Los que soñamos por la oreja

The Poodles, nórdicos de espíritu desenfadado

A lo largo de los recién cumplidos 26 años de esta columna en Juventud Rebelde, muy pocas emisiones las he dedicado a complacer solicitudes de comentarios acerca de tal o más cual agrupación o solista. No es que esté en contra de semejante práctica pero, a decir verdad, he preferido que la esencia del espacio haya sido proponer materiales que, por una razón u otra, en nuestro contexto resultan poco o nada promovidos. Por supuesto que toda regla tiene su excepción, lo cual ayuda a confirmarla, y ese es el caso de hoy.

Hace unos días, a la salida de una función en la que —para mí— es la sala de conciertos más acogedora de La Habana, es decir, la del Museo Nacional de Bellas Artes, mientras retornaba a casa, un carro se detuvo a mi lado y, aunque yo no conocía a sus dos ocupantes, me llamaron por mi nombre y me invitaron a montar a fin de llevarme hasta donde me dirigiese. Como el tramo que me faltaba por recorrer era bastante largo, acepté la propuesta y ya en el interior del auto, comenzamos a dialogar.

Las protagonistas de aquel gesto solidario eran un par de chicas, una socióloga y otra comunicadora social, frecuentes lectoras de mi columna desde que ambas eran adolescentes, lo que comprobé por los trabajos míos de que me hablaron. Como parte de la conversación, que se extendió más allá del camino a mi vivienda pues hicimos una parada en una cafetería dado lo ameno de la charla, ellas se refirieron a la afición que experimentaban por el grupo sueco The Poodles e insistieron en que dedicase una de estas emisiones a dicha banda. No les respondí ni que sí ni que no, pero aquí las complazco, en retribución a la amabilidad evidenciada por ambas.

The Poodles es una agrupación surgida en 2006 y que se mueve entre el hard rock y el heavy metal. En esencia, yo diría que ellos ofrecen un puñado de canciones muy accesibles, en las que la melodía, los coros y el  perfil del trabajo de la armonía persiguen una rápida comunicación con las audiencias. Su debut fonográfico se produjo con el disco Metal Will Stand Tall, al que siguieron Sweet Trade, The Clash Of The Elements, Performocrazy y Tour De Force.

Para ser honesto, debo decir que no he sido amante de la música de esta banda. Cierto que su propuesta suena divertida y agradable para pasar un rato de jolgorio y vacilón, pero es de esos materiales que, al menos a mí, no me dejan huellas. En particular, hubo canciones del CD Performocracy que me gustaron en su momento. Son los casos de cortes como I want it all, Until our kingdom falls y, sobre todo, I believe in you, que me parece lo más atractivo de la grabación, gracias a sus pasajes guitarrísticos. Las demás piezas, en general son concebidas como medios tiempos, con soluciones demasiado predecibles para el que conozca la historia del género.

El álbum titulado Tour De Force, lo último que he escuchado del grupo integrado por Jakob Samuel (voz), Pontus Edberg (bajo), Christian Lundqvist (batería) y Henrik Bergqvist (guitarra), es un fonograma que me resulta lo mejor hecho por estos suecos. Aquí, ellos renuncian un tanto al sonido de orientación más comercial y apuestan por el hard rock clásico, en sintonía con los patrones del género en Estados Unidos que, como se sabe, tiene diferencias con la sonoridad europea.

Lo anterior se comprueba desde el tema inicial del disco, Shut up, que posee una intro de guitarra muy efectiva, en la línea de lo efectuado por gentes como Motley Crue. Otro corte de sabor americano es Going down, que sirve para que Jakob Samuel evidencie sus potencialidades como vocalista. Por su parte, Kings, mi favorito del álbum, tiene una notable influencia sureña y posee un excelente solo de guitarra.

Por supuesto que el espíritu desenfadado y lúdico que ha caracterizado a estos nórdicos también está presente en el CD, lo cual se verifica al escuchar una pieza como 40 days and 40 nights. El toque más europeo viene representado por Now is the time, con un estribillo enérgico y pegadizo, acorde con el historial de la banda, un proyecto que, sin ser nada extraordinario, es disfrutable para una jornada de fiesta.

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