La tecla del duende

Árboles

Eran muy «jóvenes e indocumentados» cuando aquello. Pero algo de suprema gloria había en los ojos de Gloria. Titino iba en un viaje de regreso a Sancti Spíritus; chocó con aquella mirada y, 47 años más tarde, aún lo esperan en tierras del Yayabo.

Gloria y Titino; como Yolanda y Braulio —que llevan 50 primaveras juntos— son de los árboles veteranos a cuya sombra crece la tertulia de Santa Clara. En la sala Caturla, de la biblioteca villaclareña, miembros del colectivo de JR anduvimos con ellos la ruta de las querencias perdurables.

Las palabras, llamas con viento fuerte, nos llegaron también en la voz de Julito y Estelvina, quienes recordaron que la vejez es como una cuenta bancaria: al final retiras todo lo que has depositado.

Liudmila y su pequeño Carlos Alberto, príncipe de ojos negros que nació hace un lustro, casi al unísono de la peña, trajeron para todos los buñuelos de la concordia. En tanto los poetas Pedro Luis y Antonio compartieron meditaciones que bien valdrían para abrir caminos en la zozobra.

La Clara ciudad Santa, que algún día Luis Yaíl recreará como futuro periodista, es siempre una fiesta.

Tecl@do

* El estudiante de la CUJAE Félix Eduardo Cassola (fcassolab@feestudiantes.cujae. edu.cu) no pierde una oportunidad para hacer amigos.

* Con una sonrisa aguarda la holguinera Yelen Cuesta yelen@gibara.hlg.sld.cu.

Semilla

(...) Hay voces del pasado que hablan al futuro.

Bolivia es una de las naciones americanas donde las culturas indígenas han sabido sobrevivir, y esas voces resuenan ahora con más fuerza que nunca, a pesar del largo tiempo de la persecución y del desprecio.

El mundo entero, aturdido como está, deambulando como ciego en tiroteo, tendría que escuchar esas voces. Ellas nos enseñan que nosotros, los humanitos, somos parte de la naturaleza, parientes de todos los que tienen piernas, patas, alas o raíces. La conquista europea condenó por idolatría a los indígenas que vivían esa comunión, y por creer en ella fueron azotados, degollados o quemados vivos.

Desde aquellos tiempos del Renacimiento europeo, la naturaleza se convirtió en mercancía o en obstáculo al progreso humano. Y hasta hoy, ese divorcio entre nosotros y ella ha persistido, a tal punto que todavía hay gente de buena voluntad que se conmueve por la pobre naturaleza, tan maltratada, tan lastimada, pero viéndola desde afuera.

Las culturas indígenas la ven desde adentro. Viéndola, me veo. Lo que contra ella hago, está hecho contra mí. (...) Los derechos humanos y los derechos de la naturaleza son dos nombres de la misma dignidad. (Fragmentos del Mensaje de Eduardo Galeano a la recién culminada Cumbre de la Madre Tierra)

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