porque los honores no se pedían ni se rechazaban y que nadie se llamara a engaño por eso, porque «Juan Gualberto con Cruz es el mismo Juan Gualberto sin Cruz».

El ofrecimiento de Wood, por supuesto, lo rechazó. Días después viajó a Santiago de Cuba. Allí, el general Castillo Duany y el teniente coronel Lino D’ou, dos combatientes por la independencia, se interesaron por el asunto.

—Cuéntenos, Maestro, ¿está usted tan bien económicamente que no necesita el puesto en el Archivo? ¿Por qué lo rechazó? —preguntó D’ou.

Y respondió Juan Gualberto, cubanísimo:

—Porque yo, «vate» no me dejo archivar.

EL SEÑOR ESTÁ DE PRISA

En su campamento de La Araucana, en Camagüey, recibe el mayor general Máximo Gómez la visita de un señor procedente de Las Tunas. Trae un cargamento de quesos que quiere obsequiar a la tropa.

El Generalísimo agradece el presente y conversa animadamente con el visitante hasta que el hombre revela el verdadero propósito de su visita. Tiene un hijo en el campamento y pide al guerrero que no lo lleve con él a Las Villas. Interrumpe Gómez la plática y llama a su asistente. Le dice:

—Comandante, devuélvale los quesos al señor… Está de prisa y se va para Las Tunas.

ENTRE LEONES

La discusión más nimia, el motivo más baladí, daba a veces pretexto para la concertación de un duelo.

Una tarde discurrían plácidamente sobre asuntos de armas Ramón Fonts, el formidable esgrimista zurdo, y el maestro de esgrima José María Rivas. Conversaban sobre la técnica esgrimística del italiano Athos de San Malato, autor de uno de los códigos que regían los duelos. Algo dijo Rivas que disgustó a su interlocutor y ahí mismo quedó planteada la llamada cuestión de honor. No quedaba otra salida que la de batirse.

En el día acordado se situaron frente a frente los dos leones. El juez de campo dio por comenzado el encuentro y enseguida dejó escuchar la voz de ¡alto! Pidió a Rivas que diera a Fonts las satisfacciones necesarias. El maestro Rivas asintió sin reparos y ambos contendientes, quienes eran en verdad muy amigos y se admiraban mutuamente, se sellaron en un abrazo.

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