La tecla del duende

Basilisa

Un libro es siempre más, acertó Félix Pita Rodríguez. Una puerta, una caricia, un árbol y más. El asombro, la tristeza, la esperanza y más. Lo que pudo ser, lo que está siendo, lo que será y más. Increíblemente, más.

Aquel de gruesas tapas verdes que sostenía Marlén, la bibliotecaria de la pequeña escuelita rural, se sembró de tal forma en mi memoria que no sé cuánto disfruté tener un ejemplar en casa por obsequio de mis padres, y cuánto sufrí cuando años más tarde desapareció misteriosamente.

La edición no era lujosa; los dibujos tampoco sobresalían por su brillo o colorido; pero las historias, las historias deslumbrantes de Basilisa la Hermosa, nos embelesaron sin remedio.

Porque nada atrae más a un niño que los universos ignotos. Y aquellas narraciones llenas de zares y princesas; de almiares y abedules; de brujas y caballeros, en la gruesa voz de Marlén y en el susto bendito de nuestros ojos, cobraban una vida que nunca más había sentido.

Lo busqué. Me propuse hallarlo para que de vez en cuando me permitiera entrar a la isba sobre patas de gallina de la bruja Yagá o conquistar junto al arquero Andréi a la princesita María o romper el hechizo que pesaba sobre Aliónushka e Ivánushka. Pero nada. Recorrí librerías de viejos; intenté comprarlo a un compañero que celosamente lo guardaba; prometí villas y castillos… Nada.

Y ahora mi fraterna Sonia, la sanjuanera maravilla, luego de saber por otra amiga común de la búsqueda, puso en mis manos nuevamente aquel manojo de cuentos rusos.

Cuando lo reabrí, más que las páginas gordas de la editorial Ráduga, encuadernadas para resistir un vendaval, supe de golpe que mi escuelita había regresado. Y el almirez de la bruja se me confundió con las sillas de madera donde nos sentábamos, ante las cuales moriría de envidia tanta sillita de plástico efímero que anda por ahí.

Y el río de leche con orillas de jalea que tuvo que cruzar la niña para rescatar a su hermanito se mezcló con las lagunas donde solíamos irnos a pescar peleadores después de clases. Y la pluma de Finist, el halcón encantado, me pareció del mismo color que las de las chinchilas que cazábamos en nuestras correrías Pinar adentro.

Porque en el fin del mundo, donde solo podría llegar quien gastase tres pares de zapatos, partiese tres cayados y desgarrase tres gorros, todos de hierro, allí, esperando a Basilisa, estaba mi amiga Sonia. Y yo, que derroché lo que tenía en las estepas de la memoria, solo atiné a recordar la palabra encantada. Gracias.

Grafiti

Mi vidita: ¿Qué rara flor eres que me haces abandonar las otras de mi jardín? Tu jardinero

Sileyna: Cuántas cosas perdemos por miedo a perder. Korn

Semilla

La educación es lo que permanece cuando ya uno olvidó todo lo que aprendió en la escuela. Albert Einstein

Comparte esta noticia

Enviar por E-mail

  • Los comentarios deben basarse en el respeto a los criterios.
  • No se admitirán ofensas, frases vulgares, ni palabras obscenas.
  • Nos reservamos el derecho de no publicar los que incumplan con las normas de este sitio.
Multimedia
Videos
Fotografía
Opinión Gráfica

Facebook