El chino lavandero - Lecturas

El chino lavandero

Ngo Anh Thieu, combatiente de las tropas vietnamitas soterradas durante enero de 1954 en la meseta de Dien Bien Phu, salió en secreto por uno de los túneles. Sus compañeros que lo vieron arrastrarse hacia el aire libre supusieron que cumplía alguna misión. Y una hora después, ya visible el terreno por el amanecer, Ngo se hallaba en campo enemigo. De pronto, unos zapadores vietnamitas, instalados en la misma zona a unos cien metros desde la medianoche precedente, lo detectaron, por su atuendo, como compatriota, pero sin reconocerlo. Y al cabo de un buen rato, la avanzadilla se internaba por una zona arbustiva. Los cinco se arrastraban fusil en mano sobre líneas paralelas a la distancia de unos 50 pasos, cuando uno de ellos vislumbró, en la vaguedad de la penumbra, dos siluetas humanas de pie que movían los brazos como si estuvieran discutiendo. Por el lugar en que se hallaban los supuso enemigos, y de inmediato extrajo de la mochila un canutillo de bambú agujereado en ciertos puntos y sopló tres veces en su embocadura.

Aquel trino lastimero y largo sonaba similar a los de otras aves del paraje, pero en este caso, el trino y el ave eran un mero invento de los zapadores, para lograr comunicarse a distancia. Como contraseña era muy eficaz por ser perfectamente audible y los enemigos extranjeros no podían detectar el fraude.

En aquella ocasión, el soplador pretendía identificarse por el número de quejumbres como el número tres del pelotón e informar al jefe haber divisado algo importante. El hombre se arrastró cuan rápido pudo hacia él e informado de lo que viera, enfocó su catalejo y captó en efecto dos figuras humanas que se movían. Muy poco pudo definir qué hacían porque la vegetación circundante lo impedía, pero dado el lugar donde estaban supuso correctamente que se trataba de dos soldados enemigos; y tras un breve coloquio decidieron acercarse y atacarlos en silencio con estrellas arrojadizas y triángulos de hierro. De seguro obtendrían armas de fuego, botas y objetos útiles para la lucha. En busca de un mejor ángulo de tiro, decidieron luego atacarlos por el frente, donde había un descampado; y una vez llegados a esa zona abierta, los favoreció un desnivel del terreno, ideal para ocultarse y atacarlos de pie y por sorpresa; pero la sorpresa se la llevaron ellos, y siguió un desconcierto que se convirtió en alarma, porque todos los vietnamitas reconocieron a su compatriota Ngo Anh Thieu gesticulando y señalando distintos puntos en un mapa extendido sobre el grueso tronco de un abedul caído. Ante la evidencia de aquel conciliábulo entre un traidor y un oficial francés, el jefe zapador decidió no atacar. Consideró más prudente, una vez reconocido Ngo, informar al alto mando soterrado lo visto por ellos.

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CARTA DE UN LEGIONARIO ESPAÑOL

Dien Bien Phu, 14 de enero de 1954

Salud Tomás y feliz año nuevo:

Gracias por las fotos de mi familia. De momento estoy hospitalizado por una fractura de tobillo, pero no es grave.

Hazme el favor de explicarle al tío ese, muy mal periodista, que Dien Bien Phu no es ninguna fortaleza, sino una meseta con decenas de kilómetros repletos de trincheras, bunkers y fortines soterrados, que alberga 17 batallones de infantería, tres grupos artilleros, unidades de ingenieros, tanques, aviación, transportes y las mejores unidades del Cuerpo Expedicionario Francés de Indochina, nutrido de veteranos de Rusia y de África. Teníamos todo el apoyo logístico asegurado y la ayuda de los americanos, que además de las armas nos aportaron asesores con su experiencia de Corea. Disponíamos además del plan Navarre, una obra maestra de estrategia militar, para encerrar y destruir a los vietnamitas del Norte.

