La tecla del duende

Techos

Nada cobija más la hermandad del barrio que levantar un techo. Porque siempre es una junta y un burujón de trabajo; y un préstame 20 bloques o ayúdame a poner el caballete; y ya ustedes saben, mi gente, después hay una botellita pa’festejar que ya no nos mojamos.

Tengo en el alero de la memoria el ajetreo de varias techumbres. Allá en mi pueblito natal los sabios guajiros cortaban —y aún cortan— el guano de palma barrigona teniendo en cuenta la fase de la Luna. El día de cobijar, las pencas se van entretejiendo, amarrando o clavando en los cujes de tal forma que, después, vistas desde abajo, parecen dibujadas con la precisión de un artista.

Qué humildes los techitos de guano; generosos con alacranes y ratones; frescos, como cabelleras despeinadas; y, tal vez en premio a la poquedad, resistentes a los ciclones, que pasan desbaratando estructuras más rimbombantes y muchas veces dejan el bohío con su sombrero de vara corta.

Cuando ya la madera alcanza una capa más sólida aparecen las tejas con su barro ondulante, que dura siglos. O llega el fibrocemento —en fibras o canalones— con ganchos y tuercas de anclaje; o las planchas de zinc, que suenan a tiroteo con la lluvia, pero no se rajan con piedras ni palos.

Ah, el hormigón. Armado para todas las contingencias, con nervios literalmente de acero y músculos de piedra. ¿Quién no ha hecho mezcla alguna vez? Porque muchas cosas pueden mezclarse, mas cuando se dice: «mezcla», las manos recuerdan enseguida el amasijo de piedra, arena y cemento con el que moldeamos zapatas, paredes, cerramentos, hasta unirnos el día de la placa.

Esa jornada, la de «tirar la plaquita», como dice la dueña minimizando la faena, las carretillas y trompos y palas y brazos no dan abasto para unir y elevar y dar flota o barrote, y que todo tome el molde plano.

Las casas cuentan nuestra historia, ya lo sabemos. Sus cubiertas hablan del vecino que prestó unas carretillas de arena; y de la otra que alcanzó dos pomos de agua fría o hizo el revoltillo del almuerzo; y del de más allá, precavido como pocos, que trajo una extensión con su bombillo por si se acababa de noche.

«En una casa no se termina», suelen decir las madres, con su tono de coraje y amor inigualables. Es verdad: ni por dentro ni por fuera, ni en su edificación ni en sus regueros, se acaba una vivienda. Sin embargo, existe una agridulce felicidad en cada pedazo de hogar que logra nacer de nuestras manos. Y especialmente en el techo, que guarda el sudor y el afecto de tantos.

Graffiti

Lulú: Cambiaste este bizcocho por un caramelo de a medio. Tu mexicana

Mi príncipe: La distancia solamente ha profundizado la necesidad de extrañarte hoy, mañana y siempre. Tu esponja

Atinayad: Juntos venceremos lo imposible, el amor engendra la maravilla. Feliz cumple.

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