La tecla del duende

Lazos

Hace algún tiempo duerme en mi buzón esta historia. Es una de esas que de tanto rodar por internet, nos llega muchas veces en disímiles versiones. Siempre, sin embargo, parece un regalo nuevo...

Era una de esas profesoras que no se cansaba de fantasear, aun cuando estuviera entre tormentas. Aquel lunes, luego de un fin de semana de discusiones con su ocupado esposo, se fue a la escuela pensando en qué nueva aventura proponer a los alumnos.

Decidió llevar cien pequeños lazos azules con la inscripción: «Significas mucho para mí». Y le entregó cuatro a cada estudiante de la clase. Les dijo que eso era lo que sentía por ellos, y les pidió pusieran uno en su bolsillo y guardaran tres para regalar a otra persona especial en su vida.

Asombrados y agradecidos por el gesto, los muchachos salieron conversando sobre a quiénes regalarían sus lazos. Casi todos hablaban de mamá, papá, la novia, un hermano… Pero había uno cuya familia había partido muy lejos, que no tenía certeza alguna de cuál sería el destinatario de sus tres presentes.

Anduvo dos días con los diminutos regalos en su mochila y recordó entonces al viejo dependiente de una cafetería que siempre lo saludaba con mucho ánimo. Aunque apenas se conocían, algo le indicó que aquella era la persona ideal para alegrarla con ese detalle. Después de clases partió a buscarlo. Cuando le entregó los tres lacitos, el viejo dependiente, que también vivía solo, puso la cara de quien recibe la mayor de las fortunas. «Se queda con uno y obsequia dos a alguien muy especial», le dijo el muchacho.

Una semana después, aún el anciano no sabía a quién dar sus dos lazos. Mientras pensaba en ello, llegó a la cafetería un empresario que solía pasar por allí habitualmente, aunque bastante apurado. «Para que aminores tu prisa, toma estos dos lazos mágicos», comentó el veterano. Conservas uno para que me recuerdes y entregas el otro a alguien especial».

Algo confundido, el joven agradeció el extraño regalo y se marchó. Muchas veces durante el día miró los pequeños lazos sobre su escritorio. De un golpe de ánimo supo qué haría. Se fue más temprano que de costumbre y por primera vez en años esperó en casa a su mujer. Cuando ella preguntó asustada por qué estaba allí a esa hora, sin decir palabra la abrazó y puso en sus manos el regalo.

La risa húmeda de la esposa casi la delata. «¿Qué pasa?», inquirió él. Pero no había por qué explicar las maneras misteriosas en que el bien regresa.

Peña espirituana

Este domingo, a las diez de la mañana, en la galería de arte Oscar Fernández Morera, se reunirán los tecleros de Sancti Spíritus. Tema: Encantos de mujer.

Semilla

Atrévete a ser sabio, ¡ahora! El que pospone la hora de vivir correctamente es como el patán que espera que el río se seque antes de cruzarlo. Horacio

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