Joaquín Borges-Triana

Los que soñamos por la oreja

Sabrosa pata de pollo

A propósito de mi comentario acerca del disco Professor Satchafunkilus and the musterion of rock, de Joe Satriani, algunos lectores de esta columna me dijeron que de buena gana me habrían linchado, por haberme atrevido a expresar que yo no era un devoto ciento por ciento del afamado guitarrista estadounidense. Es una pena que tal clase de fanáticos no se percaten de que, en materia de gustos, la unanimidad resulta una falacia. Como que para ese tipo de personas las cosas son en blanco y negro, y no admiten la gama de colores que va entre ambos extremos, de seguro se sorprenderán al leer ahora la opinión que me ha causado el debut fonográfico de Chickenfoot, banda integrada por Joe Satriani, Sammy Hagar, Michael Anthony y Chad Smith, nombres todos que para los seguidores del rock son harto conocidos.

La unión de figuras como estas en un proyecto, constituye lo que en la historia del género se denomina un súper grupo, un tipo de formación que tiene sus antecedentes allá por fines de los 60 en agrupaciones como Cream y Blind Faith, un intento continuado hasta nuestros días, con ensambles como Asia, The Firm y Travelin Wilburys, entre otros. La idea de epatar al mundo con un «arte superior», proveniente de la simbiosis entre instrumentistas de sobrado talento, se ha llevado a cabo en repetidas ocasiones. En la mayoría de los casos, al margen de constituir una buena fórmula musical, y por supuesto económica, no han pasado de ser incestuosas alianzas, casi siempre con la fugacidad por bandera.

De acuerdo con los antecedentes, desde que en el 2008 se habló de la posible integración de Chickenfoot, el éxito estaba garantizado. En junio del presente año, acaban de ver la luz la edición europea y la norteamericana del álbum homónimo de la banda. Grabado en los Skywalker Sound Studios de California, el CD se arma con 11 piezas, compuestas en su mayoría por el dueto de Hagar y Satriani. El repertorio posee ese sonido rotundo característico de otra época, pero que parece vuelve a ponerse de moda, si se piensa, por ejemplo, en la popularidad que por estos días está registrando un grupo como AC/DC con su más reciente fonograma.

Chickenfoot me suena a un cruce entre Van Halen y Led Zeppelin, con algo de un toque funky por la batería de Chad, quien se me antoja como el elemento integrador de la propuesta. Un corte como Avenida Revolution —la apertura del CD—, tiene un claro aliento hard rockero, para que el oyente sepa por donde irá esta historia. Así, la siguiente pieza, Soap on a rope, desde su poderoso riff introductorio destila el sabor y la esencia del rock setentero que Sammy desarrolló en aquella década con el grupo Montrose o en su disco en solitario, The red album, publicado en 1977.

Con un ritmo muy contagioso y pegadizo, Sexy little thing, tercer tema de la grabación, está llamado a convertirse en un caballo de batalla para la banda y lo único que yo le criticaría es la simpleza literaria del título y del texto en general. Viene después Oh yeah, menos colorista que el corte anterior, con mucha mayor rudeza en el sonido y con una proyección de Hagar que lo revela una vez más como todo un maestro del canto en el rock.

Por su parte, en Runnin’ out, Satriani ejecuta un solo frenético, donde echa mano al timbre del wah, para evocar los años gloriosos del hard rock. Get it up, muy enérgica y por momentos de cierto sabor funky, demuestra los agudos que aún puede dar Sammy, aunque ya no sea un muchachón. A continuación nos topamos con dos de los mejores momentos del disco, Down the drain y My Kinda girl, ambos con mucha explosividad y transmisores de altas dosis de adrenalina.

Learning to fall es la clásica balada o tema lento que no puede faltar en un CD como este, con armonía en tono menor y el «obligado» solo grandilocuente a la guitarra. La energía a raudales retorna con Turnin’ left, hard rock a quemarropa que da paso a Future in the past, el último de los cortes de un excelente álbum.

Si esta sabrosa pata de pollo perdurará, por encima de que el arte no es la simple unión de individualidades privilegiadas, lo dirá el tiempo. Ello depende de que Sammy, Joe, Michael y Chad no sean víctimas de la soberbia, como suele ocurrir.

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