La tecla del duende

Y otra vez vuelvo a nacer

El teclado mayor de JR crece. Por encima de rutinas y chaturas, crece. Y uno, que a pura corazonada lo sabe, siente una entrañable evidencia cuando a mitad de febrero nos reunimos con la familia que en tren, guagua, avión y hasta en una alfombra llega a la capital para abrazarse.

Así sucedió con las veteranas muchachas de Holguín, que burlaron la distancia para regalarnos a todos los colores sagrados de Cuba; y con Ánika, la joven Luna que soñó junto a Juana de Ibarbourou que le crecían flores a sus manos; y con los matanceros, que querían instalar el Palacio de Junco en el Memorial capitalino; y con la milagrosa camarita de Arminda para captar hasta el último destello; y con la primicia periodística de Nieves; y con Maura y Raiza, arte vivo de Ciego de Ávila.

Todo se junta como en imán perpetuo cuando esta tropa grande emprende la aventura. Y después, cuando la algarabía cede, uno sabe que caminó, al menos unos centímetros, en la escala infinita del bien.

De Mayelín Málvarez, una muchacha que venció su timidez, son estos versos, presente enamorado...

Mentiras. Sombras oscuras/ me salpican. La inocencia/ envejeció en mi presencia/ como cerezas maduras./ Ellas me envuelven. Sus duras/ evidencias me derrumban./ Y en mis oídos retumban/ promesas de años pasados/ mientras mis ojos cansados/ con los recuerdos se alumbran.

Mentiras. Ellas me escrutan/ la esperanza más certera./ Hacen caer mi bandera/ al tiempo que lo disfrutan./ Son como lanzas. Reclutan/ semillas de amargo llanto./ Y van plantando el espanto/ en el jardín de mi vida/ al tiempo que con mi herida/ construyen un camposanto.

Enmudezco. Me sofoca/ la frialdad de su mano./ Temores. Al ser humano/ me muestra cual dura roca./ Pone espinas en mi boca/ este río de invenciones./ Me arrodillo. Sus tirones/ me subyugan la paciencia/ y va trocando mi esencia/ y apagando mis razones.

Soy transparente. Vencida/ ante su augurio aberrante./ Bajo mis armas. Errante/ salgo a un desierto sin vida./ Bloqueada cada salida/ me enajeno. De la gente/ escondo el rostro. Mi frente/ lleva pena en la mirada./ Pierdo el rumbo, derrotada/ y te encuentro de repente.

Amor, y yo que dudaba/ de la luz de la poesía./ Regresaste. Esta armonía/ de arpegios ya no esperaba./ Me sacudes. Te añoraba./ Me haces etérea. Mi llanto/ se refugia bajo el manto/ de las alas que me entregas./ Amor, en un verso llegas/ después de esperarte tanto.

Mariposas. Me levantan/ del suelo. Besan mi alma./ Me aplaco. Pierdo la calma./ Callo y mis rincones cantan./ Vuelvo a ser niña. Se espantan/ los fantasmas del ayer./ Mi luz empieza a crecer./ Semilla soy. Soy poesía/ que germina a un nuevo día/ y otra vez vuelvo a nacer.

Me tocas. Me das tu voz/ sensible. Tú me sonríes./ Permito que me confíes/ tus sueños. Ya somos dos./ Marcha mi esperanza en pos/ de tu palabra. Me miras./ Me multiplico. Tú tiras/ al vacío los temores./ Y en mi pecho brotan flores/ que me apagan las mentiras.

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