Los que soñamos por la oreja

La luna del sur

Una de las cosas que más uno añora en mucha de la música que se hace por los días que corren, resulta la ausencia de propuestas que busquen transitar por caminos no trillados. Es cierto que a estas alturas del siglo XXI se torna muy difícil hacer algo en lo que no aparezcan aquí o allá reminiscencias de lo facturado en materia sonora con anterioridad. Empero, siempre hay espacio para la experimentación y el rigor con desenfado.

Creo que esto último, es decir, la capacidad de arriesgarse en aras de ofrecer algo diferente, ya sea en el plano armónico o en el diseño de las líneas melódicas, fue lo primero que me llamó la atención cuando supe del quehacer de Rubén Moro, a inicios de la década de los 90, instante en que él se estrenaba con el grupo Gatos en el tejado, protagonistas de un ciclo de peñas por espacio de un par de años en lo que oficialmente se llama Casa Comunal de Cultura Roberto Branly, pero que la vida (al fin y al cabo lo verdaderamente importante) denominase como El patio de María, gracias a la ingente labor que en la instalación realizara ese ejemplo de promotora cultural que es María Gatorno.

Desde la lejana fecha aludida he prestado el máximo de atención al trabajo que Rubén Moro nos ofrece, pletórico de códigos que demandan de la audiencia no la simple escucha a la que la industria nos ha acostumbrado. Cierto que la ruptura con determinadas cadencias en la cancionística que por entonces hacía y ha continuado haciendo este creador, en un momento dado pudieran hasta haberme parecido demasiado violentas o cuando menos algo forzadas. Sin embargo, he de decir que prefiero que alguien se arriesgue en dicho orden a la pasmosa quietud que se nota en tantísima gente y que solo va a lo seguro al componer.

Después de aquellas aún recordadas peñas en El patio de María, en las que Rubén se desempeñaba como el hombre orquesta, al disolverse la agrupación Gatos en el Tejado, le perdí el rastro. No fue hasta fines del pasado decenio que conocí de lo nuevo que se traía entre manos. Me refiero a la formación que ya casi por espacio de 13 años ha sido el centro de sus motivaciones creativas: el Proyecto Kora.

A este colectivo, y en especial a su inspirador, hay que agradecerle que en el ámbito de la canción de origen trovadoresco se retome la tradición de los ensambles vocal instrumental. Con frecuencia al pensar en la trova, solo se evoca a un hombre o mujer acompañado por su guitarra, a pesar de que la imagen no se corresponde del todo con la realidad, pues disímiles formatos han enriquecido dicha expresión, sin afectar su manera peculiar de decir y hacer la canción. En tal multiplicidad de formas, la combinación entre el trabajo vocal y el instrumental registra en nuestro contexto numerosos ejemplos. Por solo mencionar a algunos que en la Nueva Trova hicieron grandes aportaciones en ese sentido, ahí están los casos de Los Cañas, Los Dimos o Tema 4.

La intención de Rubén Moro y el Proyecto Kora no se queda en retomar desde el prisma vocal el trabajo a voces, sino que a tono con los tiempos que corren, persiguen en su repertorio la hibridación de variados géneros y estilos. Así, junto a expresiones de la música tradicional cubana, como el son, el cha cha chá o la habanera, encontramos la presencia del blues, el jazz o el pop. A lo anterior, únese que los arreglos de los temas interpretados por el grupo, están concebidos para distribuir —en equilibrada alternancia— el protagonismo de cada una de las voces o de los instrumentos de la formación.

Quienes el próximo sábado 12 asistan al Centro Cultural Pablo de la Torriente Brau para disfrutar del concierto La luna del sur, como Rubén ha querido nombrar la actuación suya y de su Proyecto Kora en el espacio A guitarra limpia, en señal de reafirmación de un credo o concepto filosófico proveniente de este otro lado del mundo, pueden tener la certeza de que escucharán un conjunto de canciones, en el que cada una posee su propia identidad y no la inocua repetición de un esquema armónico melódico ritmático de los fácilmente predecibles. Ese permanente apostar por el riesgo al abordar el hecho musical es algo que, al menos yo, le aplaudo a Moro y sus compañeros de aventura.

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