Los que soñamos por la oreja

Una compositora sin límites

Uno de los primeros trabajos que publiqué en esta columna de Juventud Rebelde hace tanto tiempo que ya ni quiero acordarme para así no pensar en lo viejo que me estoy poniendo, fue el dedicado a la notable compositora habanera Beatriz Corona. Por aquellos lejanos días, yo había quedado literalmente subyugado por una creación suya titulada Llueve cada domingo (musicalización de un poema de Nicolás Guillén) y que continúa emocionándome cada vez que la vuelvo a escuchar. De entonces a acá, solo he hablado con ella por breves segundos, en un saludo momentáneo a propósito de un concierto en la sala teatro del Centro Hispanoamericano y en el que uno de sus hijos tenía un rol fundamental como orquestador del material que se interpretaba.

Aunque muchos al pensar en Beatriz Corona solo la ubican como la más importante compositora cubana de la actualidad para coros, dado que casi todas las formaciones corales en nuestro país tienen montadas piezas suyas a partir de musicalizar textos literarios de autores como José Martí, Nicolás Guillén, César Vallejo, Dulce María Loynaz, Mario Benedetti, Pablo Neruda…, ella es una hacedora musical fecunda y sensible, con una obra que abarca diversos formatos y en la que aparecen trabajos dentro de los códigos estilísticos de la música sinfónica, la de cámara, religiosa e incidental para cine.

En su producción de conjunto uno puede apreciar que Beatriz se caracteriza por utilizar un lenguaje transparente y directo, sin disonancias ni atonalismos sino todo lo contrario, es decir, una propuesta en la que lo tonal se impone.

Lo anterior puede comprobarse una vez más en recientes producciones fonográficas suyas como El sitio del corazón (Producciones Colibrí), dedicado al complejo arte de la micropieza y que deviene suerte de homenaje a los compositores cubanos del siglo XIX, maestros de las miniaturas sonoras al escribir breves formas musicales como la contradanza, la danza y el vals tropical.

Otra muestra del modo en que lo tonal prevalece en el quehacer de Beatriz Corona resulta su disco titulado Trova de cámara, fonograma también editado por Producciones Colibrí, la casa discográfica perteneciente al Instituto Cubano de la Música. Sin la menor duda, me atrevo a asegurar que estamos en presencia de una deliciosa entrega, en la que los intérpretes deben enfrentar el reto de ofrecernos un exigente y detallado desempeño en el aspecto tímbrico, a fin de lograr el sonido que busca la compositora en las piezas aquí recogidas.

Como álbum, Trova de cámara ratifica la idea de que las divisiones impuestas entre la música popular y la académica son en verdad pura mercadotecnia pues las fronteras entre ambas expresiones se pierden, cuando el compositor así se lo propone. De tal suerte, aquí nos topamos con muy hermosas orquestaciones en torno a la obra de autores de la cancionística cubana, así como de la internacional, con un predominio de piezas de creadores pertenecientes a lo que fue la Nueva Trova.

En tal sentido pueden mencionarse, por ejemplo, la recreación que Beatriz Corona hace de temas como Te perdono, de Noel Nicola; Candil de nieve, de Raúl Torres; Acuérdate de abril, de Amaury Pérez Vidal; El breve espacio en que no estás, de Pablo Milanés; y Tonada de amor, original de su hermano Enrique Corona.

Ahora bien, en mi opinión, lo mejor del fonograma lo encontramos en la reinterpretación de varias piezas de nuestro Silvio Rodríguez, que son agrupadas en una Suite denominada Silvio, así como en la obra llamada AUTÉntica, impactante suite escrita a partir de cuatro populares composiciones de ese importantísimo cantautor filipino-español que es Luis Eduardo Aute.

Para el lucimiento del trabajo de Beatriz Corona como orquestadora a lo largo del CD, es fundamental la participación en el mismo de la Orquesta Sinfónica Nacional de Cuba, dirigida por Enrique Pérez Mesa, y el coro de cámara Vocal Leo, encabezado por Corina Campos. Todos ellos contribuyen a que este sea un disco de esos que nos animan a reescucharlo una y otra vez, a fin de disfrutar a plenitud de esa maravilla que es la música.

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