El Duende

La tecla del duende

Contar la historia

La Historia siempre relata y juzga en la distancia. Deja que se dispersen los vapores repentinos para calar la sustancia profunda de los hechos. Pero a veces el pasado más reciente tiene tanto monumento postergado, sueño roto o ansia conmovida, que pide a gritos ser narrado.

El próximo 2008 «Cuba de la Caridad», como la llamó un inquieto cronista, cumplirá 18 años de terquedad sublime. Tierna. Dura. Con la memoria de un Socialismo real que «se fue a bolina» y el deseo ancho de vivir, vivir, vivir, a contrapelo de todas las angustias.

¿Cómo ha podido apretar en un puño lo valioso y abrir camino entre la maleza? ¿Con qué impulso, con qué suerte hemos renacido de la llaga diaria para guardar un pedazo de futuro? ¿Cuáles piezas inventadas de un naufragio han armado el pan de cada mañana?

Hay mucho que contar y cantar.

Chancleta de palo y grito de «¡se puede!»; balsa que sale y decisión ilesa; lágrima, división, golpe, coño, vamos, mañana, sopón, bicicleta. Todo con todos sobrenadando. Todos sin nada, sobreviviendo.

Entonces, ¿dónde ha quedado esa historia?... Algo se ha dicho, sí, pero cada uno tiene cuánto por decir...

¿Por qué no comenzamos a liberar las palabras guardadas? ¿Cómo? Fácil, como nos salgan del recuerdo.

La Tecla del Duende convoca...

Que cada lector escriba en no más de dos cuartillas, en prosa o verso, su historia de estos 18 años.

Que los que prefieran hablar a través de la gráfica, envíen fotografías, pinturas, dibujos o caricaturas que destaquen lo ocurrente de este lapso.

El plazo de admisión cierra el jueves 20 de diciembre. Los relatos e imágenes serán recibidos personalmente en el Centro de Documentación de JR, por correo postal o mediante la dirección contarlahistoria@jrebelde.cip.cu.

Los que mejor cuenten —visual o literariamente— protagonizarán una de las ediciones finales del diario en el 2007 y recibirán otros premios sorpresa.

Como siempre: la originalidad y la belleza deben latir en cada envío. Hagamos el cuento.

Poema CXXIV

Isla mía, ¡qué bella eres y qué dulce!... Tu cielo es un cielo vivo, todavía con un calor de ángel, con un envés de estrella.(...)

Para el hombre hay en ti, Isla clarísima, un regocijo de ser hombre, una razón, una íntima dignidad de serlo.

Tú eres por excelencia la muy cordial, la muy gentil. Tú te ofreces a todos aromática y graciosa como una taza de café; pero no te vendes a nadie.

Te desangras a veces como los pelícanos eucarísticos, pero nunca, como las sordas criaturas de las tinieblas, sorbiste sangre de otras criaturas.

Isla esbelta y juncal, yo te amaría aunque hubiera sido otra tierra mi tierra (...)

Isla mía, Isla fragante, flor de islas: tenme siempre, náceme siempre, deshoja una por una todas mis fugas.

Y guárdame la última, bajo un poco de arena soleada... ¡A la orilla del golfo donde todos los años hacen su misterioso nido los ciclones! (Dulce María Loynaz)

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