Hacia delante - La tecla del duende

El Duende

La tecla del duende

Hacia delante

Último teclazo de 2013. Ventana abierta al tiempo que vendrá. Los números auguran un almanaque ancho en estrecheces económicas. Pero hay cifras que no están en las cifras. Son los dígitos del amor. Ahí siempre nos dará la cuenta... Un abrazo a tecler@s y tecladict@s. Como me escribe una sensible espirituana: «te quiero en mi agenda de 2014».

Camillero

Llegamos como se suele llegar a un cuerpo de guardia, con bastante desconcierto. Sabíamos que una pareja de amigos había sido atropellada en la calle 23, del Vedado, e intuíamos que podían estar en aquel centro hospitalario. Él fue nuestra primera referencia. También, nuestro primer alivio. Blanco. Delgado. Pequeño. La ropa un tanto desajustada, «a lo pepillo». Con un tatuaje en un brazo y el pelo corto, casi raso. Camillero, ese era su único título; pero seguramente debía tener algún posgrado en Decencia, tal vez una maestría en Amabilidad o muchos cursos de Ciencia Generosa. Nos llevó de inmediato adonde estaban los médicos y enfermeros. Estuvo pendiente de cada indicación: rayos X, tomografía, análisis de sangre... En el ajetreo nocturno de varios pacientes entrando y saliendo no perdió el chance de abrir una puerta, soltar alguna frase de aliento y buenos augurios o alertarnos sobre las pruebas cuyos resultados debíamos esperar con mayor atención. Cuando la pareja de jóvenes quedó en la sala de observación del Calixto García, ya fuera de peligro, se alejó conduciendo su camilla. «¿Cómo te llamas?», preguntamos. «Ángel», fue su respuesta.

Semilla

...Me acosté a cielo abierto, porque no había más espacio en las pocas chabolas que aún se habían hecho. Había una clara luna remota, de menguante. Y las estrellas, mis viejas amigas del cielo del Presidio. Tanto tiempo sin verlas. De pronto me entró una duda. ¿Era Casiopea la constelación que brillaba sobre mi cabeza? El cuerpo me temblaba por el frío, como si fuera un flan. ¿Tendré yo miedo —pensé— que no me acuerdo bien de lo que sé? Me acordé de Cuba, de Teté Casuso, de mis perros y de mis árboles, en Punta Brava. Yo me dije: a lo mejor, en la guerra, cuando uno tiene un recuerdo es porque se tiene miedo. Pero no estaba convencido. El relevo de las doce, un gallego de imponente vozarrón, me dijo:

—Camarada, tienes frío. Toma esta manta y ya luego nos arreglaremos. Pero no sabes dormir en la tierra. Echa pa’acá, hombre. Y me hizo una especie de almohadilla con paja y piedra, que quedó muy bien. —Sigue tirando esa gente —le dije. —Sí, pero no hagas caso. Es que tienen miedo. De noche le tiran hasta a su sombra. Y me fui durmiendo, sin sentirlo, como en la cama de un príncipe, recordando el cuento de la cantimplora herida, de un soldado bisoño que al entrar en fuego sintió un balazo y se sintió húmedo y se vio correr la sangre. La sangre que solo era el vino de la cantimplora pasada por una bala. Pablo de la Torriente Brau (Fragmento de una crónica enviada desde España en plena Guerra Civil, 1936).

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