La tecla del duende

Candela

Los genuinos cuentacuentos alimentan generación tras generación el fuego de la vida. Cuba tuvo uno, que anda cumpliendo cien años de palabra bienhechora. De la que tal vez sea su historia más conocida, son estos fragmentos. Quizá a ustedes les pase como a mí: cada vez que la leo, siento que redescubro a mi viejo amigo...

El cuentero. Una vez hubo un hombre por Mantua o por Sibanicú, que le nombraban Juan Candela y que era de pico fino para contar cosas. Fue antes de la restricción de la zafra, que se juntaban por esos campos gente de Vueltarriba con gente de Vueltabajo. Yo recuerdo bien a Candela. Era alto, saliente en las cejas espesas, aplanado y largo hacia arriba hasta darse con el pelo oscuro. Tenía los ojos negros y movidos, la boca fácil y la cabeza llena de ríos, de montañas y de hombres.

Por entonces nos juntábamos en el barracón y se ponía un farol en medio de todos. Allí venían: Soriano, Miguel, Marcelino y otros que no me acuerdo. Luego, en cuanto Juan empezaba a hablar, uno se ponía bobo escuchándolo. No había pájaro en el monte ni sonido en la guitarra que Juan no se sacara del pecho...

Contaba cosas como éstas con otras palabras suyas: «Río abundante de peces el de las Lajas, allá por Coliseo. Mire, una vez reventaron las aguas antes de tiempo sobre San Miguel y toda esa zona. Primero pasaron unas nubes a ras de loma y luego vino aquel mar negro con un viento frío de vanguardia que aplanó el espartillo y doblegó los guayabos hasta que se establecieron las lluvias. Yo vendía ambulante entonces, y tenía una mula caminadora y firme. Así que en cuanto empezaron a encauzarse las aguas y vino el oreo de las tierras, hice camino para dentro de las sitierías. Iba tirando mis cálculos con el río —porque para pensar no hay como el paso de una mula bajo el cielo. Un poco lleno, me decía, pero con cruce. Yo había pasado aguas mayores que aquéllas y conocía la zona como para andar con los ojos de la mula nada más. Así que partí a la marcha buscando el río, y por la tarde ya estaba entrando en él. Arrastraba todavía aguas de chocolate revuelto, pero apenas si se botaba medio metro de orilla. Conque meto la mula en el agua y empiezo a pasar. Todo iba bien. Abajo golpeaban los cascos sordamente sobre las lajas, pero en mitad del río el animalito resbaló, corriéndose apenas una cuarta. Yo pensé en la carga, en el hilo, en los polvos, en todo lo que el agua me iba a malograr, entonces clavé la mula en firme. El animalito lució su sangre como siempre. Se estremeció, levantó las orejas asustadas y pasó, buenamente, arrollando el agua en el pecho. Pero ahí viene la cosa, que estando fuera ya me siento las espuelas pesadas tirando abajo. ¡Diablo! —digo, y veo que traía dos pescados de a libra cada uno trincados en las espuelas. Bueno, miré al río y le dije: hoy tienes más pejes que nunca»...

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