Joaquín Borges-Triana

Los que soñamos por la oreja

Vuelve la fiesta de los jóvenes jazzistas

«El imaginario público forjado en torno al jazz cubano está muy determinado por el pasado del propio jazz, sobre todo por el peso histórico del llamado Latin Jazz. La particular y potente mitología que se ha ido construyendo a lo largo de los años, en torno a sus grandes músicos, condiciona su recepción y percepción pública. Chano Pozo, Mario Bauzá, Mongo Santamaría, Bebo Valdés, Cachao, Irakere…, parecen formar un todo orgánico en el imaginario del aficionado. Sin embargo, existe un presente del jazz cubano que, más allá de su historia, es tan rico y poliédrico como su glorioso pasado —y tan potente como él. Un presente formado por un elevado número de excelentes músicos que hacen una música de gran calidad.»

Lo anterior es el comienzo de un texto del investigador español Julián Ruesga Bono titulado Una inmersión en el nuevo, y no sólo joven, jazz cubano, publicado en la revista Tomajazz. Este trabajo aborda el devenir del jazz cubano, sobre todo el realizado en los últimos años, que obviamente resulta el más desconocido a escala internacional. Por mucho tiempo he seguido, primero como aficionado al género y luego como periodista, el devenir jazzístico entre los cubanos, tanto dentro como fuera de Cuba. Gracias a mi madre, fervorosa amante del jazz y que durante años no se perdía ni un solo concierto del género que tuviese lugar en La Habana, desde niño estuve en contacto con grabaciones discográficas del que es el primer gran lenguaje sonoro del pasado siglo XX.

Nadie que sea un estudioso del acontecer musical cubano de los últimos años, podría ignorar el buen momento que en el presente vive el jazz hecho por mis compatriotas, tanto en el país como fuera de él y a lo cual ha contribuido de modo especial la celebración del festival Jazz Plaza, evento organizado inicialmente por una modesta institución cultural de un municipio de La Habana, y, más recientemente, el concurso Jo-jazz, que este jueves 19 de noviembre inicia otra nueva emisión.

Hace poco, un investigador foráneo de visita en Cuba me preguntaba acerca del porqué, en mi opinión, los actuales músicos cubanos que de conjunto más habían penetrado el mercado internacional eran los jazzistas (a pesar de que en Cuba no haya conservatorios donde estudiar jazz y las posibilidades de tocar no son tantas como deberían ser). Lo anterior  está ejemplificado con el prestigio de nuestros compatriotas en países como España, Canadá y Estados Unidos o en certámenes como el Grammy y otros de corte competitivo. En el puñado de razones a las que eché mano para responder la interrogante, una de las que más argumenté fue justo lo que ha significado el Jazz Plaza para el desarrollo del género entre nosotros, en particular durante el decenio de los 80, momento en el que el festival tuvo una impronta particular, por la intervención en él tanto de instrumentistas profesionales como de numerosos estudiantes de las escuelas de música. Esa es una atmósfera que entrados los 90 cambió de tónica y afortunadamente de un tiempo a acá se ha recuperado en las ediciones del concurso Jo-Jazz, evento competitivo creado por iniciativa de Alexis Vázquez a fines del decenio de los 90 para jóvenes jazzistas, que optan por los galardones tanto en la categoría de interpretación como en la de composición.

Considero fundamental poner énfasis en la idea de que en la actualidad, los caminos por los que apuestan nuestros jazzistas se están diversificando de manera ostensible. A mi parecer, existen dos grandes grupos: los que parten de lo cubano para llegar al jazz, y los que actúan en un sentido inverso. En ambas tendencias uno puede encontrar diversas ramificaciones, de lo cual podrá ser testigo quien entre el jueves 19 y el domingo 22 de noviembre concurra a la nueva edición del concurso Jo-jazz.

Por último, creo oportuno señalar que la obra de los actuales jazzistas de nuestro país, ya sea en Cuba o en el extranjero, pone de manifiesto que una auténtica visión cultural tiene que ir más allá de constreñirse tanto a un estrecho nacionalismo como a los efluvios imperiales. Son veleidades de las que por igual hay que huir, en pro de metabolizar las más disímiles tradiciones y con ello producir un tipo de creación musical que siga siendo cubana, pero concebida desde un lenguaje universal.

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