Juventud Rebelde

Los que soñamos por la oreja

Doce maneras de estar lejos

Casi podría decirse que fue ayer cuando Mauricio Figueiral, como integrante del proyecto La séptima cuerda, comenzó a darse a conocer en el circuito trovadoresco habanero. Cuando uno descubre grupos de creadores jóvenes, que en esencia se manifiestan en colectivo, hay que esperar para que la vida, así como el talento y el esfuerzo personal de cada quien, ponga las cosas en su sitio.

Justo eso es lo que ha sucedido con los integrantes de La séptima cuerda. Atrás ha ido quedando el momento de la cofradía, al margen de que entre ellos mantengan las mejores relaciones, e incluso acometan conciertos en conjunto. Ha llegado el instante del desempeño estrictamente personal.

Mauricio es alguien que se ha tomado muy en serio su vocación de cantautor, cosa que ha hecho en el tiempo extra que le ha dejado la carrera como estudiante de Dirección de Cine en el ISA. Tal formación lo ha ayudado a llevar su labor como trovador en función de determinada idea específica, ya sea un concierto o una peña, a sabiendas de que en arte —y dada la época que nos ha tocado vivir—, hay que pensar hasta en lo más mínimo lo que nos traemos entre manos.

Su reciente presentación en el Centro Pablo demostró que él ya no es un joven imberbe, con muchas ganas de hacer canciones pero inexperto en las reglas del juego. El título de la pasada función, La isla en peso. Doce maneras de estar lejos, habla por sí solo de una propuesta que parte de una conceptualización, algo no muy frecuente en muchos recitales de trovadores y que se decantan más bien por la simple sucesión de temas, sin que exista un hilo capaz de vertebrar el espectáculo.

Desde que supe de este proyecto, en el momento en que el mismo fue premiado en el concurso para la beca de creación Del verso a la canción, me admiré por el hecho de que alguien de la edad de Figueiral se plantease hacer un trabajo por el estilo. Porque no se trata únicamente de la complejidad que implica musicalizar un grupo de poemas de varios autores —por demás escritores de diferentes épocas en la literatura cubana—, sino del acierto y actualidad que, desde el ángulo temático, significan los 12 textos escogidos por Mauricio para ponerles música y así, dialogar con una problemática de total vigencia en el presente.

La nostalgia por Cuba y sus rincones, representados por La Habana, se ha convertido en algo recurrente en el discurso artístico literario cubano, a propósito de los procesos diaspóricos que han signado la vida cultural de nuestro país en años recientes. Si bien esa es una realidad indiscutible, una labor como la hecha por Figueiral deja claro que dicha preocupación no es solo una tendencia de hoy o del pasado cercano, sino que en otros siglos también formó parte de las motivaciones al escribir por parte de representantes ilustres entre los literatos cubanos, entre los que el amor a la Isla, más allá del sitio donde se viva, ha sido una constante.

Maravilla ver cómo Mauricio se ha identificado con versos tan diferentes estilísticamente hablando y que comprenden a autores reconocidos como Dulce María Loynaz, Nicolás Guillén y Gastón Baquero, u otros no menos importantes pero de reducida circulación entre nosotros, como acontece en el caso del santiaguero Orlando González Esteva. De este último, alguien que a la par de su condición de poeta ha estado muy ligado a la música, ya sea como articulista, integrante del destacado dúo de Mara y Orlando o como productor de festivales y conciertos, Figueiral musicalizó un texto titulado Cuartos vacíos, y que me resultó uno de los más logrados en el conjunto de los 12 poemas.

En la función, donde intervinieron varios músicos de respaldo, entre los que sobresalieron el violinista William Roblejo y el guitarrista Jorge Herrera, Mauricio evidenció una absoluta sintonía con la esencia de su relectura de los pareceres de los poetas seleccionados, al tratar el tema del amor por Cuba desde la lejanía, como se comprobó en la pieza Volver en canciones, con texto y música de Figueiral y que fue uno de los momentos altos del concierto, un espectáculo que dio señales del buen estado de la canción cubana contemporánea entre sus representantes más jóvenes.

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