Los que soñamos por la oreja

La Leyenda del Latin Jazz

Cuando el 4 de abril de 1988, de manera oficial debutaba en los escenarios cubanos NG La Banda, agrupación que con su impronta marcaría de forma fundamental el sonido de la música popular en nuestro país durante el siguiente decenio de los 90, en la cuerda de metales del ensamble aparecía la figura del trompetista José Miguel Crego, conocido en nuestro ambiente sonoro como «El Greco».

Como es sabido, el instrumento de la trompeta siempre ha sido muy destacado entre nosotros y cabría nombrar a personalidades como Félix Chappottín, Jorge Varona, Andrés Castro, Manuel Mirabal («El Guajiro»), Leonardo Timor y Luis Escalante, que han marcado escuela y que, por razones extrartísticas, en casos como los de los dos últimos mencionados no son lo evocados que debieran ser. Herederos de ese legado, en el presente hay varios trompetistas que sobresalen y entre los que hay que aludir a Adalberto Lara («Trompetica»), Arturo Sandoval, Reinaldo Melián («Molote»), Manuel Machado, Juan Munguía, Elpidio Chappottín, Julito Padrón, Mario Félix Hernández («El Indio»), Basilio Márquez, Alexander Brown, Alexander Abréu, Alexis Baró, Eric Sánchez, Amik Guerra, Carlos Sarduí, Luis J. Márquez, Raúl («Lulo») Pérez y Yasek Manzano.

De la extensa nómina de formidables ejecutantes de la trompeta que hemos tenido en tiempos recientes, si alguien en los últimos algo más de 30 años se ha destacado por su enorme poder de improvisación, en mi opinión ese sería José M. Crego «El Greco», quien en el pasado estuviese vinculado a agrupaciones como Los Yacos, Afrocuba, Galaxia, Irakere, además de la ya mencionada NG La Banda, y que en 1996 fundase su propio proyecto, el quinteto de jazz contemporáneo Top Secret.

Más de una vez al asistir a presentaciones suyas, siempre me quedaba sorprendido ante la ingeniosidad de este músico para armar con su instrumento ideas interesantísimas y soluciones melódicas de alto vuelo, sin la menor necesidad de caer en alardes técnicos (tan comunes en otros) al corte de pretender dar notas superagudas todo el tiempo, sino solo moviéndose por el registro medio de la trompeta.

Creo que esa capacidad que ha tenido «El Greco» de resultar un auténtico improvisador fue lo que motivó al desaparecido Pucho López en un momento dado del decenio de los 90 del pasado siglo, a conformar con José Miguel una mancuerna de trabajo que dejó varios discos grabados en torno a composiciones del ya fallecido tecladista villaclareño, materiales que, en mi modesta opinión, figuran entre lo mejor de la discografía cubana de fines de la anterior centuria.

En fecha reciente, la Egrem ha puesto en circulación un fonograma que bajo el título de La Leyenda del Latin Jazz, vuelve a testificar la colaboración que durante años mantuvieron «El Greco» y Víctor López Jorrín, más conocido como Pucho. Contentivo de 13 cortes, este álbum se arma en lo fundamental en torno a un repertorio de origen internacional.

Son piezas muy conocidas en su mayoría y que gozaron de mucha popularidad en sus versiones originales. Tales son los casos, por ejemplo, de You are the sunshine of my life, del estadounidense Stevie Wonder; Here come the sun, del británico y ex Beatle George Harrison; Pequeña serenata diurna, de nuestro Silvio Rodríguez; o The Island, del brasileño Ivan Lins.

De lo antes expuesto, cualquier conocedor de la materia ha de intuir que este CD transita esencialmente por los terrenos de lo que se conoce como smooth jazz, variante que por sus características estilísticas logra conectar con audiencias no acostumbradas a las complejidades del discurso jazzístico.

En el fonograma, una vez más «El Greco» evidencia sus enormes potencialidades para hacer hermosas improvisaciones. Asimismo, el tristemente desaparecido Pucho López se ratifica como uno de los músicos cubanos que mayor dominio ha registrado en el universo de las programaciones y como uno de nuestros grandes orquestadores.

Disco que quizá no complazca mucho a los amantes ortodoxos del jazz, sin embargo resulta una propuesta que puede atraer a audiencias no entrenadas en la escucha del primer gran lenguaje sonoro del siglo XX.

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