El Duende

La tecla del duende

El defecto

Elayna, la sociosicóloga, nos llena el buzón de historias que encuentra y disfruta. Compartamos tres de sus envíos:

Un científico descubrió el arte de reproducirse tan perfectamente que resultaba imposible distinguir el original de la reproducción.

Un día se enteró que andaba buscándolo el ángel de la muerte, y entonces, para confundirlo, hizo doce copias de sí mismo.

El ángel no sabía cómo averiguar cuál de los trece ejemplares que tenía ante sí era el hombre de ciencia; de modo que los dejó a todos en paz y regresó al cielo.

Pero no por mucho tiempo porque, como era un experto en la naturaleza humana, se le ocurrió una ingeniosa estratagema.

Regresó de nuevo y dijo: «Debe de ser usted un genio, señor, para haber logrado tan perfectas reproducciones de sí mismo, sin embargo, he descubierto que su obra tiene un defecto, un único y minúsculo defecto».

El científico pegó un salto y gritó: «¡Imposible! ¿Dónde está el defecto?». «Justamente aquí», respondió el ángel mientras tomaba al científico de entre sus reproducciones y se lo llevaba.

Todo lo que hace falta para descubrir al «ego» es una palabra de adulación o de crítica.

La tarea

Esta es la historia de cuatro personas llamadas Todo el Mundo, Alguien, Cualquiera y Nadie. Existía una importante tarea que realizar y Todo el Mundo estaba seguro de que Alguien lo haría.

Cualquiera pudo haberlo hecho, pero Nadie lo hizo. A Alguien le dio coraje, porque era trabajo de Todo el Mundo. Pero Todo el Mundo se dio cuenta de que Nadie lo haría.

Finalmente Todo el Mundo culpó a Alguien cuando Nadie hizo lo que Cualquiera pudo hacer.

El poder de la palabra

Cuentan que un maestro estaba en la casa de una familia recitando una oración a un niño enfermo. Un vecino que observaba se le acercó al final de su rezo y le dijo: «Dígales la verdad: unas palabras no pueden curar a este pequeño».

El maestro se volvió y le gritó que no se metiera en el asunto. Este maltrato verbal sorprendió muchísimo al vecino, pues los sabios orientales nunca pierden el control.

Después del sonrojo y la alteración comenzó a sudar profusamente. Entonces el maestro lo miró con amor y le explicó: «Si unas palabras te ponen rojo, te desequilibran y te hacen sudar, ¿por qué no pueden sanar a otra persona?».

En Ucilandia

Hoy, a las 9:00 p.m., en el docente 4 de la Ciudad Digital, los tecleros leerán frases ocurrentes y sus antónimos.

Graffitti

Osmaidy: Si la vida me diera un deseo, desearía volverte a conocer. Yuli

Henry: Los grandes sentimientos se expresan con palabras pequeñas: Te amo. Nisley

Alain: Si no existieras te mandaría a hacer. Anaylien

Félix: Amo dos cosas en la vida, los sueños porque son perfectos y tú porque sin ser perfecto me haces soñar. Carisley

Semilla

Nadie tiene tanta necesidad de la sonrisa, como quien no sabe sonreír. Charles Chaplin

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