Juventud Rebelde

La tecla del duende

Fea

Le conoció hace dos años, en Nochevieja, una fiesta desastrosa (...). La anfitriona era una de sus mejores amigas del colegio y la había llamado dos semanas antes para invitarla a la fiesta y pedirle, de paso, que le hiciera tres docenas de bolitas de coco, de esas tan ricas que haces tú... Así que, aunque habría preferido no salir, allí estaba ella, con un vestidito negro y corto que le sentaba bastante bien, unos tacones discretos y su conciencia de chica invisible de 29 años, de esas que llevan más de diez dedicándose a poner copas en la primera parte de todas las fiestas para ocuparse de cuidar a los borrachos después. Porque ella, para qué mentir, era fea. Ni gorda ni flaca, ni alta ni baja, ni con gafas ni con ortodoncia, nada que pudiera arreglarse, corregirse, mejorar con el tiempo, no, solo fea, frente exagerada, ojos pequeños, nariz grande, labios finísimos, barbilla puntiaguda, el pelo lacio, ni rubio ni moreno, el pecho más bien plano, las caderas más bien anchas, las piernas cortas, de pantorrillas musculosas y tobillos gordos, una mujer fea.

Su amiga, en cambio, era tan guapa (...), y quizá por eso, mientras su fiesta naufragaba, gimoteaba sin saber qué hacer. Ella sí sabía, (...) y no tardó un segundo en coger el abrigo, el bolso, e ir a decírselo con las llaves del coche en la mano, deja de llorar y no te preocupes, ahora mismo vengo, ¿qué quieres que traiga? Y entonces, un desconocido alto, moderadamente corpulento, de piernas largas y piel tostada, la cogió por el brazo y le dijo con naturalidad, espera, voy contigo. ¿Sí?, preguntó ella, muy sorprendida. Claro, ¿cómo vas a ir tú sola de compras a estas horas?

Tranquilidad, se recomendó a sí misma mientras los dos entraban en el ascensor. Y estaba tranquila, tanto que cuando él le dijo: y ahora que estamos solos, cuéntame qué piensas encontrar abierto hoy, a estas horas, enumeró con aplomo media docena de posibilidades, están las gasolineras (...), algunas tiendas cierran a las dos, la despensa de mi abuela, que es insomne, está siempre tan repleta como si mañana fuera a acabarse la comida en el mundo... Él se echó a reír, ni así. ¡Ah!, ¿no?, ella también se rió, ¿qué te apuestas? Lo que quieras... Tres cuartos de hora después, cuando subían en el ascensor cargados de bolsas, él la miró, sonrió y le dijo que era una mujer increíble.

Desde que ganó aquella apuesta ha perdido la cuenta de las apuestas que ha perdido contra ella misma. Porque primero pensó que era homosexual, pero no. Luego, que era impotente, pero tampoco. No tenía ninguna enfermedad crónica, ni física ni mental, no era adicto a prácticas sexuales peligrosas, no vivía con ningún pariente incapacitado, no estaba casado, no huía de la justicia, no era un psicópata, no le olían los pies (...). Y sin embargo, ahí está, levantándose a su lado todas las mañanas, para que ella, al verle, se diga siempre lo mismo: no puede ser, no puede ser, y exprima su imaginación en busca de un último argumento, cualquier detalle oculto que haya podido pasársele por alto a sus amigas, a sus hermanas, a sus primas, a su madre, a todas esas mujeres que levantan las cejas de asombro cada vez que les ven juntos, y guardan un silencio más elocuente que las palabras un segundo antes de decir, ay, hija, qué bien, cómo me alegro por ti... (Segundo Aniversario, de Almudena Grandes)

Tecl@do

* Daniela Montano Hernández, (administrador03032@mtz.jovenclub.cu) es una matancera que ama coleccionar.

* Oscar (oscardragon@yandex.ru) quisiera tener amigos en toda Cuba.

Semilla

La muerte es una vida vivida. La vida es una muerte que viene. Jorge Luis Borges

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