Joaquín Borges-Triana

Los que soñamos por la oreja

Discos que deberíamos tener en casa

Si bien la pobre difusión del jazz contemporáneo durante años fue un problema entre nosotros, a lo cual se unió el hecho de que en un largo período con posterioridad a 1959 no se comprendió que estábamos a la vanguardia en el jazz latino, hoy puede afirmarse que esa resulta historia antigua.

Cualquier analista del devenir de la música en Cuba sabe que en la actualidad, uno de los géneros que vive un momento de tremenda intensidad creativa es, sin lugar a dudas, el jazz. Y digo jazz a seca porque no se trata solo de la vertiente latina o afrocubana, sino de disímiles formas de concebir el discurso artístico en el que devino el principal lenguaje sonoro del pasado siglo XX.

Dentro del impactante movimiento de nuevos jazzistas salidos a la palestra pública en Cuba a través del concurso Jo-Jazz, uno que mucho ha dado que hablar es el pianista Dayramir González. Aunque su primer disco, publicado a través del sello Colibrí, ya tiene varios años de haber sido puesto en circulación, sigue siendo muy grato escucharlo.

Se trata de un trabajo que pone el énfasis en géneros y estilos de la música cubana, desde los cuales se llega al universo del jazz. De tal suerte, disfrutamos en el fonograma Dayramir y Habana en Trance de piezas que apelan al danzón, al chachachá o a elementos que identifican las actuales tendencias bailables en el contexto cubano.

No faltan, además, piezas concebidas para resaltar el desempeño pianístico de Dayramir González solo con su piano. Tales son los casos de Interludio y Transición, para mi gusto personal dos de los mejores momentos de toda su producción fonográfica, pues dejan claras las habilidades como instrumentista por parte del intérprete.

Junto a los anteriores temas, yo mencionaría también como destacados en el álbum, los cortes Gozando, Complaciendo peticiones, San Francisco e Invitación, pieza esta última en la que el arreglo para la cuerda de metales deja sentir la vivificante influencia de agrupaciones ya desaparecidas como Irakere y Afrocuba, y de orquestadores como Chucho Valdés y Oriente López.

Este disco, que ha resistido el paso de los años, fue la ópera prima de uno de nuestros más talentosos pianistas del presente.

Ahora me referiré a un CD más cercano en el tiempo, el titulado La rumba del siglo. Ritmo, tambor, armonía y sabor son cuatro ingredientes que, según consenso generalizado entre los especialistas, identifican la propuesta de los camagüeyanos integrantes del grupo Rumbatá. Si a lo anterior se añade que en el quehacer del ensemble también encontramos sonoridades muy contemporáneas pero que a la vez no pierden la esencia del concepto y de las raíces de la rumba, se comprenderá que estamos ante un trabajo musical de esos que hay que tener en cuenta.

Justo lo antes expuesto se comprueba al escuchar un fonograma como el titulado La rumba del siglo, producción discográfica acreditada a Rumbatá y que sale al mercado a través del sello Bis Music. Contentivo de 14 temas, este CD ofrece un interesantísimo testimonio acerca de las principales motivaciones que impulsan a los miembros de Rumbatá, agrupación formada allá por 1996 y que tiene en el cantante y compositor Wilmer Joel Ferrán Jiménez al hombre líder del proyecto.

Producido por el también camagüeyano Manolito Simonet, el álbum La rumba del siglo consigue unir de un modo orgánico piezas harto reconocidas por su popularidad en otros momentos, junto con un repertorio original y concebido de forma exclusiva para este material.

Así, nos topamos con temas que años atrás fueron en extremo populares entre los melómanos cubanos, como sucede en los casos de El Manisero, de Moisés Simon; Veinte años, de María Teresa Vera, y Óleo de una mujer con sombrero, de Silvio Rodríguez, y que ahora son concebidos e interpretados desde la peculiar mirada de rumberos  pertenecientes a los ciudadanos comunes.

En el camino de obtener una mejor simbiosis o auténtica armonía entre los que han hecho posible esta grabación, Rumbatá ha escogido a varias destacadas figuras de nuestro ambiente musical, que aportan lo suyo en aras de que el fonograma contribuya a la preservación de un género que resulta componente fundamental de nuestras más auténticas tradiciones de ayer, hoy y siempre.

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