Por ser una altura sin caminos y de muy difícil acceso, llegamos por aire; y en cuanto se construyó el campo fortificado, nadie dudó de la victoria. Descartábamos que esos renacuajos nos atacaran, por carecer de tanques y aviones. Además, su fuego de artillería es mínimo. Sin embargo, nos atacaron y nos están derrotando. Hicieron lo que nadie imaginó: nos cercaron con otro campo fortificado y construyeron con pico y pala centenares de kilómetros de túneles y trincheras. No conseguimos detenerlos ni con diluvios de napalm. Abrieron caminos entre bosques y montañas, también a pico y pala. Se movilizaron por todo el territorio como un gran hormiguero pese a tener su retaguardia a 500 o 700 kilómetros. Se desplazan en convoyes de bicicletas, en sampanes y balsas por los ríos, o en caballos con albardas... ¡Es increíble, pero desde allí llegó la maldita chusma! Y eso no es de sorprender. Ya Clausewitz observaba que donde la vida no vale nada, los soldados son valientes. Decenas de miles, sobre todo mujeres, cargan sus bultos a la espalda. Las he visto atravesar las gargantas de las montañas, vadear ríos, marchar día y noche bajo metralla aérea y bombas de acción retardada. Todo el país se moviliza para acarrear suministros, vituallas y enfermería a quienes nos contraatacan en Dien Bien Phu. Son demonios infrahumanos, topos desnutridos, cucarachas inmunes al hambre y a las bombas, habitantes de túneles y trincheras. Adoran a un tal Ho Chi Min y lo obedecen con fanatismo.

En estos días, en coloquio con dos alemanes y un compatriota, todos oficiales de la Legión Extranjera francesa, hemos maldecido a los americanos por su estupidez del 45. ¿Por qué en vez de lanzar sus bombas en Japón, no las soltaron en Rusia? Los japoneses estaban derrotados ya; y si hubieran liquidado a los rusos, ahora no tendríamos que combatir contra toda esta porquería asiática que ellos amamantan.

Otra vez, gracias por todo y hasta pronto.

Jaime.

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Cuando Ngo fue denunciado por su conciliábulo con un oficial francés, se cometió un error. El tal francés era un ruso de madre francesa condecorado por sus valerosas acciones como soldado del Ejército Rojo; y desde hacía ya tres años, dado su total bilingüismo, se le asignó la misión de infiltrarse en la Légion Étrangère como agente del vietminh, que era la Liga para la Independencia de Vietnam.

De regreso a las trincheras, Ngo fue arrestado de inmediato; y cuando observó que su conciliábulo y la escena del mapa era vox populi entre numerosos combatientes de aquella zona soterrada, optó por callar, infamarse y no delatar quién era realmente aquel oficial. Ese era su único recurso patriótico para preservar a tan valioso y necesario agente de los vietminh. Pero en esos días cayó una poderosa bomba donde lo tenían detenido y murieron decenas de combatientes. Entre las llamas, la confusión y la negrura del humo que emitía la vegetación quemada Ngo pudo evadirse de Dien Bien Phu y alejarse para siempre de su amado Vietnam.

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Cuando el tío Ho se enteró de que Ngo Anh Thieu había traicionado y colaboraba con el enemigo, oyó el informe que le llevaron y se limitó a un brevísimo comentario sobre lo que estimaba una fatalidad. En realidad, de todos los combatientes vietnamitas, solo Ho Chi Minh y Le Duan conocían la historia de Vasili, el oficial soviético del vietminh; y tras lamentar el asunto entre ambos, supusieron, como todos los conocedores del caso, que Vasili había sido una víctima más de aquella bomba fatal. Y Ho le comentó a Le Duan que además de su heroísmo al inmolarse para no delatar a Vasili, Ngo Anh Thieu representaba también una dolorosa pérdida para la cultura vietnamita, porque a su juicio, aunque inédito, Ngo era uno de los mayores poetas y no solo en lengua vietnamita, sino en chino clásico, que dominaba como experto filólogo.

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En su larga caminata rumbo a la aldea natal, muy cercana a la frontera con Laos, Ngo recogió su obra escrita. Poco después, en Hanoi, tuvo lugar su primer encuentro con Ho Chi Minh, para asegurarse de que su nombre quedara limpio en lo concerniente al caso Vasili; y tras haberle leído un par de poemas suyos, deslumbró tanto al venerable patriota, que por propio interés, en reiteradas ocasiones le pidió leerle otros, durante la semana de su visita a Hanoi. Y no solo le dio a conocer sus poemarios en vietnamita, sino también en chino clásico, lengua que como filólogo conocía bien.

De Vietnam partió henchido de felicidad por haber merecido aquellos elogios del gran Padre de la Patria. Luego vivió en varios países europeos, en EE. UU. y por fin, en 1961, se refugió en Cuba socialista.

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En la calle San Nicolás, Chang trabajaba por la comida y el techo en el tren de lavandería de un chino cantonés en La Habana. Chang amaneció muerto una madrugada. Según el cantonés, murió por no dormir y dedicar gran parte de sus noches a escribir. Tras el entierro, el cantonés analfabeto quemó la montaña de folios que Chang escribía y guardaba en una inmensa caja.

Chang no era chino. Era el gran poeta vietnamita Ngo Anh Thieu. Así desaparecieron los escritos de su última década de vida.

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